El carlismo en la transición española (15 de julio de 1976)

15 de julio de 1976

Carlos-Hugo de Borbón Parma, nacido hace 46 años en París, es el jefe político del carlismo español en su versión más reivindicativa y progresista. De nacionalidad francesa, don Carlos Hugo ha pospuesto su actividad de pretendiente carlista —de difícil fundamento jurídico, ya que en 1936 los derechos del último titular carlista recayeron en don Alfonso XIII— para centrarse en la remodelación de un antiguo partido fuerista y descentralizador, cuya considerable implantación en Navarra se refleja anualmente en el acto de Montejurra. (N. de la R. de este blog: la presentación que hizo el diario El País con ocasión de este primer artículo de Don Carlos Hugo fue lamentable en el aspecto dinástico al reproducir la falacia francojuanista, en los artículos posteriores ya sería presentado como Presidente del Partido Carlista)

La sociedad democrática de los países avanzados parece haber resuelto todos los problemas individuales del hombre. En primer lugar el problema de la igualdad, tanto económica como de promoción, que en estos países llega a unos grados totalmente impensables hace cincuenta años. En segundo lugar el problema de la seguridad del individuo frente a los dramas de la vida: la enfermedad, la infancia, la vejez. El modelo de la socialdemocracia parece haberse impuesto, a pesar del sistema capitalista, garantizando la libertad individual política, con el máximo respeto posible a la persona.

Pero este formidable progreso, que nadie se atreve hoy a criticar, abandonados aspectos no menos fundamentales de la vida. El primero es que este progreso se sitúa exclusivamente en el marco de la sociedad que contempla. Afecta sólo a los miembros de estas comunidades, que han escogido democráticamente una vía de capitalismo compensado, democratizado, socializado o como se quiera llamar. En la práctica, no han logrado extender estas mejoras al mundo circundante.

En segundo lugar, esta sociedad deja de lado al hombre como ser social. Son unas sociedades democráticas con magníficos mecanismos para administrar al hombre con justicia, con igualdad, pero no desarrollan el aspecto más importante del hombre, que es su libertad. No es que repriman la libertad. Incluso crean todas las condiciones necesarias para la libertad. Pero la libertad no es un fenómeno individual y personal. La libertad es la capacidad de configurar, no sólo la propia vida, sino la vida misma de la comunidad. La libertad es más que el no estar reprimido. La libertad es la capacidad de crear.

La característica común de todos los sistemas democráticos u occidentales, con mayor o menor perfección, es que son democracias basadas en la delegación individual del ciudadano de todo su poder, o de la mayor parte de su poder, a un sistema político, en momentos de elecciones. Después de las elecciones el ciudadano, de algún modo, por lo menos la inmensa mayoría, abdica de toda responsabilidad en cuanto a la administración de ese mismo poder. Hay delegación de poder, pero además, y esto es muy grave, hay simultáneamente abdicación de poder. La delegación es necesaria, pero la abdicación es nefasta.

Así, si bien es verdad que el Estado es de origen democrático, no es menos verdad que toda la administración que baja de ese Estado hasta el ciudadano, desciende con escaso control democrático, con escaso control responsable, con escasa participación del ciudadano en la ejecución de las decisiones tomadas por los organismos soberanos. Prácticamente, sólo los medios de opinión pública, que actúan de un modo difuso sobre la sociedad, son una barrera contra la arbitrariedad de cualquier Estado moderno para administrar, controlar o incluso aplastar al ciudadano.

