Carlos VII y el legitimismo francés

Real Resolución comunicada a sus consejeros sobre la adopción del título de Duque de Madrid (1868; fragmento)

Entiendo asimismo mantener, por este acto, todos mis derechos al Trono de España y loseventuales al de Francia, si la rama primogénita, representada hoy por mi Augusto Tío Enrique V (q. D. g.), llegara a extinguirse, así como todos los demás derechos de mi familia en lo presente y en lo futuro.

(París, 3 de octubre de 1868)

Mensaje a los legitimistas franceses (1876)

Un Rey, a quien la suerte de las armas ha sido adversa, quiere, antes de abandonar vuestro territorio, daros las gracias por todo lo que habéis hecho en favor de su Causa.

Hasta el último instante he cumplido mi deber de soldado, de español y de cristiano.

He luchado hasta que, prevaleciendo la fuerza bruta del número sobre el valor de mis heroicos voluntarios, he comprendido que la sangre que se derramase no bastaría para asegurar la victoria; sólo entones he envainado la espada, plegando la bandera que lleva escritas las palabras de Dios, Patria, Rey. Pero me mantengo siempre decidido a sacrificarme por el pueblo fiel, que tantas pruebas me ha dado de su abnegación inalterable, dispuesto a combatir cuando sea preciso por España, por el Derecho y por la Religión.

No creáis, sin embargo, que sea estéril todo lo que por mí habéis hecho. Llegará un día en que será forzoso reconocer que mi Causa era la de la verdadera libertad, y deseo que vuestro país no tenga que arrepentirse de que flote, al otro lado de los Pirineos, una bandera distinta de la enarbolada por mí. Ese día ser verá que, al defender mis derechos, servíais a Francia.

En los votos sinceros que por la prosperidad de vuestro país formulo, veréis la expresión más elocuente de mi vida y profunda gratitud.

Carlos

Boulogne-sur-Mer, 4 de marzo de 1876

Mensaje a los legitimistas franceses (1881)

A mis amigos:

Un ministro, imaginándose que un Borbón, un descendiente de Enrique IV y de Luis XIV, puede ser extranjero en Francia, me retira la hospitalidad francesa. Invócase como única razón de esta medida mi asistencia a una ceremonia religiosa, a la misa que se celebró por mi tío el día de San Enrique.

Protesto contra este acto de pura arbitrariedad.

En el instante mismo en que se comete conmigo esta violencia, hay españoles que, confiados en la protección de Francia, habían acudido a fecundar con su trabajo el suelo argelino, y que sufren, sin que nadie los defienda, atropellos intolerantes.

España llora sus hijos asesinados, sus hijas deshonradas y arrastradas al desierto.

La verdadera Francia, cuna de mi familia y amada por mí ardientemente, no es responsable de los actos de un Gobierno.

Siempre me acordaré de todas las generosidades que han dulcificado aquí la amargura de mi destierro.

Y en el momento de abandonar el territorio francés, envío a mis amigos las gracias por ellas, juntamente con mi despedida.

Carlos

París, 18 de julio de 1881

Carta al Conde de Chambord (1881)

Mi querido tío Enrique: Acaban de expulsarme de Francia, y no atreviéndose a confesar que cedían a exigencias de extranjeros, han tomado por pretexto mi asistencia a la misa que hacen celebrar los legitimistas de París en las fiestas de San Enrique. Celebro que un acto tan natural en un sobrino, sobre todo tratándose del jefe de la familia, me haya traído el honor de esta medida sectaria, aunque siento que este nuevo destierro me aleje todavía más de mis fidelísimos carlistas y de esa Francia donde los legitimistas me han dado tantas pruebas de entusiasmo y respeto, que agradezco con toda mi alma.

Mucho recuerdo el cariño con que me recibió usted la última vez que me fué dado el consuelo de verle en Frohsdorf, las conversaciones que entonces tuvimos sobre política y nuestra absoluta conformidad en la manera de ver y juzgar todas las cosas, tanto respecto a España como a Francia.

