Acta de Loredán (1897)

Fuente: El Correo Español: Conferencias en el Loredán – ACTA POLÍTICA26 de enero de 1897, pp 1-2.

CONFERENCIAS EN EL LOREDÁN: ACTA POLÍTICA

La situación de España

Terminaba el año 1896, época triste para España, porque, mal comprendida y peor gobernada, gastaba sus portentosas energías e iba consumiendo sus generosos recursos, a semejanza del torrente que, despeñándose sobre roca de basalto, extiende después las ondas por cauce de arena, que filtra el caudal de sus aguas, como antes se precipitaron infructuosas desde la altura, para ni socabar siquiera el lecho de la cascada.

Con la amargura en el corazón, con una tormenta en el pensamiento, con un tropel de decepciones ante la práctica oficial y un grito de protesta en el ánimo, vivía el carlismo sin entregarse al desconsuelo, porque siempre la fe alumbra nuestras almas; porque ante nuestros ojos desfila de continuo la incomparable epopeya de nuestra historia; porque conocemos hasta la admiración y amamos hasta el delirio al pueblo español, invencible en su acometida, infranqueable su resistencia, pródigo de sus tesoros, que así por emblema del voto nacional ha pintado en sus banderas la franja de oro con que brinda las riquezas de su trabajo entre dos bandas de sangre, con que regó el mundo en servicio de la fe y en gloria y defensa de la Patria.

Por grandes que son nuestras presentes desdichas, por grandes que son los desaciertos oficiales, ni hemos dudado del triunfo español, ni agobiados, como antes afirmo, por los desastres y las amarguras, nos rendimos al desaliento; que por testigo sublime de la esperanza, saludamos y vemos al incomparable ejército luchando heroico y venciendo siempre en las islas Filipinas y en las maniguas de Cuba, contra nuestros enemigos de todas las razas, que no pudiendo oponernos ni razón que les apoye, ni heroísmo que les sostenga, acuden de las traiciones propias a las perfidias extranjeras, y hasta fían el éxito a la suprema traición del clima.

El Hombre y la Bandera

Considerando el carlismo todo esto, contempla la desdichadísima y amenazadora situación por que atraviesa la patria, viendo que los gobiernos liberales se han colocado desacertadamente entre las energías del pueblo español y sus sentimientos, separándolos, haciendo que marchen paralelas estas dos acciones, de modo que resulten estériles por no coincidir jamás. El carlismo, siguiendo por esas líneas, ha llegado hasta Venecia, para desde aquí manifestar a España cómo aquellas dos paralelas no pueden conjuntarse, sino en los brazos abiertos con que espera, para abrazar a la Patria, la Augusta figura de D. Carlos. En él se personifica la tradición española; en él hay una cabeza agitada por todas las grandezas de nuestra historia y todos los ideales que inspiraron las Leyes de Indias y el testamento de Isabel la Católica; en él hay un corazón regido por la justicia, inspirado por la caridad y encendido por el amor a España; en él hay un brazo que se extiende para castigar al culpable, para reprimir al fuerte, para premiar al honrado y para proteger al débil; en él hay un alma regulada y sostenida por la santa fe católica, que legitima la tradición y produce ese sentimiento de libertad y democracia cristianas tan genuinamente españolas; en él se reúnen la experiencia de los años y de los hombres, con el superior magisterio de la desgracia; en él hay la reflexión comparativa de todas las políticas y de todos los gobiernos del mundo, que proporciona el estudio meditado y el viaje atento por toda la tierra; en él arden el patriotismo y el amor a la gloria, y en él se han manifestado la energía, el tacto y valor para ponerse al frente del ejército y conducirle a la victoria, compartiendo sus penalidades y sus ardimientos, para que con sus iniciativas torne a ser la Nación española grande, respetada y feliz. Vinimos a Venecia, no a confortar nuestras creencias tan profundamente arraigadas por la convicción, pero sí a consolarnos ante el espectáculo de la esperanza, cuando la patria la busca y la necesita.

Es demasiado triste y grave y angustiosa la situación porque atraviesa España; es demasiado universal la atención con que desde todas partes se nos mira, para en documento solemne descender a contiendas bizantinas sobre faltas y torpezas de los Gobiernos liberales, que los hechos ponen tan de resalte, haciéndolas innecesarias. No nos sorprenda en ellas un nuevo Mahomet II. Hay que pensar como en Alarcos, para conducirse como en Muradal; no recordemos lo que fue malo, sino para huir de ello y alzar un glorioso porvenir sobre el pedestal de la experiencia.

Y si no discuto la gestión de los Gobiernos, ¿a qué discutir sobre el sistema liberal, ni sobre el parlamentarismo, cuando ya no hay ni español que le considere, ni que le defienda, ni aún quien le siga, ni menos a quien le entusiasme por acto de la convicción?

