Café para una Infanta carlista (1997)

El Mundo de Andalucía

11/10/1997

Antonio Burgos

En la Junta Democrática de España buscaban urgentemente una Corona. Habían fracasado las conversaciones con el Conde de Barcelona, y no habían entrado los monárquicos juanistas de Satrústegui, de Areilza, que entonces era el conde de Motrico. En la Junta Democrática, a afectos de sus detractores, nada más que había comunistas y compañeros de viaje, los que en Radio Nacional y el diario “Arriba” llamaban “los tontos útiles”, magnífico título para una chirigota de las Fiestas Típicas Gaditanas. El Secretariado Político del Conde de Barcelona, la esperanza que Estoril representaba para los que seguimos al “Rey de todos los españoles” quedaba, por tanto, fuera de las posibilidades de aquello. Venía Antonio García Trevijano a Ecija, nos reunía en El Pirula a media docena de conspiradores por la democracia, como liberales doceañistas del XIX en el Ventorrillo del Chato, y nos contaba el futuro como una maravillosa aventura: “Habrá una Junta Democrática en cada barrio, en cada fábrica, en cada facultad, y cuando se muera el dictador, España se levantará, pedirá la ruptura democrática, un referéndum sobre la forma de gobierno y la convocatoria de Cortes Constituyentes”. Era el futuro utópico que iba a ser, no este pasado pastoso donde no fue posible la ruptura democrática.

En aquel futuro utópico, los de la Junta Democrática buscaban ansiosamente una Corona. Y la hallaron, vamos que la hallaron. Pero una Corona absolutamente contradictoria. La Corona de los que hasta pocos años antes habían estado proclamando su sueño de “Dios, Patria, Fueros y Rey”. Del Dios, Patria, Fueros y Rey, la Junta Democrática se quedó con el rey. Con el aspirante al trono de España. Un rey carlista, en vistas de que el Rey alfonsino había dicho en Estoril que nones, y con perspectiva histórica hay que reconocer ahora que Don Juan III acertó una vez más. “El Rey de todos los españoles” no podía soñar aquel futuro que nos pintaba Trevijano en Ecija como un Portugal sin claveles, un París del 68 sin barricadas y un 14 de abril sin quema de conventos. En los carlistas había habido una notable escisión. Aquellos carlistas del colegio (tantos, los García Quevedo, los Barrau, los Romero de Solís) tenían como Rey a Don Javier, y eran los hijos de los combatientes requetés de la guerra civil. Los derrotados en el bando de los vencedores, como sabíamos los amigos de los carlistas del curso. Franco había fusionado a los requetés con los falangistas, pero los carlistas de Fal Conde resistieron como opositores dentro del régimen. A don Manuel Fal lo desterraron, le hicieron la vida imposible. A los que eran oficiales del Ejército, les negaban los ascensos. Enrique Barrau me contó muchas veces que cuando la unificación con los falangistas, como protesta, una unidad del Tercio Virgen de los Reyes desfiló por algún lugar de Córdoba, en plena guerra, con la bayoneta calada en los mosquetones… pero con un condón puesto sobre la bayoneta. Así era el carlismo que quería Franco: carlismo con preservativo de reivindicaciones forales, un carlismo de guardarropía, como la boina roja que desde entonces colocó a los que vivían de la camisa azul.

A la altura de la Junta Democrática, era firme y fuerte esta escisión de los carlismos. Por un lado, la Comunión Tradicionalista Carlista, los viejos requetés de Quintillo; los que habían pedido la proclamación de Don Javier como Rey de España tras la guerra, con Don Alfonso XIII en el destierro de Roma, carlistas y alfonsinos del XIX en pleno siglo XX. Por otro lado había surgido el Partido Carlista, que apoyaba al hijo de Don Javier, a Carlos Hugo de Borbón-Parma, que había puesto al día la vieja idea foral, que se proclamaba socialista y autogestionario, y que entró en la Junta Democrática. Cosa que a los juanistas que por allí andábamos, la verdad, no nos hizo mucha gracia, por más que los carlistas fueran gente estupenda, como Fidel Pérez Puerto, como Ignacio Yécora. Ocurrió lo del Montejurra, la muerte de aquel carlista autogestionario y socialista a manos del hombre de la gabardina, y España se enteró entonces de que había otro carlismo que no tenía que ver con los que quienes no conocían los entresijos creían que eran los vencedores de la guerra civil, cuando se trataba en verdad de los grandes derrotados. Como luego, otra vez más, fueron los derrotados en la transición, que ni hubo ruptura, ni socialismo, ni autogestión y tuvimos de “Rey de todos los españoles” al hijo del Conde de Barcelona.

Tan absurdo era todo, que uno, que había estado en el Círculo Balmes, en las reuniones de estudio de las Juventudes Monárquicas, que incluso entró de prácticas en el periódico recomendado por don José Acedo Castilla, que era una especie de embajador en Andalucía del Secretariado Política de Estoril, resulta que para una vez que tuvo en su casa a una Infanta de España… era una Infanta carlista. Mi tía María Belinchón, como era tan monárquica, hubiera estado encantada, carlista o alfonsina, ¿qué más da, si es Infanta?, hubiese dicho. La Infanta era Doña Teresa de Borbón Parma. Llegó una tarde al modesto pisito de Nervión, con Fidel Pérez Puerto. Más que como Infanta, la trajeron a Andalucía como dirigente del Partido Carlista, las cosas eran así. Le prepararon una serie de encuentros con gente que andábamos en la lucha por el restablecimiento de las libertades. Cuando llegó a casa anduvimos con cuidado, porque pared con pared vivía Esperanza Oña, la que luego fue alcaldesa de Fuengirola, pero que entonces era la hija de Oña el policía. La Infanta nos preguntó de esta tierra, se llevó firmado un ejemplar de “Andalucía, ¿Tercer Mundo?” y tomó café. Era una cafetera absurda, con dos pitorros, con la leche en un lado y el café en otro. Desde entonces es en casa “la cafetera de la Infanta”. Bien pensado, aquello del carlismo era como la cafetera, con dos pitorros: el café, café del Partido Carlista por un lado y la leche del hombre de la gabardina por el otro…

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