Como en los contratiempos de este mundo casi siempre hay un lado bueno, esta nueva persecución de que soy víctima me proporcionará el gusto de volver a verle muy pronto, pues pienso ir a visitarle el mes próximo, a lo más tardar en septiembre.

Entre tanto beso cariñosamente las manos a mi querida tía Teresa, y haciendo lo mismo con usted, a quien tanto quiero y respeto, quedo, como siempre, su afectísimo sobrino.

Carlos.

Londres, 25 de julio de 1881.

Carta a María Teresa de Austria-Este, Condesa de Chambord (1883)

Mi querida Tía Teresa: Hoy hace dos meses que Dios se nos llevó a mi inolvidable Tío. ¡Cuánto pienso en usted! A medida que pasa el tiempo admiró más y más la grandeza de alma que usted desplegó en aquellos tristes momentos, sobreponiéndose a su dolor para interpretar las voluntades de mi querido Tío, manteniendo con energía el derecho de mi Padre que, al renunciar España, no renunció ni a Francia ni a ninguno de los derechos de primogenitura, que ahora han recaído en él. El pequeño, pero escogido, grupo de franceses que se mantiene fiel a la bandera blanca y al derecho sálico guarda a usted tan profunda gratitud como yo, por la entereza con que se opuso a las pretensiones de los Orleans que, al fin y al cabo, no son, ni han sido nunca, otra cosa que los representantes de la Revolución. Bien demostraron su perfidia tratando de convertir el perdón cristiano que tan generosamente les otorgó el Tío Enrique, en un reconocimiento de derechos que ni jamás existieron, ni él, por consiguiente, reconoció al concederles el puesto que les corresponde en la familia, es decir, el último.

Según tengo entendido, mi Padre no se propone, por ahora, llevar a cabo ningún acto especial. Para afirmar su derecho piensa que le basta el haber aceptado la consagración que usted misma le proporcionó al darle la presidencia de los funerales, y al exigir, como era justo y natural, que pasara delante de todos los Príncipes, lo cual bastó para eliminar del duelo a los Orleans.

¡Qué desengaño aguarda a la Bisaccia, a los Charette y a todos los demás, que tanto, y tan a destiempo, alborotan delante de las cenizas mismas del Tío, aclamando a los Orleans, por creer que con ellos el acceso al poder será más rápido! ¡Qué abandono de los principios, qué extraña obcecación y cuánto la deploro por muchos de ellos, que tenían tan limpio historial! Precisamente, desde las ventanas del Loredan estoy viendo ahora las del Palacio Cavalli, donde hace veinte años visitaba a ustedes, y entre los grandes ejemplos que ya entonces admiraba en mi buen Tío, uno de los que más hondamente me impresionaban era el de aquella serena y tranquilísima firmeza con que anteponía a todo el cumplimiento del deber, sin preocuparse para nada del éxito, porque el éxito, decía, hay que dejarlo en manos de Dios, mientras que el deber nos incumbe a todos.

Cuando a usted no la incomode iré a Gorizia para tener el consuelo de verla y de rezas sobre las tumbas del Tío Enrique, de Luis XIX y de Carlos X, y pedirles que me obtengan fuerzas y luces para cumplir hasta el fin la misión que me corresponde por mi nacimiento. Entretanto, pienso continuar en esta casa, que mi Madre me ha regalado, y donde vienen a verme, de vez en cuando, algunos de mis fieles carlistas, con quienes trabajo cuanto puedo por mi España como haré mientras viva.

Pida usted también por mí, usted que es tan buena y que será escuchada por Dios, y besándole las manos, quedo, como siempre, su afectísimo sobrino,

Carlos

Venecia, 24 de octubre de 1883.