El extranjero parlamentarismo, nacido de una rebelión, sucumbe entre el revolucionario clamoreo de los filibusteros y las traiciones de todos los Opas políticos, y muere providencialmente al golpe del puñal que él había inventado en el seno tenebroso de las logias.

Pero si el sistema liberal y parlamentario muere, la Nación renacerá grandiosa, cuando regida por la constitución interna que para ella ordenaron los siglos, sean la fe, la ley y la monarquía tradicionales, el alma, el cuerpo y la acción del pueblo español.

Con estos impulsos, con estas convicciones y con estas esperanzas, vinieron conmigo a Venecia los diputados Sres. Sanz, Vázquez de Mella, marqués de Tamarit y Polo y Peyrolón, representando a nuestros demás compañeros y a toda la comunión carlista, y con el encargo de repetir el voto solemne de nuestra inalterable lealtad al Señor Duque de Madrid, que reinando sobre nuestros corazones, nos gobierna соn una política genuinamente española.

Y aquí en el palacio de Loredán, con la asistencia del Secretario y gentil hombre Sr. Melgar, y del general Sacanell, ayudante de campo, expusimos nuestros trabajos y nuestros propósitos, y afirmamos nuestras esperanzas; y celebrando muchas y continuas conferencias, hemos vivido varias semanas en comunicación de pensamiento con nuestro Augusto Jefe, empezando y concluyendo por arrodillarnos ante el altar donde se veneran, entre las imágenes de Santiago y San Fernando, las sagradas representaciones de la Cruz de Recadero y del bendito Pilar de Zaragoza; todo cobijado y defendido por el pabellón grandioso de la triunfadora bandera de la Patria.

Aquí no ha habido más que un sentimiento, el de amor a todos los españoles; un deseo, el de acertar, un propósito, el de servir bien; una preocupación, la felicidad de España; una ley, la moralidad y la justicia; una actitud, la energía; una expresión, la verdad; un procedimiento, la abnegación; un ideal, las tradiciones y un acatamiento absoluto a Dios. Todas estas conferencias se dividen en dos partes, importantísimas ambas, pues que constituyen, una el pensamiento y otra la acción. La primera, como reviste un carácter general, puede hacerse pública; la otra, que se refiere a la particularidad de nuestra agrupación política, debe quedar en el carlismo, y pues que de tantas partes nos piden que digamos lo que se pueda, yo, representando a todos los conferenciantes y compañeros, hablo hoy, y pido a los carlistas que respondan y correspondan a todo aquello que callo, con su admirable lealtad, y en donde empiece el silencio redoblen la confianza.

Sábese por experiencia que los carlistas ni usamos del artificio de las palabras, ni ponemos las promesas como cebo para el engaño, sino como prólogo de las obras, ni buscamos al pueblo para alzarnos sobre sus hombros, sino para abrazarle como a hermano predilecto, al que se educa por el amor, se le defiende por la justicia, se le escuda con nuestros pechos y se le ampara por el Rey, más como padre que como soberano.

Que hoy en España vivimos en la desgracia, en la incertidumbre, en la pobreza y en el desorden, es por todos reconocido; que para sobreponerse a tan inusitada desventura se precisan un hombre y una bandera no hay quien lo dude, ni nadie que deje de proclamarlo, poniendo el deseo a continuación de la urgencia y a seguida de la necesidad. Pues bien; ese hombre y esa bandera, existen en España; ese hombre es Carlos VII, y esa bandera, la tradición española. Seguros de ello siempre nos hemos corroborado en tal convicción por las conferencias políticas que reseño. Si no tienen novedad sustancial, porque las invenciones son imposibles en la esencia de las doctrinas, bastarán de seguro para cumplir la patriótica misión de decir a España, que gimen bajo el despotismo, la inmoralidad y la miseria, los medios que tiene para salvarse; y cuando todo el mundo abomina de los gobiernos parlamentarios, y al darlos por muertos pide una salvadora sustitución y la busca sin encontrarla, preciso es mostrarle la única, la genuinamente española, diciéndole: Aquí tienes el Hombre y aquí tienes la Bandera.

Esclavizada y ofendida la Iglesia por la doble blasfemia de las acciones y de las palabras: abatida y desconsiderada la monarquía, por reducirse a permanente minoridad sin iniciativas propias, que son los lazos que deben unirla con el pueblo; sometida la Nación a la servidumbre de una centralización absorbente, con que se afirma el absolutismo de los gobiernos, y se mantienen los caciquismos locales con todo su natural cortejo de inmoralidades; y convertidos los municipios y las provincias y los parlamentos en simples ruedas de la máquina ministerial, sin otro impulso, sin otro empleo, sin otra tendencia que los de sostener un poder, que es la reducida expresión de las aspiraciones de un partido, y en el cual no se atiende a la administración del Estado, sino como a un agente de bastarda política; dislocada así la Nación en todos sus fundamentos, no hay otro recurso para reconstituirlos y consolidarlos, sino volver resueltamente a las tradiciones nacionales, bien depuradas por la experiencia de los siglos.

