Manifiesto llamado de Maguncia (1860)

A los españoles:

Veinticinco años de un Gobierno parlamentario han debido convencer a la nación de los pocos resultados beneficiosos que podía dar este sistema de gobierno, tan encontrado con nuestras antiguas leyes y costumbres.

No es decir por esto que yo ponga el pie en España con intención de reinar como Monarca absoluto, queriendo cercenar para nada al país su legitima representación en la gestión de los negocios públicos; creo que ha llegado el momento de buscar en la historia de nuestras antiguas libertades, de esas libertades cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos, en Navarra y las Provincias Vascongadas, y que en la Coronilla de Aragón y Castilla regían muchos siglos antes que naciera en Inglaterra, una formula en armonía con nuestras costumbres, tan levantadas en otros tiempos, en que los procuradores a Cortes ponían un veto a los reyes hasta en sus gestos personales, y que los pueblos hacían justicia en los procuradores que no cumplían con su mandato. ¡Que diferencia entre unos y otros tiempos, tanto en los caracteres como en las libertades! El sistema que en estos últimos años ha regido a España, apoyado en una serie de ficciones que repugnan a la razón, y teniendo por base la corrupción más completa en el sistema electoral, no ha aprovechado para nada al pueblo y no es más que un nuevo feudalismo de la clase media, representada por abogados y retóricos. Las clases similares de la Monarquía han desaparecido. Sería una gran locura, por mi parte, querer reconstituirlas ab irato; pero encontrándome solamente con masas populares, pues la nobleza desaparece lentamente en virtud de la desvinculación y pérdida la influencia del Clero por las inicuas leyes desamortizadoras, la empresa más honrosa para un Príncipe es librar a las clases productoras y a los desheredados de esa tiranía con que las oprimen los que invocando la libertad gobiernan la nación.

Prolijo seria enumerar los actos de dictadura de estos gobiernos llamados liberales, y muy raro sería encontrar un solo momento en que una de las muchas Constituciones que se han promulgado en estos veinticinco años haya regido en la nación española.

Los estados de sitio la centralizan administrativamente, la invención de los tribunales contencioso-administrativos, las leyes de orden público, y por último hasta los reglamentos de policía, son otros tantos medios de que se vale el liberalismo moderno para mantener su poder, sin que haya una voz en el Parlamento que se levante contra tales abusos, pues es muy raro o casi imposible encontrar un solo diputado que represente los intereses de sus electores, representando en cambio los suyos propios o los del grupo político al que pertenece. ¡Triste espectáculo es el que han ofrecido y ofrecen las Cortes españolas, sin prestar jamás atención a las cuestiones que a la Patria interesan, malgastando su tiempo en luchas estériles y personales por quien ha de ocupar el poder, y votando los impuestos no los que pagan sino los que se los comen!

Propalan algunos con ligereza y otros con sobrada intención, que mi gobierno sería un gobierno puramente teocrático, y que el Clero no aspira más que a apoderarse de las riendas del poder para poder gobernar a la nación en provecho propio; sin negar el derecho a que los hombres eminentes corresponde de tener participación en la gobernación del Estado, ni la conveniencia que a la Patria resulta de este principio,  yo estoy dispuesto a servirme de todas las ilustraciones, pertenezcan a la clase que quieran, en la difícil empresa de concluir con todos los males de la Patria y elevar a España al puesto de grandeza que tuvo en siglos pasados; pero debo declarar que la Iglesia no pide ni necesita más que libertad y justicia.

Es achaque antiguo criticar el mal, sin decir los remedios que este mal necesita; hemos visto muchos programas pomposos fundados en atacar los defectos de los que combatían, encerrando en fórmulas vagas las reformas que debían plantearse; pero yo quiero ser muy explícito decir cual será, según mis votos, mi manera de gobernar.

Yo quiero para España un gobierno representativo, en que los diputados, con el mandato imperativo, vengan a las Cortes a representar los intereses de sus electores, y no los suyos propios, o los de una parcialidad o camarilla.

La reducción de las provincias, buscando una división territorial forzosa, cuya administración sea más conveniente y económica.

La descentralización administrativa más completa, dando a las Diputaciones Provinciales absolutas facultades en todo lo referente a montes, aguas y vías de comunicación en sus provincias.

(…) Reformas también necesita el orden judicial, sustituyendo los jueces de Primera Instancia con tribunales de tres magistrados y reducido el número de Audiencias.

Nadie más desembarazado que yo en cuestión de Hacienda. Extraño completamente los despilfarros que han arruinado nuestro Tesoro e irresponsable de esos innumerables empréstitos que tanto han menguado nuestro crédito, elevando la deuda pública de España a una cifra superior a nuestros propios recursos (…)

Es necesario llegar a toda clase de economías, suprimiendo todas las ruedas innecesarias en los servicios de Estado y todos aquellos servicios que no tengan más objeto que dar fuerza y sostén a los Gobiernos que se han sucedido en estos veinticinco años.

Realizadas así todas las economías posibles, debemos presentarnos a nuestros acreedores ofreciéndoles cuanto realmente podamos darles, y continuar con ardoroso interés este trabajo hasta ver nivelado nuestro presupuesto de ingresos y de gastos.

Siendo la instrucción pública la base de la civilización y del bienestar de los pueblos, el Gobierno deberá vigilarla con profundo interés, dando una gran participación en su fiscalización a los padres de familia, más interesados que nadie en la educación de sus hijos.

En una nación en que todo se ha desamortizado, hasta los Gobiernos más conservadores han abandonado completamente la instrucción pública, vinculando las cátedras en profesores hostiles a todo principio de orden y de gobierno.

Grandes reformas necesita el ejército, la carrera militar fue siempre una carrera de honor y pobreza; el buscar los generales el medro personal y las riquezas en pronunciamientos militares han hecho que nuestros soldados, descendientes de aquellos antiguos tercios que fueron por sus hechos el respeto y el asombro de Europa, hayan perdido hoy toda consideración entre las naciones civilizadas.

A nadie considero como enemigo mío, a nadie rechazo, a todos llamo y todos los españoles, honrados y de buena fe, caben bajo la bandera de vuestro Rey legítimo.

En tierra de España, 16 de marzo de 1860. – CARLOS.

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