Discurso a los legitimistas franceses (1887)

Gracias, señores, por las protestas de abnegación y de fidelidad contenidas en vuestro mensaje, y especialmente por las palabras de pésame dictadas por la muerte de mi amado Padre.

Yo sabía yo que las más duras pruebas no habían podido disminuir vuestra fe ni quebrantar vuestra entereza.

Felicito a los legitimistas franceses que han elegido como intérprete al nieto de uno de los más gloriosos jefes de las memorables guerras de la Vendée, al ilustre realista que mereció, par sus servicios personales, el honor de llevar la bandera blanca, en las exequias de mi venerada tía, la señora condesa de Chambord. 

No quiero desperdiciar la ocasión que se me ofrece de explicar mis ideas sobre la importante cuestión de que acabáis de hablarme.

Soy un desterrado.

En los derechos que me da mi nacimiento, pláceme ver únicamente otros tantos deberes que cumplir.

Sin duda alguna, la ley sálica establece con toda exactitud el orden de sucesión.

Soy el primogénito de los Borbones, el primogénito de los descendientes de Luis XIV.

Así como soy también el primogénito de los descendientes de Felipe V, y por tanto Rey legítimo de España, según la ley española.

Un tratado cuyos artículos se han roto en su mayor parte, prohíbe la reunión de ambas coronas en una sola cabeza.

Antes de ahora he dicho que nunca abandonaría a España, y hoy lo repito. Estoy ligado a sus destinos por los torrentes de sangre generosa que he visto derramar en mi defensa.  Lo juro una vez más: nunca la abandonaré.

Pero investido por la muerte de mi padre amadísimo de la jefatura de la Casa de Borbón, me incumbe el deber de reservar todos los derechos pertenecientes a mi familia.

Confiemos en Dios, fuente de todo derecho y de toda autoridad, y abandonémonos a su Providencia, que guía los acontecimientos.

Imitando a mi tío, el señor conde de Chambord, cuya muerte fue terrible desgracia para Europa, y especialmente para Francia, no transijamos nunca con la Revolución, azote de la Iglesia y ruina de los Estados.

Y guardemos intacto el depósito de los únicos principios capaces de salvar a la raza latina, haciéndola volver a sus tradiciones monárquicas y cristianas.

Venecia, 14 de diciembre de 1887.

Carta al Principe de Valori (1888)

Mi querido Valori:

Acaba de levantarse un monumento a la memoria de Enrique V, y la piedad de los fieles ha ido a colocarlo junto al Campo de los Mártires, en esa Navarrra y en esa Vizcaya francesas, llenas de recuerdos que las tempestades son impotentes para borrar y basta un rayo de sol para que broten de esa tierra gloriosa héroes y portentosos sacrificios.

Desterrado a mi vez, no me es dado más que rendir desde lejos un supremo homenaje a aquel Rey del destierro, con el legitimo orgullo de haber comprendido como él la grandeza y la santidad del Regio depósito que me ha sido confiado par la historia sálica y diez veces secular de mi raza.

España y Francia extrañarían con razón que no dejase yo oír mi voz en esta solemne circunstancia.

Usted, mi querido Príncipe, la hará llegar a mis amigos de Francia, corazones leales que no han podido mirar como extranjeros a los descendientes del que quiso en el Mediodía borrar los Pirineos para dar unidad a la raza latina y armó en el Norte las fortalezas de Lila y Estrasburgo.

Más respetuoso de los tratados diplomáticos que Europa, que veinte veces los ha violado, pertenezco a España. Pero si no reclamo una doble y legítima corona, no por eso se amengua mi gratitud hacia los que, en su leal y ardiente fidelidad, conservan el culto de mi familia y simbolizan en ella la grandeza de Francia.

