Carta del Príncipe Regente Don Javier a los Requetés y Carlistas (1945)

A mis queridos requetés y carlistas:

Las dificultades que para comunicar con vosotros había creado la ocupación alemana, acabaron en una incomunicación absoluta durante estos largos meses. En este tiempo ni a vosotros ha llegado la voz alentadora de vuestro Regente, ni hasta mí el consuelo de seguir vuestras actuaciones y admirar vuestra firmeza en el mantenimiento de nuestros santos ideales, sin que ni la incomprensión de unos, la hostilidad de otros y el mismo apartamiento de la disciplina de alguno de los nuestros, fuera suficiente para apagar y disminuir vuestros entusiasmos.

Tanta mayor alabanza merecéis por esa firmeza, cuanto más difícil que frente a la posición liberal ha sido el mantenimiento de vuestra lealtad cuando se ha pretendido presentar como semejante un sistema que nada tenía que ver con el tradicional, y se ha llegado a tachar de antipatriótica la no colaboración con el Poder que, a pesar de derivar sus títulos del maravilloso esfuerzo del 18 de julio, al que tanto contribuisteis, se desvió en sus normas y realizaciones de aquel espíritu.

Sin vosotros no se hubiera podido llevar a buen término la guerra, pero luego se ha olvidado, desgraciadamente, vuestra generosa aportación y habéis visto cerrados vuestros Círculos, incautados vuestros periódicos, desterrados vuestros dirigentes, detenidos muchos y muy destacados tradicionalistas, sin más motivo que el de no haber renunciado a los ideales con que fuisteis a la guerra y que lejos de ser obstáculo os movieron a ser siempre los primeros en el valor, en el desinterés y en el más acendrado amor a España.

Al requerir y aceptar el concurso de los requetés no se les exigió que renunciasen a ninguno de los ideales; como tampoco la Comunión exigió en ningún momento la aceptación íntegra y la aceptación inmediata de sus postulados. Con toda autoridad puedo afirmarlo. Pues por encargo del Rey don Alfonso Carlos asistí a los preparativos del Alzamiento Nacional, conferencié largamente en Portugal con el general Sanjurjo, jefe supremo del Movimiento, y viví de cerca los trabajos de los últimos meses preparatorios, teniendo frecuentemente a mi lado, junto a la frontera franco-española, al delegado nacional de requetés y varios de los más destacados miembros de la Comunión Tradicionalista.

Aplazada durante la guerra la reclamación del establecimiento del régimen tradicional, acudió la Comunión al finalizar aquélla, al Jefe del Estado con su escrito de 11 de marzo de 1939, señalando que era llegado el momento de acometer la reconstrucción política de España, que no podía tener otra concreción más que la de la Monarquía Tradicional, porque dentro del campo del 18 de julio, sólo esta doctrina era la eficazmente contraria a aquellos que habíamos combatido. Tan práctica demanda no fue atendida.

Dos años más tarde, en 25 de julio de 1941, os dirigí un manifiesto en el que, después de señalar los errores y la equívoca trayectoria del régimen actual, y de hacer patente la necesidad de restaurar la Monarquía Tradicional como único sistema capaz de devolver la paz política y social a España, brindé la verdadera y única fórmula de unión de los españoles mediante la Regencia nacional y legítima, y condené las pretensiones al trono que cualquier príncipe pudiera plantear, convirtiendo en cuestión personal lo que debe ser una reivindicación nacional.

Los hechos han venido a darme la razón, pues la idea de la Regencia se ha ido abriendo camino hasta queda como única fórmula viable. Fieles vosotros a la fórmula de la Regencia, pedisteis el poder en escrito firmado por vuestros dirigentes y elevado al Jefe del Estado en 15 de agosto de 1943. Tampoco fue tomada en consideración vuestra noble y patriótica demanda.

Pero han llegado los tiempos en que, terminada la guerra y en conmoción el mundo, cobra un decisivo valor la misión providencial del carlismo para la salvación de España. Ahora, pues, más que nunca, habéis de permanecer unidos y organizados, bajo la disciplina del jefe delegado, don Manuel Fal Conde, cuyos sacrificios y penalidades, sufridos con entereza ejemplar, se ven coronados por su certera visión política y por los aciertos de su ingrata labor, que son acreedores a mis más cálidos elogios y a la más plena ratificación de mi confianza.

No desmayéis, mis queridos carlistas, y poned más que nunca vuestra confianza en Dios, que no dejará sin premio vuestros esfuerzos y vuestros sacrificios. A los pies de su Santísima Madre habéis celebrado el hermosísimo acto de Montserrat, que señala el comienzo de la etapa final de vuestra lucha secular. En ese santuario, enclavado en el corazón de la tierra tan española de Cataluña, reunidos el 29 de abril más de 30.000 carlistas que representaban a toda la Comunión, proclamasteis la Regencia como régimen de derecho de España.

Yo estimo como un favor de la Providencia que esa proclamación se haya hecho junto a uno de los templos nacionales de nuestra Reina y Madre y que la solemnidad pudiese ser valorada por el concurso de dos millares de requetés encuadrados y en formación militar y realzada con la presencia popular y actuante de una gran masas de ese auténtico pueblo español que es el carlismo. No fue un acto frío y formulario, sino la consagración viva y ardorosa de los propósitos de España de alcanzar al fin, después de padecer tantos ensayos revolucionarios, su régimen propio y tradicional. Este acto, celebrado bajo un Estado totalitario, tiene todo el valor histórico de los grandes acontecimientos nacionales.

Yo ratifico todo cuanto habéis hecho y os anuncio que, fiel al compromiso jurado ante el cadáver del Rey don Alfonso Carlos, y libre ya de los invencibles obstáculos que me han incomunicado con vosotros estos años, me propongo firmemente, con la ayuda de Dios y vuestro generoso esfuerzo, llevar a buen término íntegramente los ideales de nuestra Santa Causa.

En el destierro, a 29 de junio de 1945.

FRANCISCO JAVIER

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