LAS TRADICIONES FUNDAMENTALES

 La Unidad Católica

Las tradiciones veneradas que constituyen la Patria porque son la expresión de la vida nacional organizada por los siglos, se resumen en estas tres grandiosas afirmaciones: La Unidad Católica, que es la tradición en el orden religioso y social; la Monarquía, tradición fundamental en el orden político; y la libertad fuerista y regional, que es la tradición democrática de nuestro pueblo.

Ésta es la constitución interna de España; y la revolución, copiando o inventando constituciones artificiales, ha establecido una lucha sin tregua entre aquella y las escritas, introduciendo en todo el desorden y rompiendo la armonía entre el carácter de un pueblo y su vida social, que no puede suplantarse sin caer en la anarquía, ni sostenerse adulterada sino por el despotismo y la guerra. Todas nuestras antiguas glorias y grandezas, nuestras leyes y nuestras costumbres, se originaron y vivificaron por la fe católica; y sobre este admirable fundamento se alzó sublime la figura de España, que por amor a la verdad y abominando del error, necesita y defiende la salvadora Unidad Católica, lazo de su unidad nacional y corona de su historia.

Amando y sirviendo a la Iglesia de Cristo, proclamamos su libertad completa, su derecho soberano a regirse y gobernarse con independencia, sin que a su marcha se opongan ni «recursos de fuerza ni pases regios», para que regulando ella su relación con el Estado, y amparada por éste, corresponda a la eficacia de una ley defensora, inspirando y sosteniendo la verdad cristiana en la sociedad; que así las leyes serán justas, los tribunales rectos, los administradores incorruptibles y las costumbres dignas, honradas y españolas.

La Monarquía

La Monarquía, personificando la unidad nacional, se legitima por el derecho histórico, se consagra por la pureza de los principios y se sostiene por el amor y la ley. La Monarquía ha de ser tradicional para que con su permanencia se emancipe de todas las ambiciones, que unas veces con el grito de las turbas, otras con los sables pretorianos, y siempre con la tutela de gobiernos irresponsables por el supremo derecho de gracia con que los asisten sus forjadas mayorías, hacen que el rey constitucional se reduzca a un emblema costoso, a una ficción del poder sin actividades eficaces, y siempre sometido a oligarquías inspiradas en el interés mezquino de las parcialidades políticas.

Si el Rey es el primer magistrado de la Nación, ha de ser también el primer guardador de su ley y el primer soldado de la Patria. El Rey que lo es de veras, reina y gobierna; pero sin que su voluntad traspase las leyes, porque el despotismo ni es cristiano ni español, y los hombres nacen para ser libres en la justicia, y jamás siervos de ninguna persona.

El Rey ha de estar en contacto con el pueblo, para desvelarse por su bien, y ha de ejercer su autoridad rigiendo el Estado con las facultades esenciales a la suprema soberanía política.

Pero como la ciencia y la experiencia realzan la autoridad y la auxilian, obedeciendo a esta necesidad apremiante y a una tradición no interrumpida, se afirma la existencia de un Consejo Real, dividido en tantas secciones como ministerios, que asesoren al Monarca y compartan, con jurisdicción retenida, el ejercicio del poder, siendo sus miembros designados entre las clases preeminentes y los hombres más distinguidos de la nación, y asegurando debidamente sus condiciones de justa independencia para que no los remueva el capricho, y con menoscabo de la majestad se conviertan en aduladores cortesanos los que deben ser incorruptibles consejeros.

Las Cortes

Desde que la Reconquista se inicia, nace entre nosotros la idea de la representación nacional, pasando desde los admirables Concilios toledanos a las Asambleas modestas de Oviedo, de León y de Jaca, para llegar, por último, a las Cortes de Alfonso VIII y Alfonso IX, de don Jaime y San Fernando, ya completadas con la presencia interesante del Estado llano; que siempre la voz del pueblo, cuando leal, es el mejor consejero de los Reyes.

Las Cortes fueron y han de ser una verdadera y poderosa institución, sostenida por las grandes fuerzas que arrancan del interés moral, del intelectual y del material permanentes en toda sociedad; del histórico, tan digno de consideración en la nobleza, que no se improvisa y tiene vida secular como la nuestra, y finalmente de aquél que es escudo y brazo armado de la Patria. Elegidos libremente sus procuradores por cada clase, lo que supone el voto acumulado en los que pertenezcan a varias, se asegura la representación equitativa de todas las fuerzas para no caer bajo la tiranía del número inconsciente. Así estarán digna y acertadamente representados, en los del clero, los intereses religiosos y morales; en las Universidades, Academias y centros docentes, los intelectuales; en los de la Agricultura, Industria, Comercio y Gremios de obreros, los materiales; y en los del Ejército y Armada los que personifican la defensa del honor y derecho nacionales; sin olvidar tampoco el elemento que recuerda los honrosos servicios prestados a la Patria por la nobleza, como gremio del glorioso pueblo antiguo al lado de los gremios del laborioso pueblo moderno, que tendrá abiertos anchos y fáciles caminos para llegar por los de la virtud, el heroísmo, la inteligencia y el trabajo, a todos los honores, a todos los puestos y a todas las aristocracias.