Usted, mi querido Valori, será mi intérprete cerca de ellos. Y si delante de la imagen veneranda de Enrique V le preguntan a usted por mi política, dígales que, como en Francia el Augusto Difunto, soy yo en España el Rey de todas las libertades nacionales, pero que nunca seré el Rey de la Revolución. Dígales que no hay más que dos derechos políticos que pugnan en la historia contemporánea: el derecho tradicional y el derecho popular. Entre esos dos polos gira el mundo político. Fuera de ellos no hay más que Monarquías que abdican, usurpaciones o dictaduras.

Cierto que Príncipes de mi familia han reconocido la Revolución triunfante, pero día llegara en que ellos mismos o sus descendientes bendecirán mi memoria de haberles conservado inviolable el derecho de los Borbones, de quien yo soy Jefe, derecho que no se extinguirá más que con el último vástago de la descendencia de Luis XIV.

Animado de estos sentimientos me dirijo a usted paras que presente el homenaje de mi piadoso recuerdo a mi Tío amadísimo y transmita mis cariñosos saludos a mis amigos de Francia.

Su afectísimo.—Carlos.

Venecia, 14 de septiembre de 1888.

Carta al Principe de Valori (1889)

Mi querido Valori:

Doy a usted las gracias por haberme enviado su escrito “Los Herederos de Enrique V”, estudio magistral que he leído con verdadero placer. En él se pulverizan erróneos asertos y se deshacen argumentos empleados en beneficio de todas las usurpaciones.

No hay en Europa un político, un diplomático, un hombre de recto juicio, que considere vigentes renuncias que nacieron muertas.

No hay ni un patriota español ni francés, que se atreva a reivindicar actos impuestos en odio a la grandeza de España y de Francia.

La gran confianza que en usted deposito le concede la autoridad necesaria para ser vínculo de amistad, de paz y de concordia entre todos los franceses que me han dado pruebas de su abnegación.

Amando a Francia como usted la ama, llégame al corazón verlo consagrar su vida a la Causa del que, siendo jefe de la raza de vuestros Reyes y heredero legítimo de Luis XIV y de Felipe V, permanece español.

Un día llegará en que algún Príncipe de mi Casa sepa reclamar los imprescriptibles derechos reservados por mí solamente al contestar, en diciembre de 1887, el mensaje de los señores Cathelineau, d’Andigné y du Bourg.

Entre tanto, y por lo que a mí atañe, un contrato hecho en los campos de batalla, firmado con sangre de héroes y refrendado por mí y mis abuelos, me une para siempre a mi noble y amadísima España.

De usted afectísimo,

Carlos.

Venecia, 27 de febrero de 1889.

Carta al Principe de Valori (1890)

Mi querido Valori:

Acabo de leer su noble discurso de Santa Ana d’Auray y doy gracias a los que me pidieron que enviara a representarme en Bretaña a una persona como usted, que, fiel intérprete de mis sentimientos desde hace diez años, los traduce con la precisión y cortesía que yo estimo en tanto.

Mucho le envidio por haber ido a Bretaña, a esa Vizcaya francesa, donde no puede darse un paso, según feliz expresión de usted, sin tropezar con un recuerdo glorioso; venturosa tierra de Armórica, ilustrada por los Cathelineau, los Charette y los Larochejaquelin, celtas como Zumalacárregui, los Ollo, los Elio, los Valde-Espina y mil otros hijos de Navarra y del país vascongado; tierra donde además se levanta imperecedera la memoria de uno de los grandes nombres de mi familia: María Carolina de  Borbón.

Si, como Rey legítimo de España, no quiero intervenir en la política interior ni exterior de Francia, incúmbeme el deber de amar a ésta como desde hace doce siglos se la ama en mi familia.

Y si, en mi santa pasión por España, no reclamo inmediatamente mis derechos a la Corona de Francia, resérvome el de recordar a mis amigos franceses que sus antepasados fueron conducidos por los míos a Dios, a la grandeza y a la victoria. Y al lado de ese derecho quédame el de afirmar que siendo el primogénito de las Casas de España y Francia, para llegar al Trono por orden de primogenitura hay que pasar detrás de mí.

