El pensamiento del Duque de Madrid (1888)

Artículo de Luis María de Llauder, firmado en Venecia el 14 de marzo de 1888.

Hace unos días tengo el honor de ser huésped del Palacio de Loredan de Venecia, a donde llama de vez en cuando el augusto Duque de Madrid a sus amigos y servidores leales, ya para endulzar los días largos de expatriación, ya para recibir impresiones directas de su querida Patria, conocer su situación y estudiar sus necesidades, ya para conferir con ellos acerca de sus proyectos, teniendo como tiene conciencia de la alteza de su misión y deseo de mejor acertar en la manera de realizarla.

En las largas horas pasadas en aquel salón de banderas, lleno de recuerdos que revelan la virilidad de nuestra raza y el vigor con que la España católica ha sabido preservarse de los estragos de la revolución enervadora; o ante aquellos retratos venerandos de Príncipes cristianos, de héroes ilustres, de personajes esclarecidos, cuyos hechos elevan el espíritu y son estimulo de buenas acciones, que decoran las paredes de las salas de recepción; o en las habitaciones destinadas a museo, que guarda los múltiples objetos recogido en los viajes en que ha estudiado pueblos y razas, y adquirido experiencia sobre los hombres y las cosas; o paseando por la monumental plaza de San Marcos y por los muelles, atravesando canales sombreados por los palacios de mármol, y cruzando calles y plazoletas de esta interesante ciudad, que excita a la meditación y penitencia, tranquilo oasis al que llegan atenuados los rumores de las pasiones que agitan a los políticos del Continente; en largas conversaciones, digo, he tenido ocasión de conocer cuál es el pensamiento del Duque de Madrid acerca de todas las cuestiones que conmueven al mundo, y sobre todo, lo que desea, lo que espera, lo que se propone en lo que se refiere a la suerte de España, a sus necesidades, a su porvenir y a la marcha de la gran Comunión, que le reconoce por jefe y funda en él sus esperanzas de salvación.

Preocupa a don Carlos en gran manera la situación actual de Europa, llegada a una crisis religiosa, social, política y económica, que está acumulando los elementos para una gran guerra y conmoviendo a la mayor parte de las naciones, amenazadas también por corrientes demagógicas y anarquistas, que trabajan por derribar los socavados cimientos que sostienen el orden material en que viven o se aniquilan, faltas de moral, la mayor parte de los pueblos que se han abierto a la falsa civilización moderna.

Pero preocúpale más especialmente el peligro en que se halla nuestra Patria, entregada a una Regencia, si débil y peligrosa siempre, mucho más en el estado actual de los partidos, en la decadencia de la riqueza pública y privada, y en la eventualidad de acontecimientos más o menos imprevistos que pueden conmoverla profundamente.

Abarcando todo el conjunto de este cuadro inmenso, y deseando conducir su política por caminos elevados y seguros, que en sus detalles corresponda a lo que de él tiene derecho a esperar nuestra Patria, desea el Duque de Madrid que su Comunión se identifique con su política, la secunde y así se prepare debidamente para que los acontecimientos la encuentren en las condiciones debidas de unidad y vigor.

A este fin se ha dignado exponerme, desde los primeros días de mi llegada, que no creía del caso hacer Manifiesto alguno, por la razón que esto podría significar que era necesario modificar en algo sus principios, y porque afirmándolos de nuevo, daba a entender que se veía en la precisión de asegurar la confianza ilimitada que tiene derecho a exigir de todos por la unidad de su vida política. Añadir a su programa declaraciones accidentales para las diversas circunstancias y tiempos, sería rebajarle su importancia y exponerse a resolver ligeramente cuestiones que no pueden tener solución precisa más que cuando llegue el momento de recibir ejecución.

Soy el que siempre he sido, me ha dicho; el del 68, el del 69, el del 72, el del 75, el de siempre. Mi primera palabra al mundo fue para declarar que no quería ser jefe de un partido, sino de todos los españoles; pero no aceptaría la corona más que para llevar a España los salvadores principios por los que tantos mártires han vertido su sangre, desde 1808 a 1870, a la sombra de la bandera de Dios, Patria y Rey. Mi nombre solo es un programa… Nada tengo, pues, que añadir a lo que ha servido de guía hasta aquí a mis partidarios, y de profesión de fe a los periódicos que defienden mi Causa, así como tampoco tengo nada que modificar en lo que hasta ahora he dicho.

Habiéndome permitido exponerle que una frase del Manifiesto de Morentín, aquella en que dice que la unidad católica no supone un espionaje religioso, ha dado lugar a interpretaciones de cierto género, se dignó contestarme que no había querido descender a dar explicaciones sobre ella, pero la frase espionaje religioso se refería sólo a la garantía individual que había que dar a los extranjeros no católicos que quisieran venir a España, a los cuales no se sujetaría a un espionaje por sus creencias privadas, así como que el restablecimiento de la unidad católica no suponía un espionaje para obligar a ir a misa, por ejemplo, o para imponer materialmente lo que la Iglesia no impone, como por muchos se suponía para combatir este restablecimiento, especialmente entre los diplomáticos extranjeros.