Los procuradores de nuestras Cortes habrán de serlo con mandato imperativo, es decir, con poderes limitados y revocables a voluntad de sus electores y siempre sujetos a dar cuenta ante éstos, de sus actos. Serán, además, en absoluto incompatibles con cualquier cargo o retribución oficial o de las grandes empresas industriales; y aun después de terminada su diputación, no podrán en algunos años aceptar empleos ni títulos honoríficos, ni condecoraciones ni mercedes de ninguna clase, ya que el olvido de este principio esencial es causa de la corrupción de los parlamentos modernos, y lo fue en gran parte de la decadencia de las Cortes antiguas.

De esta manera, a las mayorías oficiales de los gobiernos sustituirán las mayorías oficiales de los pueblos. Restauradas las Cortes a la usanza española, no británica, ni francesa, y funcionando conforme a las tradiciones de los antiguos reinos que unidos forman la Nación, serán aquellas libre y verdadera representación de todas las fuerzas sociales. Convocadas para asuntos previamente determinados, resultarán elegidos procuradores idóneos, y mediante estas precauciones se asegurará a las Cortes la independencia y el acierto con que, siendo auxilio y limitación del poder central, cumplan sus funciones de fiscalizarle, de votar los impuestos nuevos, y de intervenir en la acción legislativa, de forma, que la fortuna del Estado se halle asegurada contra las dilapidaciones, y la libertad contra la opresión, puesto que, sin el consentimiento de las Cortes, no podrán alterarse los tributos, ni las leyes generales, quedando así la arbitrariedad esclava de la justicia.

El Regionalismo y los Fueros

En frente del centralismo burocrático y despótico que del paganismo tomó la Revolución para esclavizar a los pueblos, se levantan como aurora de libertad nuestros antiguos fueros, organizando el regionalismo tradicional que, contenido por la unidad religiosa y monárquica, y por el interés de la patria común, no podrá tender jamás a separatismos criminales.

Independientes del poder central deben vivir los Municipios, administrando los jefes de familia los intereses concejiles, sin que el alcalde sea un mero agente del gobernador, para convertirle como ahora en siervo del ministro, sin poder ni calcular los gastos o los ingresos de su presupuesto, ni determinar sus propias necesidades, ni siquiera aprovechar los montes comunales, cuya administración el Estado les usurpa. Y así como de las uniones y hermandades de los municipios se forman las provincias, de igual modo del conjunto histórico de varias de éstas se constituyen las regiones, que siendo entidades superiores confirmadas por la tradición y las leyes, vienen a fundirse al calor de una misma fe, de una misma monarquía, de un común interés y de fraternales amores en la sublimidad de la Patria española.

Por efecto de sus fueros y libertades, la Región conserva y perfecciona su antigua legislación en lo que tenga de especial, modificándola directamente y con el concurso del Rey, cuando el tiempo lo exija o las circunstancias se lo aconsejen, pero siempre sin ajenas imposiciones.

Administrando una Junta peculiar con la libertad más completa los intereses privativos de cada región, y quedando reconocido y sancionado el «pase foral», resulta imposible cualquier indebida injerencia del poder central, en lo que sólo a la Región compete; y rotas así las cadenas de la servidumbre, con que la moderna centralización esclaviza a los pueblos, y atajada la constante dilapidación de sus recursos, se verán bien regidos aquellos, porque nadie atiende y remedia mejor sus necesidades que el mismo que las sufre y las experimenta.

Reintegradas en su fueros las Provincias Vascongadas y Navarra; restablecidos también los de Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca; restauradas de nuevo las antiguas instituciones de Galicia y Asturias, y garantizadas para en adelante las libertades de los diversos países de la corona de Castilla y León, entonará la Patria agradecida a su Rey un himno de redención en su diferentes idiomas, conservados como eco de la tradición, voz de la familia y grandeza de la literatura nacional.

Unión política nacional

Pero si se proclama el respeto de los fueros y libertades regionales, se ha de afirmar con toda entereza y eficacia la unión política nacional, que, inspirada y sostenida por la uniformidad de creencias y por la identidad monárquica, se asegura y consolida por la unidad en las leyes de carácter general, y en las funciones también generales del Estado; comprendiendo entre las primeras los Códigos Penal, de Procedimientos, de Comercio y aun la Ley Hipotecaria, convenientemente reformada; entre las segundas, la administración de justicia, la dirección del Ejército y la Marina, la Hacienda propiamente nacional, las relaciones diplomáticas y comerciales con las demás Potencias y las comunicaciones generales, y como alta función moderadora, la de dirimir los conflictos entre las regiones cuando ellas no logren hacerlo entre sí por mutuo acuerdo.