Gracias, mi querido Príncipe, por su constante abnegación.  En los días de prueba veíase siempre en los siglos pasados un Valori al servicio de un Borbón.  Compláceme que esa tradición secular continúe hoy.

Traslade usted mis palabras a los que bien me quieren y que en Santa Ana d’Auray me lo han probado una vez más, y créame siempre, mi querido Valori, su afectísimo,—Carlos.

Venecia, 5 de octubre de 1890.

Carta a Luis Felipe de Orleans, Conde de Paris (1892)

Querido primo:

Muchos amigos me habían advertido que Vuestra Alteza Real usaba las armas llanas de los Borbones. Parecióme el hecho inverosímil, pero he visto documentos públicos que prueban su exactitud.  V. A. R. ha debido equivocarse.

Francia tomó prestadas las flores de lis a los primogénitos de nuestra familia, a los descendientes de Hugo Capeto, sucediéndose de varón en varón por orden de primogenitura.

En virtud de esta ley, según las reglas del blasón, solo yo, primogénito de los Borbones, Jefe de nombre y de armas de la raza de Hugo Capeto, de San Luis y de Luis XIV, y por mí, mi hijo y mi hermano, tenemos el derecho de llevar en el escudo real tres flores de lis de oro en campo azul sin brisura.

Esas flores de lis, colocadas en medio de las armas de España, son hoy el símbolo de los derechos de nuestra familia, reservados por mí para los Borbones, lo mismo que para los Orleans.

En cualquier terreno que os coloquéis, no tenéis, por lo tanto, derecho a llevar las flores de lis sin brisura.

Rogando a Dios que os tenga en su santa guarda, soy vuestro afectísimo primo.—Carlos.

Venecia, 23 de mayo de 1892.

Testamento Político de Carlos VII (1897; fragmento)

Aunque España ha sido el culto de mi vida, no quiero ni puedo olvidar que mi nacimiento me imponía deberes hacia Francia, cuna de mi familia. Por eso allí mantuvo intactos los derechos que, como Jefe y Primogénito de mi Casa me corresponden.

Encargo a mis sucesores que no los abandonen, como protesta del derecho y en interés de aquella extraviada cuanto noble nación, al mismo tiempo que de la idea latina, que espero llamada a retoñar en siglos posteriores.

Quiero dejar también aquí consignada mi gratitud a la corta, pero escogida, falange de legitimistas franceses, que desde la muerte de Enrique V vi agrupados en torno de mi padre y luego de mí mismo, fieles a su bandera y al derecho sálico.

A la par que a ellos, doy gracias desde el fondo de mi alma a los muchos hijos de la caballeresca Francia, que, con su conducta hacia mí y los míos, protestaron siempre de la injusticias de que era victima, entre ellos, el nieto de Enrique IV y Luis XIV, constándome que los actos hostiles de los Gobiernos revolucionarios franceses eran inspirados con frecuencia por los mayores enemigos de nuestra raza.

Recuerden, sin embargo, los que me sucedan, que nuestro primogénito corresponde a España, la cual, para merecerlo, ha prodigado ríos de sangre y tesoros de amor.

(6 de enero de 1897)

Manifiesto del Comité legitimista francés (1909)

Profundamente sorprendidos en el fondo de sus afectos y de la fidelidad, y dolorosamente conmovidos por la muerte de Don Carlos, Duque de Madrid, los legitimistas franceses, unidos en el mismo pensamiento de respeto y de inalterable devoción a la persona del Rey, repiten el grito tradicional: ¡El Rey ha muerto: Viva el Rey! Así reconocemos y aclamamos en la persona del Príncipe Jaime de Borbón, el único e inmutable representante del principio sálico hereditario, sucesor legítimo de la larga e ilustre estirpe de Reyes que han hecho la Francia y saludan su advenimiento como Rey de Francia.

(París, 20 de julio de 1909)

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