La política y la guerra (1978)

El País

13/08/1978

María Teresa de Borbón Parma

Toda consideración acerca de ambos tiene que empezar «ritualmente» por la frase famosa de Clausewitz: «La guerra es la realización de la política, pero con otros medios.»Para intentar enjuiciar la situación actual hay que acudir a hitos históricos, intentando descubrir las proposiciones ideológicas subyacentes en el papel del militar en cada época. Y poder mejor enfocar la problemática actual.

Breve repaso histórico

Si en el antiguo régimen no hay dificultad alguna, dado el monismo político de la época (el rey decide sobre la guerra, según su política). la edad moderna plantea el tema de la ruptura de este monismo. El pluralismo político invade el campo de la guerra. Este «pluralismo bélico» dará paso al concepto de guerrilla: acción bélica motivada y protagonizada por el pueblo. Las guerras carlistas y la de la Independencia, por ejemplo, son probablemente, las primeras guerras de guerrillas de Europa, ya que el pueblo lucha por la consecución de fines políticos: la reconquista de los fueros y de las libertades políticas. Frente a esta problemática, el protagonismo militar en el campo político, el Estado moderno, nacido de la revolución burguesa. asustado por su posible significado popular toma sus medidas: elabora el esquema de la neutralidad de las fuerzas armadas. El Ejército debe repeler las agresiones externas; las fuerzas del orden, las «agresiones internas». Cada uno tiene así marcado su rol -su papel- y ambos garantizan el marco de todos, son también respetuosos de todos.

La proposición parece correcta y satisfactoria en primer lugar. Late en ella, sin embargo, un error de fondo que la praxis política evidencia.

La problemática de la neutralidad

La ausencia de compromiso político no conduce al Ejército a la neutralidad, sino a la opción política colectiva.

En efecto, la democracia es un compromiso. Compromiso cultural con las propuestas fundamentales que encarnan los derechos civiles, políticos, individuales y colectivos. Compromiso estructural (el origen, el control del Ejército).

Las democracias formales son el teatro de las luchas de clases: su correcto funcionamiento puede hacer que se dirima, en parte, en las Cortes. Y lograr evolucionar al menos las estructuras socio-políticas.

Pero si no funciona así, las luchas de clase y su posible solución parcial rebasan el marco de las Cortes. Cuando esto ocurre, el Ejército no garantiza el marco constitucional, sino que se vuelca hacia el bando que se corresponde con su extracción y cultura: estamos ante una guerra civil. Es exactamente lo que pasó en España hace cuarenta años (y más recientemente en Chile).

Régimen autoritario

Con la conclusión de la guerra civil entramos en el planteamiento de un Estado moderno totalitario de corte militarista: el Ejército ocupa prácticamente todos los terrenos. también el de la psique colectiva. Es guardián de un orden ideológico configurado por un esquema maniqueísta.

Ocupa además un orden aparte en esta psiquis. El orden emocional. Este tipo de sociedad privada de los instrumentos de clarificación ideológica deriva hacia la irracíonalidad.

Su recurso será la emocionalidad burda, la catarsis colectiva a la que las características militares -entrega, simplicidad, heroísmo, ausencia de criterio propio- se prestan. Se trata de una trampa peligrosa para el Ejército y para. la sociedad. A este propósito dice el polemólogo Bouthoul: «La guerra es un fin que se disfraza de medio.»

La restauración de la democracia

Con la restauración de la democracia, nuestra alternativa actual, entramos de nuevo en la problemática del Estado moderno burgués. Con supuestos bien distintos a los del 31. La definición proporcionada por la Constitución especifica que la misión de las Fuerzas Armadas es garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y ordenamiento constitucional».

Problemática exterior e interior

El progreso es inmenso de cara a la anterior problemática. Sin embargo.’aún no está dirimido el problema del compromiso político del Ejército.

El peligro de su utilización política se da desde el supuesto de la integración en alianzas militares permanentes. Sin pronunciarse ahora sobre el fondo de la cuestión, no cabe duda que éstas forman un sistema completo con su correspondiente enfoque ideológico.

Sistema dominado en el campo atlántico por el axioma: seguridad igual a prosperidad. Con la necesaria «comunión» dentro de los bloques enfrentados corremos el peligro de la reinserción del maniqueísmo.

Los especialistas de Medellín han resumido así la DSN (Doctrina de la Seguridad Nacional):

– Nacionalismo occidental como imperativo.

– Poder militar definidor de una estrategia nacional en caso de guerra.

– Y por fin: estamos en guerra (guerra fría encubierta), lo que justifica el empleo de cualquier arma aun a costa de la destrucción colectiva.

La democracia es un régimen en tensión hacia una continua superación de sus presupuestos, en aras de la libertad. Si no es así, se degrada. En el caso actual, esta degradación o retroceso para significar aun una involución violenta; o una involución solapada, de desmovilización política de la sociedad, tachándose todo intento en este sentido de «desorden» («desorden constitucional »: el Ejército y las fuerzas de orden público se presentan como la garantía de que esto no ocurra).

Enfoque positivo

¿Cómo se puede subsanar esta problemática? Por la reinserción del compromiso político. Por una «cultura militar comprometida», en primer lugar. Hay que preguntarse: ¿Qué es lo que hay que defender?

Unos mitos, o los principios de libertad, justicia y respeto de la vida, fundamentos de nuestra cultura y los pueblos que son los soportes.

Reinserción del compromiso político por parte de los mismos militares, para politizar en sentido plural un ejército aún ignorante en esta materia y solamente atento al orden vigente.

Para que estos valores y la dinámica democrática que representan penetre en el seno de las Fuerzas Armadas es importante la afiliación política de los militares. No es, en ningún momento, obstáculo, al contrario, a la independencia del Ejército. Como ha escrito J. M. de Zavala: «El militar profesional debe formarse políticamente, debe optar por una ideología concreta, pues de lo contrario será un hombre marginado e irresponsable… La unidad institucional del Ejército estará más garantizada cuanto mayor sea la libertad de que gocen sus miembros, pues esta unidad será más racional.» (José María Zavala: Las reformas urgentes.)

Así se sumará a la tarea democratizadora en su tensión progresista.

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