Garantías de la gobernación del Estado

Si el Rey, por las condiciones de la monarquía tradicional, es el defensor del pueblo, y la permanencia de su autoridad garantía de que ni la ambición del poder, ni de los honores, ni de las riquezas han de impulsar sus actos; si la existencia y la respetabilidad del Consejo Real es garantía de acuerdo en las resoluciones del Monarca, y si las Cortes han de ser también garantía efectiva del imperio de la ley y del respeto a todas las legítimas libertades, preciso es que se garantice asimismo a la sociedad en sus miembros el predominio de la justicia y el triunfo del derecho, organizando la magistratura a la antigua usanza, principalmente de Aragón, para que habiendo como tribunal superior, ajeno en gran parte a ella, compuesto no sólo de Magistrados, sino también de Consejeros reales y de Procuradores a Cortes, ejerciese un verdadero juicio de residencia, y examinando los fallos, impida que, por espíritu de cuerpo o por falta de suficiente responsabilidad, se tuerza la ley cuando es indispensable que la Nación halle en sus tribunales toda clase de garantías contra las prevaricaciones.

Hacienda

Arruinada la hacienda nacional por las dilapidaciones del parlamentarismo y lo oneroso de la centralización económica, que ha centuplicado los gastos, para gozar del poder por el caciquismo, y gobernarle por el favor, los Gobiernos liberales esquilman a los pueblos con excesivos tributos, con los cuales sostienen algunos innecesarios Centros oficiales, muchos empleos inútiles, exageradas cesantías y un complicado expedienteo y ociosa burocracia, que hacen la vida del Estado carísima, injusta y desproporcionada; de modo, que la bancarrota es su término, el déficit su normalidad, la angustia su costumbre, y basta el crédito, en vez de auxiliar extraordinario de aquél, se convierte, como usurero, en verdugo suyo.

Cortados de raíz todos estos abusos mediante la descentralización económica, consecuencia de la administrativa, sustituyendo en gran parte la mala administración del Estado por la sencilla, inmediata y menos costosa de las Regiones, las Provincias y los Municipios; empezando por conocer el presupuesto de ingresos posibles, para fijar el de gastos indispensables; reduciendo considerablemente los tributos, para que el contribuyente pueda vivir y prosperar, sin arruinarse como ahora; fijando la cuota anual que las regiones proporcionalmente han de pagar para el sostenimiento de los gastos del Estado, atendidos también con la renta de Aduanas y algunos de los monopolios fiscales; procurando unificar y convertir la Deuda pública con el carácter de nacional, que la domicilie en España, y repartiéndola proporcionalmente entre las Regiones, como consecuencia necesaria de la descentralización económica; reduciendo la flotante a su limitada representación de simple anticipo; reformando el régimen arancelario con espíritu de adelanto y enérgica acción proteccionista; sustituyendo los amillaramientos hechos desde arriba por los catastros que formen los municipios, con la intervención sucesiva de todos los propietarios y colonos del Concejo; y transformando la odiosa contribución de consumos, para que no pese sobre los pobres ni dificulte la circulación; se mejorarán considerablemente las condiciones de nuestra Hacienda, en la cual se habrán de introducir muchas otras innovaciones que a un poder justo, fuerte y amante de la Patria le es dable realizar; sin que al presente sea preciso detallarlas, por razones que empiezan en la concisión y concluyen en la prudencia.

Como forma de que todo esto resulte posible y eficaz es indispensable dar al agente orgánico de la administración económica, al Ministerio de Hacienda, una estabilidad que le aparte por completo del actual vaivén a que le sujeta la mudanza de los partidos, para que arrancado de las parcialidades e intereses de la política menuda, sea el más justo y celoso defensor de los intereses uniformes del Estado y de la Nación.

Con todos estos procedimientos y grandes economías se reforzarán los recursos, se disminuirán los gastos, se moralizará la administración, y protegidas las industrias nacionales, amparadas la agricultura y la ganadería, disminuidos los impuestos y beneficiados los pobres, se salvará la Hacienda, será un tesoro el crédito y se hermanarán todos los intereses de la patria bajo la paternal tutela de la monarquía, que identificándose con el pueblo, vivirá modestamente cuando éste sea pobre, sin agobiarlo con la pesadumbre excesiva de una lista civil incompatible con la penuria del Erario.

