Carta de Don Javier a Vicente Enrique y Tarancón (1974)

Por entonces el cardenal Vicente Enrique y Tarancón era Arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española.

Eminencia:

Siempre ha sido costumbre de los Reyes carlistas exponer ante la opinión pública el testimonio de su sentir personal así como del pueblo carlista sobre todos aquellos problemas que de alguna forma puedan afectar al desenvolvimiento de la sociedad española.

En las circunstancias actuales, me veo en la obligación de hacerlo para expresar públicamente nuestra opinión y crítica al papel y responsabilidad de la jerarquía de la Iglesia Católica en España. El Carlismo es un grupo político consciente de que la influencia de la Iglesia en la sociedad puede determinar actividades de compromiso y coacciones que conduzcan a posiciones políticas que no corresponden al verdadero desarrollo de la libertad de los hombres.

Aunque el Carlismo esté compuesto en su totalidad por católicos, no es confesional. Por esta razón no está el Carlismo comprometido con las opciones temporales y la dinámica sociopolítica de la Iglesia jerárquica española, sino más bien al contrario, al considerar que éstas no responden a un verdadero sentir cristiano, exigimos de la Iglesia una posición clara que evite la confusión en que tiene inmersos a los cristianos por sus constantes contradicciones.

Nuestra postura crítica ante la ambigüedad de la Iglesia jerárquica católica en España se basa en los datos y hechos expuestos en el informe que adjunto. Este informe, una vez sea conocido por dicha jerarquía, será ampliamente difundido para que sea conocida la actitud o línea que el Carlismo adopta ante la actitud dinámica de la Iglesia Católica en España, orientada por su jerarquía.

En definitiva, de dicho informe puede deducirse claramente que el Carlismo no acepta la posición ambigua de la Iglesia jerárquica en España porque la considera un testimonio de colaboración con el sistema y un enfeudamiento que le priva de su libertad e independencia, atentando, por tanto, contra la libertad religiosa de los hombres. Esta contradicción en su día pudo tener graves consecuencias, cuando el Partido Carlista, obligado por las circunstancias, vio sus sacrificios utilizados luego, tanto por ciertas oligarquías económicas para defender sus intereses de clase, como por la jerarquía eclesiástica para mantener sus intereses de poder o privilegios, sosteniendo ambos el Régimen totalitario. El Partido Carlista, entonces, aunque perseguido por oponerse a este Régimen y yo mismo desterrado, apareció a muchos como si estuviera comprometido con las posturas políticas de las oligarquías económicas y sociales, es decir, como si estuviera en el campo de los que siempre fueron sus enemigos históricos. Esto, que era contrario a su propia naturaleza, no queremos que hoy se reproduzca, y por ello, nos vemos precisados a denunciarlo.

La causa principal de esta denuncia, que hasta hoy nos habíamos resistido a hacer pública, es el hecho de que la Iglesia jerárquica queda implicada, en un sentido u otro, en todas las maniobras políticas del Régimen. Lo que, además de afectar a los principios de libertad en que el Carlismo tiene basada su doctrina, ataca a los principios de la propia Iglesia y del Cristianismo.

En estos momentos queda más patente esta denuncia por la descarada política del acercamiento y de sumisión al poder establecido que está realizando en estos momentos la jerarquía de la Iglesia evidenciando que es motivada por los últimos acontecimientos, bien por miedo a sufrir represalias directamente sobre ella, bien por mantener una convivencia tolerante que les permita ejercer su apostolado sin obstáculos. Vemos esta sumisión incluso cuando algunos obispos individualmente tienen una actitud de cierta dignidad y dan cierto testimonio de defensa de las personas y de las comunidades. Estos hombres aportan una esperanza para el futuro pero esto no cambia nuestro análisis sobre la responsabilidad moral de la jerarquía de la Iglesia.

Creemos que sería una gran alivio para muchos cristianos una clara separación de estos dos órdenes que son la Iglesia y el Estado. También, tenemos la seguridad de que encontraríamos un profundo eco en los no cristianos.

Desearíamos ver una Iglesia, institución religiosa, profundamente comprometida con los problemas de todos los hombres, pero no con los poderes políticos establecidos.

Capaz, por tanto, de criticar libremente a estos poderes, tanto en sus principios como en sus abusos. Capaz de hablar a todos los hombres de toda ideología, estén o no en la legalidad vigente.

Para que esta crítica no quede en un simple acto de denuncia, que pueda crear confusión, he dado instrucciones a los dirigentes del Carlismo para que, al presentar dicho informe a la jerarquía o a las personas responsables de la Iglesia, se inicie un amplio diálogo para alcanzar conceptos y posturas, aportando soluciones que puedan abrir un proceso de entendimiento de paz y de justicia dentro de la sociedad española.

Con la expresión del más profundo respeto y en la seguridad de que prestamos un servicio a la causa de Dios, le saluda,

Francisco Javier de Borbón Parma

En el destierro, a diez de marzo, fiesta de los Mártires de la Tradición, de mi novecientos setenta y cuatro.

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