Carta de Carlos VII a Luis María de Llauder (1882)

Mi querido Llauder: No hay dolor de España que no me llegue al corazón, lo mismo que si fuera un dolor personal.

¿Cómo he de permanecer indiferente cuando oigo los lamentos de nuestra pobre Cataluña, herida de muerte en las fuentes de su honrado trabajo y arruinada a mansalva?

Creía faltar a mi deber si no uniese mi voz a la voz de la universal indignación, y a ti, valeroso y fidelísimo sostén de las gloriosas tradiciones catalanas, te ruego que seas el intérprete de mis sentimientos cerca de nuestros amigos de esas provincias.

La primera vez que hablé solemnemente a la faz del mundo, fijos los ojos en la laboriosa Cataluña, cuidé de declarar que mis ideales políticos se reducían, por lo que atañe a la industria, de progresar protegiendo.

Y mi instinto español, más todavía que mi experiencia, me indujo a proclamarme entonces enemigo del libre cambio, que los Estados Unidos rechazan y que Francia, a la sazón, no admitía.

Todos seguimos en el puesto que entonces ocupábamos. Los verdaderos amantes de España, celosos protectores del trabajo nacional. Los hijos de la Revolución, alucinados por utópicos y ruinosos sueños de engañosa fraternidad.

No seré yo quien trafique con mis ideas, como no seré yo tampoco quien abdique jamás mis derechos.

Unas y otros pienso guardarlos incólumes mientras Dios me conceda un soplo de vida, como se guarda un depósito sagrado.

A ti, a quien tanto debe ya la buena Causa de Cataluña, débate ahora el propagar estas ideas.

Y al mismo tiempo encarece a los indomables hijos de los almogáraves, la necesidad de no olvidar que el mayor título de gloria para todos nosotros es el de llamarnos españoles.

Demuestren en los rudos días de la adversidad, el mismo heroico tesón que siempre probaron en los días de batalla, y esperen firmes, pero resignados, a que suene la hora en que la industria catalana, a la sombra de un Gobierno paternal y protector, sea el orgullo y el ejemplo de la industria española.

Estos son los más ardientes votos y ésta la más consoladora esperanza de tu afectísimo,

CARLOS

Londres, 17 de mayo de 1882.

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