El Ejército

Lejos de ser una facultad el Ejército para la prosperidad de la Hacienda pública, contribuirá por el contrario a sostenerla por su fuerza y por sus prestigios; de modo que el elemento armado, brazo del Derecho, será también emblema del honor y garantía del crédito. Para ello es indispensable que se aspire a su mayor grandeza; que la disciplina se guarde estrictamente, conformándose el Código de justicia militar con el espíritu de las antiguas Ordenanzas; que las recompensas correspondan a la importancia de los servicios, y que su fuerza efectiva sea grande, su movilización rápida, sus reservas poderosas, su organización perfecta con arreglo a los principios de la guerra moderna y a las condiciones especiales de nuestro país, y su reclutamiento obedezca a principios de justicia y equidad, sin pesar exclusivamente el tributo de sangre como carga de la pobreza. Han de restablecerse, reformados, sus antiguos Monte Píos; y dando el mayor respeto a la condición del soldado y al honor del uniforme, se evitará que las glorias y los beneficios de la honrosa carrera de las armas se pierdan, como ahora, por la edad, transformando a los militares en pensionistas civiles, cuando su carácter debe ser indeleble hasta la muerte, y el uniforme su mortaja. Todo, en fin, debe atenderse como lo exige un elemento que ha de garantizar el orden, mantener las leyes, defender la patria, sostener su integridad e independencia, imponer a todos el debido respeto y consideración, y siguiendo las huellas de un Rey soldado y español, arrojarse a las heroicas empresas que son el ideal permanente de la España tradicional, para que torne a ser grande y admirada, al cumplir en nuestros días los testamentos de Isabel la Católica y de Felipe II.

La Marina

No sería en rigor indispensable hacer capítulo aparte, para tratar de la Marina, puesto que lo dicho al ocuparme de los prestigios, organización y gran desarrollo del ejército, alcanza también a aquella, con iguales propósitos y con medios asimismo análogos.

La Nación que ha fiado a sus marinos extraordinarias empresas, y que después de haber constituido la Patria y dominado a Europa, clavó en sus barcos nuestra bandera y la Cruz de Cristo, para descubrir y conquistar un Nuevo Mundo, y trazando un surco alrededor del planeta, hizo que en todas partes se respetase y bendijese el nombre de España, y se profesara su fe, y se admirase su portentosa historia, no puede menos de lanzarse resueltamente a engrandecer su Marina, para que sea lazo de unión entre las colonias y la madre patria, y baluarte inexpugnable de sus extensas costas.

Para que esto resulte, hay que libertarnos de la dominación extranjera, reformando nuestros arsenales y nuestros diques, nuestro material flotante y nuestros astilleros; hace falta organizar y simplificar la costosa administración de Marina, de modo que por consecuencia de una gestión honrada y de una dirección patriótica y proteccionista, torne a ser la industria nacional la que, construyendo nuestros barcos y sus armas y maquinaria, aumente nuestra riqueza, la difunda entre los pobres por el trabajo, ayude al desarrollo del progreso y coadyuve al desarrollo moral y material de la Nación.

Las Colonias

Como si fueran pocos los inmensos desastres que el liberalismo desencadenó sobre España, los ha extremado últimamente llegando hasta hacer posible que se vea amenazada la integridad de su territorio, como lógica consecuencia de una política, que, inspirada en la rebelión del pensamiento y de la voluntad, es la práctica de la insurrección permanente, desde la traición de Cabezas de San Juan, hasta las de Baire y de Cavite.

¡Haga Dios que ese paréntesis de esperanzas que parece abrirse ahora, no se cierre algún día para nuestra deshonra, por una maquinación política que acabe con el imperio colonial más grande que han contemplado los siglos, conquistado por la fe y el patriotismo de la España tradicional!

Aherrojada la fe en Cuba y Filipinas, desautorizada la Iglesia, sin acción la monarquía, dominadas las colonias por el interés de partido, que engendra las desmoralizaciones administrativas, y por el absolutismo de la centralización que contribuye a desarrollarlas, se desataron fatalmente los lazos de unión de las Colonias con la madre Patria, y hoy lucha heroicamente el sufrido e imponderable ejército español, para reanudarlos con los torrentes de sangre generosa que derrama y ofrece en aras de la integridad nacional; más lo que se impone sólo por la fuerza, es efímero. Los sacrificios gloriosos, pero ineficaces, podrán ser una epopeya, pero no un triunfo definitivo ni una afirmación estable de nuestra soberanía.

Caiga sobre los partidos liberales de todo este siglo la enorme responsabilidad de nuestras inmensas presentes desventuras, responsabilidad de que estamos enteramente libres los carlistas, y que no aceptamos sino para remediar aquéllas en cuanto sea posible. Y a estar en el poder, no nos fuera tan difícil, estableciendo en las colonias nuestra amplia descentralización administrativa, con una fuerte y justa centralización política, restaurando el Virreinato como representación de la Monarquía y de la ley, es decir, de la autoridad y de la justicia. El Virrey, sometido a un juicio de residencia, y a un balance de su fortuna, anterior y posterior a la época de su mando, sería espejo e imposición de la fidelidad: el código colonial, reflejando aquel admirable y paternal espíritu de las Leyes de Indias, mejoraría el estado de nuestras posesiones ultramarinas, y variadas adecuadamente las relaciones mercantiles de España y sus colonias, resultaría que aquélla no sólo era la metrópoli política, sino además la comercial.

