¿Democracia desde la cumbre o desde la sociedad? (4 de febrero de 1978)

4 de febrero de 1978

Los partidos políticos, durante tanto tiempo esperados e indispensables para la democracia, a menos de un año de rodaje ya se encuentran ante un dilema: o se convierten en poderosísimas plataformas para el desarrollo de la democracia o quedan abocados a ser instrumentos de alienación de la sociedad. Dicho en otras palabras, o sirven de cauce natural para el «caudal de ideas» de la colectividad o se convierten en secuestradores de la riqueza política de una sociedad joven y llena de futuro, como la española.

Este no es un reto que se plantea a nivel especulativo o de filosofía política, sino que se presenta a diario y lo palpamos en temas muy reales. Para analizar la función de los partidos políticos frente al desarrollo de la participación popular en la vida social podemos fijarnos en sus relevantes problemas; planteados hoy en nuestro país.

Proceso autonómico solidario o centrífugo

El primero de ellos es el de las autonomías. La libertad de los pueblos y comunidades no consiste en «ser diferentes» al estilo del eslogan «España es diferente». Consiste en lograr una unidad responsable y solidaria.

El centralismo no es responsable ni solidario. Es, simplemente, tecnocrático, No desarrolla la responsabilidad de la comunidad ni del ciudadano en la vida pública, porque sustituye a toda forma de poder responsable por un poder central único y absorbente. Todo se decide en la cumbre. De esta forma los países, pueblos o nacionalidades no cuentan; ni las provincias, comarcas y municipios son centros de decisión democráticamente responsables. Son, o se ven reducidos a ser, meros escalones de la Administración central.

Por el contrario, una concepción responsable del hombre y de las comunidades, desde la comunidad local hasta la provincial, nacional o supranacional, presupone que existan niveles de soberanía, es decir, de libertad y responsabilidad, distintos a los del Estado central.

De ahí la inmensa importancia del proceso autonómico. Porque puede crear dos dinámicas opuestas: una, la centrífuga, que consiste en provocar, por una imitación del centralismo a niveles inferiores, unos centralismos locales antiunitarios. Otra, la solidaria, que busca crear, apoyándose en responsabilidades asumidas, a nivel populares, una unidad solidaria. Solidaria porque la responsabilización con los problemas de las comunidades inmediatas obliga al ciudadano a ver siempre la solución de los problemas en su aspecto comunitario y, por tanto, solidario.

Debemos darnos cuenta los españoles de que hoy muchos problemas no se podrán resolver a niveles locales y, ni siquiera, a nivel de los Estados. Incluso las principales cuestiones sólo se podrán dilucidar a nivel europeo o, quizá, mundial. Este hecho no sólo impone un cambio de visión de lo que es soberanía y su reparto, sino que, sobre todo, impone de cómo debe un nuevo an 1 1 de construirse, desde la base más próxima al hombre hasta la cumbre más lejana, la gran pirámide de libertades responsables. Sólo así podrá construirse desde el ciudadano hasta la federación de estados europeos y, en un futuro, mundiales, la libertad individual y, la responsabilidad personal frente a la comunidad humana entera.

No se trata, por tanto, de ver cuántos votos ganará un determinado partido en tal país o municipio, sino qué dinámica de responsabilidad ciudadana pueden promover los partidos políticos en todos los países y en todos los municipios. Se trata de saber si los partidos políticos sabemos propiciar unas estructuras responsables, base de una unidad, hoy nacional y mañana internacional.

¿Elecciones municipales para los vecinos o para los partidos políticos?

Segundo problema ilustrativo de la problemática exterior es el de las elecciones municipales. ¿Monopolio de los partidos políticos o promoción de todos en la responsabilidad pública? Esta es la alternativa.

Si caemos en el monopolio de los partidos políticos, el partidismo local serviría, simplemente, para transformar las elecciones en cantera de afiliados para los partidos políticos, y, poco o nada, para acercar el pueblo a la gestión municipal. «Lo harán ellos, los partidos», será la actitud de la mayoría de los vecinos. Otra vez aparece como positivo o negativo, según el caso, pero siempre fundamental el papel de los partidos políticos.

Lo que para cada grupo político puede ser interesante, de cara a reforzar su imagen, puede resultar negativo para el desarrollo de la democracia en la sociedad.

Por ello, de cara a las elecciones, conviene que los partidos se dediquen a potenciar la participación de todos.

El pluralismo político no debe de basarse en el partidismo, sino en abrir el debate. Debe servir a la promoción de todos en la responsabilidad, es decir, debe servir para hacer más dinámica la vida democrática a todos los niveles. La vida política no debe verse secuestrada por unos grupos políticos, sino promovida por ellos a nivel popular. Vida política en la calle. Debate legislativo en el Parlamento. Esto es la democracia.

