1951. Una visita Real: Manises, capital del legitimismo (2018)

Manises. 1951. De izquierda a derecha; Miguel Martínez, Miguel Montaner Nadal, Sara Peris, VIcente Valero, don Javier de Borbón Parma, doña Francisca de Borbón.

Horta Noticias

06/03/1918

Vicent Morellà Fuset

Con independencia de lo que pudiera hacer el ejército, decenas de miles de carlistas estaban dispuestos a tomar las armas en 1936 como habían hecho sus antepasados cien años antes. Prácticamente agonizante al producirse el advenimiento de la República, el derrumbamiento de la dinastía liberal y la persecución religiosa desatada por el nuevo régimen, hicieron que el carlismo tomara fuerza y que una vez más, los boinas rojas se alzasen en defensa de Dios, la Patria y el Rey.

En una Europa en que se enfrentaban las viejas democracias frente a los nuevos totalitarismos, el carlismo, la más anciana de las fuerzas políticas del viejo continente, se lanzó a su última contienda con el mismo entusiasmo que la primera vez. Paradójicamente, tras haber sobrevivido a numerosas derrotas no logró hacerlo a su teórica victoria. El estado totalitarista, estatista y fascistizado que había creado el Régimen de Franco iba contra las directrices ideológicos del Carlismo sobre la creación del nuevo estado, pues defendían la realización de un estado tradicional, católico, monárquico, foral y subsidiario. La ideología carlista no era una vuelta al Antiguo Régimen, sino una política de defensa de la Cristiandad, del legitimismo monárquico, ya que consideran a su rey como el legítimo, del principio de subsidiariedad, materializado en las palabras del teórico tradicionalista Vázquez de Mella de:” Más sociedad y menos estado”, y del concepto foral de España

Por ello, nada más terminar la Guerra Civil, Fal Conde, Jefe delegado de la Comunión Tradicionalista, y don Javier, Príncipe Regente legítimo, adoptaron la táctica de oposición, resistencia y ataque al régimen franquista. Quienes aceptaron cargos en el Partido Único fueron expulsados de la Comunión y tachados de traidores.

Una vez recuperado de las heridas sufridas en el campo de exterminio de Dachau, don Javier reasumió inmediatamente la dirección de la Comunión junto con Fal Conde. Rápidamente escribió dos manifiestos: “A mis queridos Requetés y carlistas” y “Manifiesto a los españoles” donde denunciaba la política de corte totalitarista de Franco y las injusticas que cometía el Régimen. La única solución era la instauración de la Monarquía católica, tradicional, social y verdaderamente representativa.

Los carlistas vieron necesario finalizar con la Regencia. Surgió la publicación del libro ¿Quién es el rey? de Fernando Polo que dejaba perfectamente claro en que persona recaía la legitimidad monárquica, que no era otro que en la figura de don Javier. A su vez, Fal Conde en el Consejo Nacional de la Tradición celebrado en 1949, recalcó la idea anteriormente dicha: el Regente debe de aceptar el trono.

Aunque el año anterior, el 26 de junio, don Javier había reafirmado su fidelidad a los fueros vascos en un nuevo acto público celebrado en Guernica, fue en 1951 cuando se reincorporó en persona a la nueva fase de actividad del movimiento legitimista. Lo hizo, junto con su mujer y su hija mayor realizando un viaje por España donde se incluyó el territorio valenciano y la visita de poblaciones como Manises, l’Alcúdia, Sueca, Gandía, Alberic y Torrent entre otras localidades.

La crónica del acto, recogida en el libro Crónica del viaje a Valencia S.A.R. el Príncipe Regente D. Francisco de Borbón y Braganza. 25-28. Noviembre de 1951, dice lo siguiente:

El 28 de noviembre fue el tercero y último día de la estancia de SS.AA. en Valencia (…). En este tercer día se había proyectado una visita a Manises por la mañana. La misa del día 28 se celebró en la Capilla de las Reliquias del Real Colegio del Corpus Christi: Misa de Comunión, en la que con la ejemplar devoción de siempre, comulgaron SS.AA. y la mayoría de los asistentes. Terminado el Santo Sacrificio esperaban los coches para iniciar la salida hacia Manises.

La bella población, tan conocida por la fama de su tradicional y típica industria cerámica, alberga una gran masa de carlistas que esperaban impacientes la llegada de SS.AA. Sobre las diez de la mañana llegaba a Manises la comitiva regia, y tras comprobar una vez más el entusiasmo popular en las calles y en las plazas, SS.AA. pasaron al domicilio del jefe local: el señor Muntaner, en el que se les obsequió con un espléndido desayuno, al final del cual los carlistas de Manises ofrecieron a Sus Altezas unos soberbios estuches forrados de damasco que contenían dos platos de cerámica de reflejos metálicos, tan tradicional en la artesanía del lugar, en los que aparecían el escudo carlista en el centro sobre un fondo de águilas imperiales, y todo ello orlado con la inscripción:” A S.M.C. el rey Don Francisco Javier Carlos de Borbón”.

La magnificencia del obsequio y su espléndida presentación causaron la admiración de cuantos lo contemplaron, y Sus Altezas mostraron su profundo agradecimiento, elogiando la tradición artística de Manises. Terminado el desayuno se dirigieron Sus Altezas a visitar varias fábricas de cerámica de la localidad, en donde admiraron todo el proceso de fabricación de las famosas cerámicas y el arte inimitable con que los artesanos del país, siguiendo una tradición antiquísima, hacen gala de su facilidad decorativa.