Y con ánimo levantado y grandiosas aspiraciones, tiéndase a estrechar los vínculos del origen, de la lengua y de los intereses entre la Madre de América y las repúblicas que nos deben la fe, la civilización y la sangre, para que, constituyendo una poderosísima confederación de los pueblos hispano-latinos de uno y otro hemisferio se pueda así contrarrestar la pretensión absorbente de la raza sajona.

LA CUESTIÓN SOCIAL

Cuestión obrera

Grave problema es la cuestión social, que hoy agita al mundo, y mantiene en inquietud los ánimos y en desorden los pueblos. Antigua y siempre pavorosa, el mundo pagano la resolvió con la esclavitud de la fuerza, y el cristianismo con la esclavitud del amor. La fuerza impuso el trabajo como el amor la caridad, y la revolución, volviendo a la tiranía por la libertad sin fronteras, proscribiendo la caridad y la fe, ha engendrado el pauperismo, que es la esclavitud del alma y del cuerpo. El trabajo se ha convertido en mercancía y el hombre en máquina.

Queremos protestar y redimirle, llevando a la legislación las enseñanzas de la más admirable Encíclica de León XIII; aspiramos a que el patrono y el obrero se unan íntimamente por relaciones morales y jurídicas anteriores y superiores a la dura ley de la oferta y la demanda, única regla con que las fija la materialista economía liberal, y pretendemos, por tanto, emancipar por el cristianismo al obrero de toda tiranía.

Para ello hay que fomentarse la vida corporativa, restaurando los gremios con las reformas necesarias; se necesita acrecentar las sociedades cooperativas de producción y consumo, y conseguir que el Poder restablezca el patronato cristiano, reglamentando el trabajo.

Así cumplirá el Estado el primero de sus deberes, amparando el derecho de todos, y principalmente el de los pobres y el de los débiles, a fin de que la vida, la salud, la conciencia y la familia del obrero no estén sujetas a la explotación sin entrañas de un capital egoísta, por cuyo medio un Monarca cristiano se enorgullecerá, mereciendo el título de Rey de los obreros.

Cuestión agraria

En España, por el escaso desarrollo de la gran industria, que sólo reina en laboriosísimas provincias, y por su más sana atmósfera social, no presenta la cuestión obrera caracteres tan alarmantes como en otras naciones. Entre nosotros la cuestión obrera, aparte de los territorios indicados, casi puede reducirse a la cuestión agraria, como ésta a una cuestión administrativa y económica.

Los tributos abrumadores y el caciquismo tiránico hacen imposible la vida en los pueblos y determinan una doble corriente de emigración entre nuestros sufridos y vejados agricultores, quienes en demanda de pan y trabajo afluyen a las ciudades o abandonan la Patria como víctimas de una política cruel, atropellados por todo, para buscar en América o en África el sustento de sus desamparadas familias.

Preciso es atajar por completo y cortar de raíz esta emigración de la desgracia, reformando algunas leyes onerosas y rebajando las insoportables contribuciones que arruinan la agricultura, la industria y la ganadería. Necesario es también completar la restauración general con la de la tierra misma, repoblando sus montes, roturando sus yermos y haciendo que las aguas de los ríos no corran infecundas o exterminadoras. Renovados los pósitos, han de fomentarse las Ligas y Cámaras agrarias, los Bancos y las Cajas agrícolas, y así, vencedores de su actual abatimiento, al amparo de municipios libres de caciques, regresarán a sus hogares los desterrados por el Fisco, y con la mayor oferta de trabajo en las ciudades y la rebaja de las subsistencias, que produzca el aumento de la producción agrícola, subirán doblemente los jornales y aumentará en proporción el bienestar de las clases labradoras. Podrá extenderse a toda España la beneficiosa institución del Vínculo navarro, con el que dentro de la competencia se logra abaratar el precio de las más necesarias mercancías y librar de inicua explotación a los pobres; y reglamentado el trabajo, defendido por la corporación y amparado por el patronato, tornarán el agricultor y el obrero a ser redimidos por la Monarquía de la doble servidumbre moral y material en que la Revolución los tiene con el falso nombre de libertad.

La Enseñanza

Entre otros varios asuntos de capital interés, sobre que versaron estas conferencias, ha merecido atención detenida y singular cuanto a la enseñanza se refiere, porque ella ha de guiar al joven para llegar a ser un perfecto ciudadano, útil a su Patria, sirviéndola con la pureza del prestigio y la hermosa aspiración al adelanto en todo linaje de conocimientos. Amantes nosotros de los mayores progresos en las ciencias, en las letras y en las artes, entendemos que el Estado ha de cumplir su deber general de protección, fomentando y amparando eficazmente la Enseñanza, pero sin absorber las facultades privativas de otras entidades, ya que aquella constituye una función social y no política, en que la Iglesia, la familia y otros elementos han de tener necesaria intervención, para que sea, ante todo, católica y cumpla bien sus distintos fines. Hay que reorganizar las escuelas primarias y los estudios secundarios, superiores y profesionales, hoy dislocados por leyes contradictorias; haciendo a la vez que recobren su antigua vida las Universidades, para que saliendo de su actual estado de servidumbre, y reanudando la tradición científica de España, se emancipe la inteligencia de nuestros alumnos de doctrinas exóticas y de filosofías extranjerizadas, tan contrarias a la fe de nuestro pueblo como al genio de nuestra raza.