Lamenta vivamente don Carlos que se discutan hoy cosas que nos puedan dividir, y que, pues se han hecho y han sido aceptadas por todos, señal es de que era conveniente decirlas para oponerlas a ciertas dificultades, y que con ellas no se entendió que se faltaba a la pureza de nuestros principios ni se alteraba nuestro programa.

Hay cosas además, decía el Duque de Madrid, que no deben ni pueden prejuzgarse hoy. Todo lo que tenga relación con el primer lema de nuestra bandera, no puedo resolverlo yo por mi mismo. La Iglesia es la que ha de fijarlo, sin lo cual invadiría yo el terreno de las conciencias y usurparía atribuciones que no corresponden a un Rey católico. ¿Cómo, pues, hemos de prejuzgar lo que se refiere a cuestiones que en su día se han de discutir y pesar maduramente por la Santa sede, y resolverlas de acuerdo el poder espiritual y el civil?

De no tener esto en cuenta, pueden resultar muchas discusiones inútiles, muchas afirmaciones aventuradas y sin fundamento, y divisiones que perturban sin resultado práctico, antes con mucho daño de las conciencias. Basta saber, añadía, que estoy dispuesto a ofrecer y dar a la Iglesia cuanto le corresponda, y que la Comunión católico-monárquica se halla animada de este mismo espíritu.

En cuanto al segundo lema de nuestra bandera, tampoco puede prejuzgarse gran cosa, porque deseando restablecer la pureza del sistema representativo, o sea la Monarquía templada, tradicional en España, y habiendo prometido que apelaré al concurso de la Nación reunida en Cortes, según está consignado en nuestras antiguas leyes, ¿cómo he de prejuzgar lo que éstas resolverán? Otra pregunta: ¿Cómo he de imponer de antemano mis decisiones sin que sea este acto calificado de cesarismo?

De esto no ha de deducirse que deba carecer el Monarca de pensamiento propio, ni de iniciativa, ni de plan, desde el momento en que ha de reinar y gobernar. Esto equivaldría casi a suprimir el tercer lema. No. Las lineas generales de este plan y de este pensamiento, expresadas están en el programa formulado hace tiempo por don Carlos, y a cuya sombra se ha reunido y vive la España tradicional.

Pero nuestro augusto jefe desea que sea conocido lo que piensa sobre algunas cuestiones que agitan nuestro campa, y para ello ha dispuesto que haga yo un resumen de lo que ha tenido a bien manifestar y lo dé a conocer en mi periódico, a fin de que lo reproduzcan los demás de nuestra comunión y les sirva de regla de conducta fija para andar seguros de que secundan su pensamiento y coadyuvan a la marcha ordenada de las fuerzas que obedecen a su dirección.

Porque desea el Duque de Madrid que conste de una manera bien precisa que él es el único que rige y guía a la Comunión católico-monárquica sin admitir imposiciones de nadie, aunque dispuesto siempre a oír las reclamaciones y las observaciones respetuosas de todos, y a pedir consejo a quien lo estime conveniente.

Deseoso de que su jefatura efectiva no encuentre obstáculos, antes bien sea secundada por todos los periódicos que le presten su concurso, el cual agradece como es justo, quiere que conste que no tiene órgano oficial en la Prensa y que a ningún periódico ha conferido el encargo de ser intérprete de sus pensamientos. De otro modo su palabra quedaría empeñada en favor de las afirmaciones, promesas y actos del periódico que lo fuera, y su autoridad puesta a merced de los azares del combate diario a que por su índole está consagrado el periodismo.

No pudiendo pretenderse que todos los tradicionalistas aprecien del mismo modo todas las cuestiones que se refieren a nuestra Causa, cree que la divergencia entre nuestros hombres en cuestiones de conducta y forma puede ser hasta conveniente para dilucirlas, siempre que esta divergencia se exprese en forma sosegada y no excite odios ni apasionamientos, ni menoscabe el principio de autoridad, manteniéndose nuestro jefe superior a estas divergencias, de las cuales será árbitro cuando sea conveniente. Pues si considera a la Prensa como agente apreciabilísimo y eficaz de propaganda, no la cree agente propio de gobierno.

En esto quiere dar una prueba de que respeta la libertad de opinar en lo accidental y secundario como se crea mejor, sin querer imponer juicios en lo que es lícito discrepar. Pero quiere a su vez no ser contrariado cuando tome una decisión, cosa que jamás ha hecho sin largos y detallados consejos.