Descentralización o autogestión global

Partiendo de este análisis se pueden idear dos tipos de soluciones. La primera considera imprescindible llegar a alguna descentralización, para asegurar el control ciudadano sobre los grandes mecanismos que bajan desde el Estado. La segunda, por el contrario, considera imprescindible idear un sistema político que surja de las entidades más próximas al hombre y resuelva, a partir de ellas, cuantos problemas se pueden y se deben resolver al nivel más próximo al hombre, antes de recurrir a los estamentos superiores, a los mecanismos nacionales o internacionales. En el primer caso hay descentralización desde el poder. En el segundo caso hay una centralización selectiva que parte de la base, del pueblo, del ciudadano y va, poco a poco, configurando una pirámide de mecanismos económicos, ideológicos, locales, nacionales, federales, internacionales, que permiten en cada nivel resolver los problemas que le son propios y, además, permite al hombre participar más fácilmente en la vida de su comunidad, de su polis. El carlismo ha optado por esta segunda solución. Y es lo que el carlismo presenta con su concepción de autogestión global dentro de un Estado socialista federal.

Si el carlismo habla de autogestión global, es porque cree que el concepto de autogestión o de gestión democrática de abajo arriba, debe aplicarse simultáneamente a la vida económica, a la vida ideológica y a la vida de los países o pueblos.

Autogestión en lo económico

Si partimos de la autogestión en lo económico, debemos empezar por la empresa. Creemos que la empresa del mañana debe de ser una república del trabajo. Es decir, la dirección de una empresa debe ser elegida por los trabajadores de la misma. El capital, evidentemente necesario en cualquier empresa, debe estar al servicio de esta república del trabajo, de esta empresa, para que no sean los trabajadores los servidores del capital, sino el capital el servidor del trabajo. De forma que el capital vuelva a ser lo que debe ser, una herramienta en manos de unos trabajadores. Esta concepción de la empresa de autogestión, permitirá resolver colectivamente a los trabajadores el dominio sobre su instrumento de producción. Lo mismo que el artesano dominaba su instrumento de producción individualmente, hoy en día el mundo del trabajo puede dominar colectivamente su instrumento de producción, puesto que las grandes unidades imponen la unión de muchos, en un proceso productivo, para realizar un trabajo creador.

Pero la autogestión en la empresa debe estar orientada, además hacia las necesidades de toda la sociedad. Y si queremos que la sociedad y sus orientaciones partan de las decisiones de los trabajadores, es preciso utilizar un mecanismo federador de la voluntad de los trabajadores para proponer la gestión democrática de la economía, es decir, para proponer la planificación económica. Por ello considerarnos que el sindicato debe ser el instrumento que sirva para canalizar las propuestas de planificación económica del trabajador, desde el nivel local hasta el nivel de federación de los pueblos. El sindicato puede ser el conducto de análisis de las posibilidades económicas y de las propuestas que en cada nivel, provincial, regional, nacional, federal o mundial, podrá proponer soluciones a los estamentos políticos, de modo que, en cada uno de estos niveles, se pueda planificar la economía en función de las necesidades, de las posibilidades y de las metas alcanzables en el futuro. Este mecanismo sindical de planificación completa la autogestión económica, porque le da dimensión universal.

Autogestión de los pueblos o federalismo

Para realizar una sociedad democrática no basta la autogestión económica. Es preciso la autogestión de las nacionalidades, de los pueblos que, cada vez más, reclaman una libertad para poder crear, para poder desarrollarse según su propia inventiva. La federación de los pueblos es su autogestión comunitaria, es el poder unificador, pero unificador con libertad, que permitirá a cada pueblo, manteniendo su plena responsabilidad, ser co-creador de mayores unidades políticas. En efecto, el derecho a la autodeterminación de los pueblos, no es solamente el derecho a separarse es también el derecho a unirse. Además la realidad del mundo actual, el separatismo, en el sentido estricto de la palabra, no puede existir, salvo para pueblos que fuesen capaces de vivir en régimen de autarquía. Y no veo ejemplos de ellos, al menos que sean pueblos de tamaño continental. E incluso estos pueblos, como es el caso de la Unión Soviética, de China o de los EE UU, se muestran hoy incapaces de vivir en autarquía.

La concepción federal de la sociedades lo que nos hará posible realizar una sociedad democrática, porque permitirá al hombre integrarse en su comunidad local, en primer lugar, y, a través de ella, en su comunidad nacional y en su comunidad internacional, para llegar al final a realizar la comunidad mundial, solución indispensable si queremos establecer la justicia entre todos los pueblos del futuro.