Encargado de redactar el acta de estas conferencias políticas, celebradas en el Palacio de Loredán con el Señor Duque de Madrid, e interpretando sus instrucciones, he intentado resumirlas en este escrito con la sobriedad que exige una enumeración de principios y los detalles indispensables a la de procedimiento, sin buscar la controversia, al limitarme a la afirmación y en todo caso a la síntesis de los asuntos.

Al presentar hoy públicamente la política del carlismo, repito, que guardo y reservo todos aquellos estudios, planes y decisiones que, como vida interna carlista, sólo a nosotros competen, y la prudencia veda entregar a la publicidad, pues han de constituir nuestra conducta entre el hoy y el mañana, para pasar del uno al otro, desarrollando grandes y eficaces acciones, que correspondan a las circunstancias. Al quedar todas estas previstas y estudiadas, pusimos siempre al lado del hecho liberal la solución carlista, y en cada una el espíritu más patriótico, la abnegación más absoluta y la disciplina más perfecta; cualidades de nuestra historia de sacrificios; medios propios de nuestro carácter y fuerzas de la poderosísima organización del carlismo.

Nosotros constituimos una familia, no un partido; la convicción es su impulso, el amor su lazo y la confianza en la lealtad su fuerza. Ofrecida el alma a Dios, y la hacienda y la vida al Rey, ponemos en la Patria el corazón y el pensamiento, de modo que por servirla, acudimos a la política, y por salvarla no hay sacrificio que nos arredre, ni temor que nos detenga. Viéndola desgraciada la llamamos Madre y estamos dispuestos a conducirnos siempre como hijos, que contemplasen a la madre de sus amores sometida a la esclavitud y el menosprecio.

Pero como el amor verdadero no se funda en el egoísmo, sino en la abnegación, nosotros hemos puesto sobre el interés de partido el patriótico, y desechando cualquier idea, cualquier plan que fundase el éxito en el criminal aprovechamiento de las presentes angustias nacionales, damos prueba solemne, incontrovertible y pública del más grande y arraigado patriotismo. Durante este desdichadísimo período, que empieza en las vergüenzas de Melilla, y siguiendo por las traidoras y desastrosas guerras de Cuba y Filipinas, conduce a la Patria a la angustiosísima situación presente, razonando todas las oposiciones y todas las protestas, el carlismo no ha creado dificultad alguna. Ni siquiera realizó sus acostumbrados viajes de propaganda, y hasta repetidas veces ha denunciado en su prensa trabajos de desorden y alboroto, promovidas a espaldas de nuestra organización, y a los que negábamos resueltamente nuestra bandera; y así hemos vivido en la expectación y la prudencia, imponiendo a todos los arranques, el superior del patriotismo.

Y esta noble actitud es tanto más de agradecer y considerar, cuanto no sólo nosotros, sino el país entero, ha votado ya en sus conciencias el plebiscito que, condenando a juicio de residencia el régimen actual, ha dado por muerta su política y por fracasados sus hombres. El enfermo está herido de muerte, pero aun agoniza en la impenitencia final, y si, soñando mentidas ilusiones en su delirante apego a la vida, busca inútilmente el prolongarla, aceptando intervenciones de fuerzas extrañas, que mueve el egoísmo, para arrojarnos a la ruina y la deshonra, caso será de recordar cómo nos hemos conducido, para que entonces a nuestra protesta se la reconozca el carácter salvador y nacional y logre el carlismo su suprema aspiración de obtener las bendiciones de la Patria, para ofrecerse y sacrificarse por la integridad, por la salvación, por la independencia, por la honra y por la restauración de España.

EL MARQUÉS DE CERRALBO

Venecia, en el Palacio de Loredán a 20 de Enero de 1897.

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6 pensamientos en “Acta de Loredán (1897)

  1. José García

    Muchas gracias por haber transcrito y publicado este el texto fundamental para entender la situación de España en aquellos años.
    Únicamente veo en el texto que en el párrafo final del hombre y la bandera hay una errata pues donde se recoge “sin otro empico” en el texto publicado por el Correo Español habían puesto sin otro empleo, al igual que en de la Marina, párrafo segundo de los tres que lo componen, recogen vds.” y se profesara su fe, y Se admirase su portentosa historia, ” y en el texto original, como índica la norma el se admirase debe estar todo en minúsculas.
    Vuelvo a agradecer el esfuerzo que han realizado.

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  2. José García

    Por cierto, la publicación en El Correo Español disponible en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional lleva fecha del 30/1/1897, debido a que la edición del 26 fue secuestrada por la policía de Doña Maria Cristina.

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