Circular a los Jefes Regionales (1931)

En mi manifiesto a los españoles de reciente fecha, en 23 de abril último, aconsejé a los míos una pronta organización de nuestras fuerzas a base de un Partido monárquico legitimista, único posible y razonable en la presente hora, marcadamente anticomunista, defensor de las grandezas patrias, intensamente progresivo y amigo de las reformas sociales necesarias y que colocara a la Iglesia y al Ejército, los dos sillares en que la sociedad española se asienta, al margen de las luchas políticas de partido en que parecía se iban a desarrollar más o menos violentamente las próximas elecciones generales para la constitución de unas Cortes Constituyentes en que francamente se pronunciara el país por la República o por la Monarquía, aunque esta monarquía, en buena lógica, no debía ni podía ser la falsamente liberal y centralista que personificó la dinastía liberal, rechazada tan unánimemente por el pueblo todo, hace bien pocos días.

La instauración de la República, el modo cómo se incautó del poder sin derramamiento de sangre y casi sin lucha (lo cual prueba a las claras cuán deleznable era la monarquía constitucional que España sufría hace casi un siglo), y la capacidad política e intelectual de algunos de sus ministros, pudieron merecer de los míos y de mí un generoso margen de sincera confianza, en espera de que, pasados los primeros días de natural vacilación, su actuación justa y a la vez enérgica, condujera al pueblo, y en particular a sus masas proletarias por el camino de la justicia y el orden y redujera a la impotencia y al silencio a los elementos comunistas y a los profesionales del desorden, enemigos jurados de toda autoridad, roja, blanca o incolora.

Yo no puedo creer que los vergonzosos acontecimientos que últimamente se han producido en España y que tan vivo dolor han ocasionado a las almas cristianas, hayan podido tener como único origen un alboroto monárquico-alfonsino que pudo ahogarse con dos parejas de orden público y con unas medidas de carácter gubernativo. La sacrílega acometida ha venido de más hondo: ha venido del mal comunista, de un período de irreligión hipócritamente consentido por altos y bajos y del espíritu revolucionario que yo denuncié en mi manifiesto último a los españoles, y sobre el cual con desinterés natural en Mí y aún por deber, llamé la atención del Gobierno de la naciente República.

Después de los recientes y tristes acontecimientos, que tan claramente han puesto al descubierto el gravísimo mal, bien se vislumbra que la lucha electoral próxima ya no podrá desarrollarse en un plano puramente político para pronunciarse en pro de la República o de la Monarquía, sino que tenderá, naturalmente, a agrupar las fuerzas de los creyentes para salvaguardar el tesoro de la fe y de la religión atropellados inicuamente con odio feroz ante la indiferencia de muchos y la tolerancia de no pocos.

La ofensa debe haber llegado al corazón de los católicos. Y si esa saludable reacción se operase y se produjera, esa unión de fuerzas sanas, que nunca como en estos momentos pudiera ser salvadora, yo ruego a mis leales, tantas veces llamados «Guardia civil de la Iglesia», que sin plegar la bandera legitimista y tradicional, y sin desatender un momento la organización de sus fuerzas, presten su apoyo incondicional y su concurso a toda coalición católica que se apreste a hacer oír su voz y su poder en las próximas Cortes constituyentes, donde no han de faltar adalides de la impiedad que pretenderán desnaturalizar o destruir el patrimonio espiritual que vivificó toda la gloriosa historia de nuestra querida España.

Yo he de creer que el Gobierno de la República, al devolver a los sacerdotes la plenitud de derechos civiles, ha querido ser sincero; y siendo así, a la vanguardia de la cruzada electoral católica podrán, y aún deberán ir los sacerdotes, sirviéndola de celosos y legítimos guías.

No importa que los míos no sean colocados a la vanguardia en esa lucha y no merezcan de los demás católicos ese honor. En la marcha de los ejércitos a veces las fuerzas de choque van a retaguardia y son, sin embargo, las que deciden la suerte de las batallas. Lo que sí quiero es que los míos, siempre leales y siempre valerosos, cumplan su misión en el sitio que ocupen.

Y al saludar a todos los leales en estos momentos de angustia, reitero a mis representantes la orden de completar la organización que les encomendé en ocasión reciente y se hallen dispuestos, como yo lo estoy, a cumplir la alta misión que la Historia y el bien de nuestra Patria nos tiene a todos señalada.

París, 20 de mayo de 1931.

JAIME

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