Autogestión ideológica y partidos de masas

La autogestión ideológica, es decir, la independencia de la creación ideológica con respecto a las metas ideológicas que hoy existen en el mundo y que enfeudan o domestican las grandes corrientes actuales, es imprescindible si queremos llegar a una sociedad capaz de evolucionar a la velocidad de las necesidades democráticas de nuestro tiempo. Y esto por dos razones.

En primer lugar, al centralizar las interpretaciones ideológicas en un país o en un pueblo, se tiende a subordinar la problemática de esta ideología a los intereses o problemáticas concretas de esos países o pueblos, que pretenden ser los verdaderos intérpretes de ese tipo de pensamiento. En segundo lugar, impone una rigidez en el pensamiento que va contra la libertad creadora del mismo pensamiento.

El pluralismo político o ideológico no es un mal necesario o inevitable. Es un bien. No sólo porque respeta la libertad de las personas sino, sobre todo, porque presenta constantemente a la sociedad con ideas otras materias de diálogo, otras visiones, que impiden la esclerosis. La ausencia de pluralismo tiende a frenar la evolución de los pueblos. Sin embargo, para que haya presentación de opciones ideológicas en el presente, libres de enfeudamiento centralista es también preciso que los partidos políticos dejen de ser simples máquinas electorales y se transformen, poco a poco, en comunidades políticas de afiliados, de partidarios o simpatizantes, de forma que la vida democrática interna de los partidos no se vea reducida a un voto cada X años. Es preciso que, además, sea permanente, dentro de los partidos y entre los partidos, el diálogo de los simpatizantes, partidarios o militantes. Así es como vemos la autogestión ideológica en el mundo moderno a través de los partidos de masas.

Conclusión

Este planteamiento, hecho para España, equivale a una verdadera revolución democrática. No porque en nuestro país llegar a la democracia es, de por sí, una verdadera revolución, sino porque dentro del mismo concepto de democracia actual o democracia formal, es plantear el problema de la participación como anterior y más importante que el problema de la simple elección.

Las grandes revoluciones políticas y pacíficas no se pueden realizar en un día, porque son proyectos de sociedad. Por ello, el Partido Carlista propone como instrumento que garantice la marcha de este proyecto con libertad, un sistema monárquico, pero de una monarquía elegida por el pueblo, cuya función esté determinada por el pueblo y cuyas metas estén fijadas por el pueblo. La monarquía, si no es garantía a largo plazo de una construcción de sociedad nueva, si no es garantía de revolución democrática en su perspectiva histórica, no tiene para nosotros sentido. Por ello el carlismo siempre ha presentado la monarquía como un poder político pactado, para garantizar, y esto es exclusiva función, el libre juego de las libertades democráticas. Pero volviendo al presente, la monarquía que representa el carlismo, ajena a pleitos dinásticos, debe ser también un instrumento para poder crear estas libertades, no solamente formales, no solamente individuales, sino comunitarias, logrando así libertades concretas que permitan transformar la democracia en participación responsable de todos los ciudadanos.

Sabemos que los ideales siempre son lejanos. Pero sirven de punto de referencia a fin de que los árboles no nos oculten el bosque. Permiten realizar una obra política creadora y coherente cara al futuro para alcanzar, lo más posible, los dos grandes valores humanos por los que lucha cualquier demócrata: la defensa simultánea de la justicia y de la libertad.

Sabemos también que, quizá, la libertad y la justicia sólo se pueden alcanzar paso a paso, que quizá sea una larga y difícil lucha para construir la democracia o simplemente, incluso para abrir los primeros cauces. Pero sabemos que todas las presas que se interponen en el cauce de la libertad, acaban un día cediendo a la presión constante del inmenso caudal de fuerza que representa para el hombre el luchar por la causa de la libertad.

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