Manifiesto llamado de Trieste (1860)

Españoles:

Ocho meses han transcurrido desde los acontecimientos de San Carlos de la Rápita y la dolorosa impresión que produjeron en mi ánimo dura todavía.

Cuando recobré mi libertad y me vi en posesión de obrar con entera franqueza, mi primer deseo fue el de exponer sencilla y claramente a los españoles los motivos que me habían determinado a obrar como acaba de hacerlo; pero un obstáculo me detenía: era el temor de que, hallándose aún poderosamente sobrexcitadas las pasiones políticas de mis adversarios, mi voz no pudiera ser escuchada, ni mi conducta juzgada imparcialmente; recelaba, por el contrario, que iba a excitar en algunos nuevos deseos de maltratarme sin consideración de ningún género, y que no hallaría en otros más que indiferencia o incredulidad.

Yo no podía en tales circunstancias hallar una acogida favorable sino cerca del gran partido carlista, que con tanto denuedo se ha sacrificado por mi causa. Hoy que las pasiones políticas se han apaciguado un tanto, que los espíritus han recobrado alguna calma y tranquilidad, creo que ha llegado el momento de dirigir mi voz a los españoles, esperando confiadamente de la nobleza de su carácter y de la rectitud de su juicio, una imparcial apreciación de los acontecimientos a que me he referido.

Yo vivía resignado en mi injusto ostracismo, cuando de diferentes puntos de España se elevaron hacia mí voces suplicantes, y entre ellas las de muchos de mis antiguos enemigos, que habiéndose declarado en otro tiempo contra mi dinastía, desengañados ahora, creían ver en esta dinastía el único medio de salvación para la Patria; todos me conjuraban a que saliese de mi retiro y tendiese la mano a los que deseaban poner un dique a la anarquía.

No se necesitaron grandes esfuerzos para hacerme comprender el estado en que se hallaba la nación, porque habiendo seguido atentamente sus vicisitudes, veía que marchaba a pasos agigantados hacia su ruina. Los partidos que la habían gobernado, disueltos sucesivamente, carecían de los suficientes elementos para sacarla del caos en que ellos mismos la sumergieron. Yo consideraba que, dominados por una ambición desenfrenada, no sólo eran incapaces de dominar el torrente revolucionario, sino que con sus imprudencias contribuían a hacerle más fuerte e impetuoso. Había visto en 1854 a mi prima Isabel vacilar sobre el trono que ocupa, y no disimulaba que si por el momento se había asegurado un poco, no era, sin embargo, menos temible su caída; porque bajo la acción de los mismos elementos disolventes su caída podía diferirse, pero no evitarse.

He aquí lo que yo consideraba entonces y lo que continúo pensando; yo veo, como todo el mundo, aproximarse la anarquía.

Abrigando estas convicciones, y apreciando las proposiciones que se me habían hecho, no vacilé un instante en aceptar los medios que se me ofrecían, y que me parecían suficientes para llegar en poco tiempo, y sin efusión de sangre, al fin que me proponía, de asegurar la paz y la prosperidad del pueblo español. El éxito de la empresa fue muy diferente del que debía esperarse. El tiempo dirá si todos los que queríamos la felicidad de la nación, tanto amigos como enemigos, no debemos deplorar aquel desenlace. Los que conocen los sentimientos de mi corazón, comprenderán también el dolor profundo que ha debido causarme la suerte de los infortunados que sellaron con su sangre su lealtad para conmigo. El aislamiento a que quedé reducido por consecuencia de este desenlace, tuvo por resultado el hacerme caer en manos de mis adversarios.

Hecho prisionero con mi querido hermano Fernando, sabía perfectamente que nuestras vidas no corrían riesgo alguno. Jamás me ocurrió el pensamiento de que mi prima Isabel, árbitra de nuestra suerte, quisiera manchar sus manos con nuestra sangre, y esta seguridad se nos dio en el momento mismo en que nos prendieron.