El tercer problema es el de nuestras relaciones con la Comunidad Económica Europea. La CEE no es una unidad política. Es una unidad económica. Es, literalmente, un «mercado común». Parece una perogrullada, pero es necesario recordarlo.

Un Mercado Común con más de 250 millones de hombres, con una potencia industrial total comparable a la de Estados Unidos o la Unión Soviética. Es necesario el ingreso de España, porque nuestro país no puede, en la práctica, vivir económicamente al margen de esta unidad. Es un derecho, porque España es Europa, sobre todo cuando vuelve a entrar en el marco democrático. Pero existen dos dificultades.

Las nuestras propias, porque no podemos abrir nuestras fronteras libremente a los productos extranjeros. Por lo menos no podemos hacerlo de la noche a la mañana sin que se derrumbe gran parte de nuestra economía.

La otra dificultad se presenta a la inversa. España plantea un problema al Mercado Común, porque su nivel de desarrollo y los productos que puede ofrecer son competitivos con sectores y grupos de intereses ya establecidos dentro de la Comunidad.

Debemos vencer las dos dificultades: las de dentro, es decir, la adaptación del sistema económico español a la competitividad extranjera, y la dificultad exterior, la de conseguir de los intereses creados europeos la adaptación al ingreso de un competidor nuevo. Pues bien, esto, en España es tarea política para el poder, pero también para los partidos políticos y para los sindicatos. Debería ser objeto, incluso, de un diálogo de pueblo a pueblo, para convencer a Europa de que la solidaridad es una necesidad para el programa económico y también político, de que debemos caminar hacia una nueva concepción de Europa apoyada no en los egoísmos o intereses, a veces legítimos, de las partes, sino sobre la solidaridad, que es el interés más común.

Aquí aparece una nueva tarea para los partidos políticos, tanto hacia afuera como hacia dentro. Abrir un debate público sobre varias alternativas, hacer comprender a la sociedad la problemática y analizarla con ella y no a sus espaldas. Sintetizar al nivel del Parlamento las opciones y soluciones posibles. En esto consiste o debería de consistir la misión fundamental de los partidos políticos: ser correa de transmisión del debate popular hacia el poder.

De este modo, el mismo estudio de la problemática española frente a la necesaria integración en el Mercado Común podría ser una vía de construcción de nuestra propia democracia.

Pacto de la Moncloa, o pacto sociedad-Poder

El cuarto problema es el de los pactos.

El pacto de la Moncloa, realizado entre dirigentes de partidos políticos y el Poder, aunque logre salvar una situación, puede tener consecuencias políticas y democráticas peligrosas por ser un cortocircuito en la comunicación entre el Parlamento y la opinión pública, es decir, el pueblo español. Utilizar a los dirigentes de los partidos políticos parlamentarios como correa de transmisión del Poder, para condicionar a la opinión pública y a los mismos partidos puede interpretarse como una maniobra quizá hábil, pero peligrosa para el desarrollo democrático, que recuerda demasiado a un pasado aún reciente. La excusa de que el parlamentarismo se volvía vacío, para justificar unos pactos políticos extraparlamentarios, no nos vale. Porque, ¿cómo no va a ser vacío el debate parlamentario si lo esencial del mismo debate se trata a puertas cerradas y fuera del Parlamento? El papel de éste es precisamente protagonizar el debate y hacerlo abiertamente, para que pueda participar la opinión pública. Porque el Parlamento debe tomar las decisiones en nombre de una sociedad consciente e informada y realizar así el pacto entre sociedad y Poder, base de la democracia.

No es misión de los partidos políticos verse comprometidos por el Poder y, a la vez, utilizados como portavoces del Gobierno para controlar el Parlamento y la opinión pública. Por el contrario, es misión de los partidos políticos el ser promotores del debate público, ser canal de comunicaciones desde el pueblo hacia el Poder. Así podrán dejar de ser máquinas electorales y desarrollarse como instrumentos de participación de la sociedad a través de las Cámaras.

Constitución prefabricada o Constitución escogida democráticamente

En quinto lugar nos encontramos con la Constitución.

Otra vez aparece un pacto preparado en secreto. Tres meses de secreto sobre lo que debería ser el debate más vivo de la actualidad. Además, esta preparación, hecha por los representantes de los principales partidos políticos compromete, otra vez, a los representantes de la Oposición con los representantes del Poder. En otras palabras, nos quedamos sin conocer una propuesta del Poder y una alternativa de la Oposición, porque no habrá debate entre dos o más propuestas sin meras enmiendas a un solo proyecto.

