Don Jaime, el príncipe caballero (1932)

Biografía de Jaime III, escrita por Francisco Melgar, hijo de quien fuera secretario personal de Carlos VII, también llamado Francisco Melgar. Fueron publicadas con Espasa-Calpe, en Madrid, en 1932. En esta obra son expuestas las ideas sociales y federales de Jaime III.

«Cuando se ha tratado de mejorar las condiciones sociales del obrero, me han parecido siempre tibias todas las reformas e insuficientes todos los esfuerzos; me considero y me he considerado siempre como un socialista sincero, en el sentido exacto de la palabra, y nadie podrá negarme que en todo momento he hecho cuanto he podido para conocer las necesidades verdaderas del pueblo y procurar que se considerara la cuestión social como el problema esencial para todos los hombres de gobierno.

La primera orientación que he procurado sostener en todas las campañas sociales del jaimismo, es que vivimos con unos conceptos completamente falseados de los deberes sociales.

La caridad no debería existir en nuestro mundo, que se pretende civilizado. En la sociedad, a la que todos pertenecemos, hay gente enferma, niños, viejos, incapaces. A estos desgraciados no debería la colectividad reservar sus limosnas, sino que es una obligación estricta e ineludible para el cuerpo social sostener a sus miembros, demasiado débiles; tiene ellos un derecho sagrado al apoyo desinteresado de todos. La caridad es una humillación constante; en cambio, el sostenimiento de todos los seres desvalidos por la comunidad no entraña disminución para nadie. (pp. 174-175)

Apruebo también con el mayor entusiasmo la organización profesional del trabajo, la desaparición del espíritu individualista en esta organización y la restauración paulatina y adecuada a las modernas necesidades de los cuerpos de oficio y de las grandes corporaciones, que tienden a crear gremios o familias de trabajadores de un mismo ramo profundamente unidas entre sí  por la comunidad del trabajo.

Las condiciones del trabajo han cambiado en el mundo moderno; pero los hombres son siempre los mismos. Se ha resucitado la sindicación obrera, desgraciadamente con un carácter marcadamente político, con el fin de aprovechar las grandes masas de trabajadores industriales para el triunfo de este o de aquel partido; pero esta sindicación, realizada con el nobilísimo fin de que el trabajador no se vea desamparado frente al propietario, orgulloso de su poderío; esta sindicación, destinada a obtener el salario mínimo, la protección del trabajador, la subsistencia para la viuda y los huérfanos, no es sino el retorno al sistema corporativista que vienen reclamando desde un siglo los verdaderos amigos del obrero, opuestos a los tiránicos decretos del liberalismo, primero, y luego del colectivismo. (pp. 176-177)

La autonomía municipal, los estatutos regionales, las autonomías universitarias, son los primeros pasos de este gran movimiento descentralizador que está ya en camino en la hora presente. Hay que ir preparando hoy el espíritu de las masas a los beneficiosos avances de la tendencia federativa. (p. 182)

Los políticos que pretenden ir contra esta corriente natural, poderosísima desde el día en que se penetra de su alcance el alma popular, serán arrollados fatalmente por querer luchar contra una aspiración indestructible que saca todas sus fuerzas de las entrañas mismas del pueblo. (p. 183)

En un sistema netamente regionalista como el nuestro, España vendría a ser una confederación de Repúblicas gobernadas por la Monarquía; reconocida a las regiones su personalidad jurídica, su legislación autónoma, sus libertades administrativas, judiciales y universitarias, el Poder central tendría como misión privilegiada, lejos de todo despotismo, ser el lazo de unión entre todas las regiones.

No encuentro fórmula más admirable que la que dice que la nación no jurará fidelidad a su Rey sino después que éste haya jurado guardar y hacer guardar las leyes particulares a cada región. De este modo se consagra con fuerza la personalidad autónoma de las grandes comarcas naturales, cuya prosperidad y desarrollo están a la base del engrandecimiento de la patria. Cortes regionales, Universidades regionales, Audiencia suprema y Diputación regional, tal es, me parece, la fórmula ideal de la organización regionalista, la única que responde a la Historia, a las tradiciones y a las auténticas necesidades de estos trozos de la patria que han sido vilipendiados y pisoteados sin escrúpulo durante un siglo de liberalismo». (pp. 184-185)

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