Pero mi corazón se estremecía a la idea de que por mi causa gemían en las prisiones centenares de víctimas, cuya suerte sería semejante a la del general Ortega y a otros muchos que habían sufrido ya el último suplicio. Entonces mi amor por mis leales servidores y el deseo de salvar su vida, prevalecieron en mi ánimo sobre toda consideración personal. Mi reconocimiento hablaba más alto que mi interés personal, y no dudaba que mi sacrificio devolviese la paz y la tranquilidad a las numerosas familias de aquellos que con tanta lealtad y abnegación se habían sacrificado de nuevo por mi causa y por mi persona.

Tal es la explicación del acta de renuncia que firmé en Tortosa. Luego que se me devolvió la libertad, entré en Francia resuelto, como lo había prometido, a ratificar la supradicha renuncia. Aunque teniendo en cuenta las circunstancias en que se había verificado y la omisión de las formalidades que se requieren en semejante caso, no podía menos de considerarse como legalmente nula. Pero yo debía tener en cuenta los inmensos sacrificios de un partido, y yo me pertenecía a la España entera; no creía dar semejante paso sin tomar el parecer de mis amigos y de mis fieles servidores.

Los Príncipes, me decían, no tienen voluntad propia cuando se trata de decisiones que interesan al porvenir de los pueblos; si un generoso sentimiento de humanidad os ha impulsado a renunciar vuestros derechos, un deber de alta política y de conciencia os prohíbe ratificar esta abdicación. En el estado actual de la Europa, y particularmente de España, esta ratificación sería el abandono de vuestros deberes más sagrados; es indudable que vuestra palabra está comprometida; pero es indudable también que al darla habéis causado un gran daño a la nación, que más tarde os necesitará. Por consiguiente, no podéis ratificarla. He aquí, en resumen, lo que me manifestaron los hombres eminentes a quienes sometí la cuestión.

Hechos posteriores, con motivo de los cuales se han proclamado principios completamente revolucionarios (lo digo con el más profundo dolor) por una persona de quien yo no debía ni podía esperar semejante cosa, han demostrado la prudencia de este dictamen.

Muy sensible y muy doloroso me era cumplir mi palabra, y necesité muchos días para resignarme a firmar el acta que anulaba mi renuncia anterior. Temía por otra parte, y no sin razón, que los enemigos de mi dinastía, si no de mi persona, redoblasen de nuevo con este motivo los tiros de la maledicencia y de la calumnia, que tantas veces han dirigido contra mí. Pero yo me decidí finalmente, fuerte con la rectitud de mi conciencia, contra la cual vendrían a estrellarse los ataques de mis adversarios. (…)

La Prensa de todos los colores me ha atribuido además máximas de gobierno opuestas a mis sentimientos. Se ha querido alarmar de nuevo los espíritus, evocando los viejos fantasmas del despotismo, del oscurantismo, de la Inquisición, etc. Se han desplegado grandes recursos de ingenio para hacerme pasar por enemigo de las luces, de las conquistas del siglo, de la libertad, del progreso, del bienestar y de la prosperidad del pueblo español. Vanas acusaciones, y que se han hecho ridículas a fuerza de exponerse y ser refutadas. Si en los días de desgracia yo hubiera podido, como era mi intención , dirigir la voz a los españoles, les hubiera dicho: Religión y moralidad ante todo, porque este es el único fundamento sólido de la verdadera civilización. Tendréis una Constitución española, hecha por vosotros mismos. Tendréis el progreso en la agricultura, en la industria, en el comercio, en las artes, en las ciencias. Tendréis libertad, pero no licencia, que conduce a la degradación y a la tiranía. Tendréis leyes, pero pocas y bien observadas. Tendréis contribuciones, pero sólo las indispensables para cubrir los gastos del Estado.

Aborrezco los partidos y no quiero más que españoles. Tendréis imprenta sin previa censura, ni depósitos, pero sujeta a una ley que harán las Cortes. Respetaréis y haré respetar las leyes y reglamentos vigentes, hasta que se haya sentido la necesidad de sustituirlas con otras. (…)

Trieste, 1º de diciembre de 1860.

CARLOS LUIS

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