Entre todas, cautivó extraordinariamente el interés de SS.AA la visita al taller del señor Gimeno, el más fiel continuador de la estirpe de ceramistas de Manises, artesano en el más puro y bello sentido de la palabra. SS.AA. admiraron la magnífica colección de obras de Gimeno, y la Princesa mostró especial interés por un retablo de cerámica representando la Anunciación de Nuestra Señora, de clásico estilo. El señor Gimeno, tras explicar a Sus Altezas el procedimiento de fabricación, tuvo la gentileza de ofrecerle como recuerdo de su visita el retablo de la Anunciación que tanto había admirado la Princesa, agradeciendo ésta con enorme complacencia joya de tanto aprecio. Seguidamente, y entre los aplausos de la muchedumbre, SS.AA. salieron hacía Gandía”.

La relación de los carlistas valencianos con don Javier siempre tuvo un tinte especial, una singularidad que tenía mucho que ver con nuestro carácter. Dos factores esenciales la enmarcaron, dotándola de fluidez y confianza. La innata bondad de don Javier, su sencillez en el trato, su facilidad para aproximarse al pueblo carlista, su reconocida sensibilidad de un lado. De otro, las características del carlismo valenciano. Decía don Manuel Fal Conde que el carlismo valenciano se distinguió de los demás porque era todo corazón. Y todo corazón fue en las duras y en las maduras.

Don Javier visitó nuestro reino en 1951, dentro del viaje que realizó por diversas tierras de las Españas. Recorrió las tierras valencianas por primera, y única vez desgraciadamente, durante los días 25 a 28 de noviembre. Un acontecimiento que pese a las limitaciones impuestas por el Régimen, puede ser calificado de apoteósico. Un dato nos dará idea de lo que pudo haber sido aquel evento, si la cicatería gubernativa no lo hubiera impedido. Se acordó celebrar un banquete en la finca El pozo que la familia Puchades poseía en el término de Alberic autorizado sólo para doscientos comensales, pero sin restricción alguna para aquellos que sin serlo, quisieran acudir a saludar a don Javier. Pronto comenzaron a organizarse los desplazamientos, para los que cualquier medio era válido. Autobuses, camiones, coches particulares… aseguraban la presencia de centenares de carlistas. Señala la crónica del viaje que “como era de esperar, (…) quienes hace años habían organizado los funerales del Carlismo, no se avendrían a tolerar tal demostración de su renacida pujanza, quince mil carlistas se congregaron para aclamar a Dios, la Patria y el Rey”. No lo toleraron, claro. Se prohibieron los actos y el banquete se consintió sólo para cuarenta comensales.

Parecía un mal presagio. Y, sin embargo, se convirtió en feliz oportunidad para que afloraran las virtudes del carlismo valenciano. Don Javier encontró, en efecto, un carlismo que era todo corazón. En las localidades que figuraron en el programa, desde luego, pero también en otras no previstas para la ocasión, donde el fervor popular obligó a detenerse a la caravana. En todas pudo constatar el grado de adhesión y entusiasmo, con episodios de gran emotividad que reflejaban la auténtica dimensión de la fidelidad a la Causa y de amor a su legítimo representante. Como en Torrente donde una margarita (mujer carlista) saludó a don Javier con estas palabras: “Alteza, yo tenía un hijo Requeté que murió en la guerra”; y al tiempo que le besaba dos veces la mano, prosiguió: “este por , y este por mi hijo. Y si mil hijos tuviera, los mil se los daría a Su Alteza”. No fue un hecho aislado. En Valencia, un Requeté cuyo padre cayó mártir en la guerra, acudió a ver a don Javier con una fotografía del padre. “Alteza, mi padre no puede venir a besaros la mano, pero os traigo su retrato para que le echéis vuestra bendición”. Y el Príncipe, besando la fotografía del mártir carlista y abrazando a su hijo le dijo: “Hijo mío, nuestros muertos no mueren, porque están siempre con nosotros”.

Tales muestras de adhesión hicieron mella en el espíritu del Regente. El pueblo carlista pidió a don Javier que renunciase a la Regencia y aceptara la Realeza, que se cumplió al año siguiente en el Congreso Eucarístico de Barcelona.

Desaprovechada la oportunidad de oro que suponía el fin de la guerra mundial, el carlismo aun continuó intentando presionar para que se produjera un cambio de régimen más acorde con la nueva situación internacional. El acercamiento progresivo del régimen a las potencias occidentales debido a la guerra fría, sobre todo a EE.UU., ya había comenzado y no se detendría hasta alcanzar, sólo unos años más tarde los más altos grados de cooperación militar, obligando a todos los movimientos de oposición, incluido el carlismo, a replantear su estrategia. A partir de la denominación del Régimen bajo el título de monarquía católica, social, tradicional y representativa, la política de oposición llevada a cabo por Fal Conde fue sustituida por una de colaboración con la burocracia franquista.

Sin embargo, la batalla por la Corona ya tenía un ganador desde hacía tiempo: Juan Carlos, el caballo del Comisario. Todos los esfuerzos por Carlos Hugo (hijo de don Javier) iban a ser inútiles, especialmente a partir del giro ideológico de éste. Ésto junto con la progresiva descristianización de España, la lentitud de los cambios materiales en España, es decir, los procesos de lo que normalmente se llama “la modernización”, que llegó más tarde a España respecto al resto de Europa, el Decreto de unificación entre falangistas y carlistas de abril de 1937 y una victoria que no era la suya, consiguieron lo que no habían conseguido cien años de gobierno liberal: la desmovilización de las masas carlistas. (N. de la R. de este blog: Otros partidos que en el pasado también había sido confesionales como el PNV sin embargo supieron adaptarse a una sociedad secularizada, la crisis del carlismo durante el tardofranquismo es bastante más compleja)

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