Palabras de Don Javier en Arbonne (1976)

Intervención grabada de Don Javier en el acto realizado en Arbonne el 30 de mayo de 1976, escasas semanas después de los crímenes de Montejurra.

Hoy en la Misa hemos pedido a Dios por las almas de Ricardo y Aniano, ahora vamos a cumplir con el compromiso que hemos contraído con ellos, que es un compromiso político.

Desde mis ochenta y siete años puedo observar con mayor claridad el valor del compromiso político y de sus resultados eficaces en la lucha por la causa de la libertad que es la causa del Carlismo.

Os aseguro que estoy orgulloso, como vuestro viejo rey y como padre, de la madurez política que ha alcanzado al Partido a través del compromiso y de la militancia.

Mi vocación política y mi fe en el Carlismo me sostienen en activo como un carlista más a vuestro lado y a las órdenes de mi hijo Carlos en el cual deposité toda mi confianza que era compartida con la vuestra para ser el Rey.

Es muy importante mantener esta confianza no sólo en las personas sino en la línea política y de actuación que tenemos trazada.

Pero hemos visto que la lucha que sostenemos por la Libertad del Pueblo y por nuestra propia unidad interna tiene un precio. Esto precio ha sido las dos vidas que ha costado Montejurra. Sangre derramada que fertiliza porque nos emplaza para intensificar nuestros esfuerzos en la lucha por la libertad y por la democracia.

A los culpables podemos perdonar con nuestro corazón pero lo que no permitiremos es que sus actos asesinos queden impunes. Se hará justicia, sin prejuzgar de las responsabilidades personales que los tribunales determinaran. No aceptaremos titubeos ni debilidad alguna aunque esté implicado mi propio hijo Sixto.

A la tristeza de estos momentos y de estos sucesos de Montejurra debemos ofrecer la alegría que siempre caracterizó al Carlismo, sabiendo transformar su lucha en esperanza para un futuro al servicio de la Libertad.

La alegría de poder estar hoy otra vez juntos a pesar de todos los obstáculos que nos sigue imponiendo la dictadura, es el mayor estímulo para la lucha.

La unidad del Carlismo ha quedado otra voz demostrada, sellada con sangre, pero con el aumento de la ilusión cristiana para continuar en la lucha.

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