Considerando la índole de la misión de la Prensa, opina que hoy debe emplearse principalmente en atraer nuevos prosélitos a nuestra Causa, a fin de que llegue ésta a adquirir la fuerza necesaria para vencer a la revolución. A este efecto recomienda que no se promuevan discusiones inútiles o intempestivas que asusten a los que podrían venir a nosotros con poco esfuerzo, y que den pretexto a los enemigos para que nos presenten con falsos colores y nos ataquen con argumentos facilitados por nosotros mismos, y en que se vea que si divergencias existen entre los periódicos en punto de detalle, esta divergencia es sólo en el terreno periodístico y no afecta a la unidad de la Comunión. Desea igualmente que se eviten ataques a las personas, y que todos los correligionarios se respeten como hermanos.

Esta unidad debe consistir en la afirmación de estos tres puntos: Obediencia al Papa y a la Iglesia en lo religioso, sumisión a la persona de don Carlos en lo político y, en su consecuencia, adhesión a los principios o bases de su bandera, que quiere conservar en toda su integridad y pureza, sin vacilaciones ni debilidades. Todo el que esto haga y acepte será tenido como carlista por don Carlos, sin que por esto pueda pretenderse que se ha de atraer nuevos propósitos por medio de concesiones en religión ni en política.

Lo cual no quiere decir que a todos dispensa igual confianza, pues dentro de la libertad e independencia que entiende corresponde en la asignación de las personas a quienes confiera sus poderes, o con cuyos consejos o cooperación trata de contar, es natural que aprecie los méritos, la lealtad y la adhesión con que cada uno ha servido su Causa, y que no olvide los fueros de la gratitud.

Insiste tanto más el Duque de Madrid en la conveniencia de usar procedimientos de atracción, cuanto que, si en un momento dado cambiaran las circunstancias y hubiera necesidad de adquirir nuevas fuerzas para imponemos a la revolución desbordada, estos procedimientos de atracción se harían necesarios, y entonces, al empezar a practicarlos, si no estuvieran ya adoptados, parecería que hay un cambio en nuestra política.

Por esto lamenta que se hayan arraigado ciertas calificaciones en nuestro campo, como las de integristas y semiintegristas, con que nuestros enemigos han querido introducir en él la perturbación. Todo carlista ha de aceptar en su pureza e integridad los principios de nuestra bandera. El que así no lo hace, está contagiado de liberalismo, y el que es liberal o tiene tendencias liberales, no puede ser carlista; son dos espíritus que no caben juntos en un mismo cuerpo. Si el que abraza la verdad íntegra puede ser carlista, el que la rechace no puede pertenecer a nuestra Comunión. Y, pues, con decir carlista queda significado esto, cual sucedía antes, cree don Carlos que hemos de abandonar estos aditamientos que traen confusión.

También se ha ocupado el Duque de Madrid, en las conversaciones con que me ha distinguido, en la situación económica de España, en la necesidad de que todos cooperen a levantarla de la postración en que se halla la riqueza nacional. Alaba la cooperación de que a ello prestan los nuestros. Ha hablado con entusiasmo de la gloria que dará a nuestra Patria la Exposición Universal de Barcelona, que llama la atención del mundo entero, y ha celebrado que el «Correo Catalán» haya sido uno de sus más decididos y constantes patrocinadores desde que se inició su proyecto.

Atribuye gran parte de los males de España a la centralización y a la abolición de los fueros, que han muerto la vida, la libertad y la dignidad de las provincias, los cuales cree de imperiosa necesidad restablecer, así como curar los males de la centralización.

Se ha fijado en el desarrollo y en la índole de catalanismo en nuestro Principado, y lo considera como fruto natural de la centralización, desnaturalizado e infecundo para los que quieren hacer de él elemento revolucionario o base de utopía impracticables, y pudiendo sólo hallar legitima satisfacción dentro del programa de don Carlos.

Para lo cual cree que deben fomentar nuestros amigos la tendencia legitima y sana del catalanismo, interviniendo para encauzarlo por el buen camino, dentro de la unidad nacional.

Acerca del servicio militar obligatorio se ha expresado en el sentido de que antes que todo hay que pensar en levantar a España de su postración y curar sus males, y que sólo cuando hubiera recobrado su vigor y ocupara entre las demás el rango que le corresponde, y tuviera que desempeñar un papel importante en la política europea, entonces quizá el servicio obligatorio la misma nación lo impondría. Pero esto es una cuestión ociosa hoy, pues sólo responde a planes de grandeza en que desearla ver colocada a España con el tiempo.

Cierro aquí el resumen de lo que he oído al Duque de Madrid, porque es lo más esencial de lo que desea transmita para que sea conocido su pensamiento.

Y si la Prensa tradicionalista quiere secundar los deseos de nuestro jefe supremo y ser fiel intérprete de su política teniendo en cuenta lo que acabo de resumir, hallará en ello una regla fija de conducta. Así se digna significármelo el Duque de Madrid.

Por este camino espera que se llegará a evitar toda confusión, se obtendrá la unidad en lo esencial, y nos iremos preparando para presentarnos como es preciso ante los acontecimientos que pueden cambiar la faz de Europa y de España cuando suene la hora en el reloj de la Providencia, la que, según las señales, no está muy lejos de ser oída.

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