Una sociedad sin alternativa frente a una solución prefabricada para esa misma sociedad y no con esa sociedad, incluso si la prefabricación viene acompañada o rubricada por la firma de los partidos políticos, es una sociedad condenada a la alienación. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Una sola opción discutible no es un escoger democrático. Sin alternativa no hay libertad. Luego este tipo de constituciones suelen ser «de papel» en el sentido metafórico de la palabra.

Creemos que la función que se hace jugar a los partidos políticos, sobre todo a los de la Oposición, debería ser distintas a la que están representando en estos momentos. Su misión es proponer alternativas y promover el debate público a través del Parlamento para que se pueda escoger. El voto, entonces, realizaría el pacto político sobre el problema de la identidad y naturaleza de la organización del poder democrático en nuestra sociedad. Solamente así será «nuestra» la Constitución. Sólo así es posible el pacto estable sociedad-Poder que es precisamente la Constitución.

Sindicatos: poder obrero o fuerza de choque de partidos

Una sexta cuestión es la de la acción sindical y el papel de las centrales sindicales.

«Legalicen los partidos, los controlarán mejor.» «Autoricen varios sindicatos; de lo contrario, los comunistas controlarán el aparato sindical unitario.» Estos fueron los consejos del presidente Balaguer a José María de Areilza en su viaje por el Caribe el año pasado, según cita en su reciente libro. Pluralidad sindical máxima, división sindical, politización sindical son, por desgracia, las características dominantes de la evolución actual de nuestro sindicalismo.

Asistimos a un fenómeno de partidismo que divide al mundo del trabajo. El sindicalismo politizado conlleva este peligro de la manipulación y la hipoteca. Este es quizá el más grave riesgo para el hecho democrático.

¿Por qué se ha producido? Si unos partidos no buscaran construir unos sindicatos paralelos a su organización política, se debilitarían con relación a los que emprendieran esta labor. A cada partido le conviene tener su sindicato; aunque al mundo del trabajo y a la sociedad política no le convenga que el sindicalismo esté dividido por un planteamiento partidista. Sí, es verdad la frase de Balaguer: «Así los controlaréis mejor.» Por todo lo anterior, abogamos tan fuertemente en favor de una unidad federal de los sindicatos frente a la división del mundo del trabajo, que no es su libertad sino su impotencia. Hoy, una federación sindical pudiera intentar salvar en lo esencial la unidad, respetando la diversidad o manteniendo los enfrentamientos políticos fuera del ámbito de la lucha sindical, puesto que el sindicato tiene que ser un poder obrero, autónomo y libre de toda presión exterior.

Conclusión. Politización desde la cumbre o desde la sociedad

Politización partidista o monopolización de la vida política por unas nuevas clases políticas. Esto es consecuencia del pasado y también consecuencia de un planteamiento político actual.

La politización del pueblo no debe ser el partidismo sistemático. Pero la responsabilidad de esta situación errónea no está en los partidos políticos, sino en el método político escogido.

Divide y vencerás. Es quizá una habilidad momentánea la que tuvo el poder para, como se dijo entonces, «controlar la evolución democrática». Pero esta actitud puede desembocar en una inmensa debilidad democrática. Porque la actitud de diálogo y entente entre los estados mayores de los partidos y el Poder, aunque sea en sí misma muy positiva, de hecho se está haciendo al margen del pueblo, y, ahí reside el peligro.

Cuando en el análisis del carlismo sobre la naturaleza y la función de los partidos políticos se insiste en la necesidad de la autogestión política dentro de los partidos, es precisamente para evitar que se caiga en este defecto. Es precisamente para que el partido político sea, desde la base hasta la cumbre, un instrumento de análisis y participación del ciudadano en las tareas del Gobierno. Es para evitar el, partidismo, correa de transmisión desde el Poder sobre el pueblo, forma «pseudodemocrática» de una nueva alienación. Para evitar este peligro del reparto del Poder entre los partidos políticos y el nacimiento de otra oligarquía política, es tan importante la existencia del binomio programa de Poder y alternativa de la Oposición. Sobre este binomio reposa la garantía de libertad en cualquier país democrático.

El desarrollo de la participación democrática frente a todos los problemas de la sociedad, es lo que debemos realizar para que el Poder pueda ser un Poder popular democrático y salga del marco actual de una democracia tutelada. El Mercado Común, la Constitución, los pactos económicos, las elecciones municipales, el sindicato, las autonomías, todos ellos son problemas a resolver, pero, mucho más aún, son ocasiones para desarrollar una gran participación desde la base. Sólo así se realizará el gran pacto sociedad-Poder que realiza lo que se llama prestigiosamente «la democracia».

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