Manises por Don Carlos (2018)

Horta Noticias

08/10/2018

Vicent Morellà Fuset

Mientras quede un brazo que mueva una honda,

mientras queden piedras en los pedregales,

mientras tenga ramas esta vieja fronda

donde cortar picas para tus zagales,

mientras en tu pró se mueva una lanza,

Rey, para tu gloria hay una esperanza.

Ramón del Valle-Inclán (1866-1936) en Voces de gesta (1911).

Estos versos de Valle-Inclan hace referencia al movimiento político más antiguo de toda Europa: el carlismo. Por ello, la historia contemporánea de España no se puede explicar sin su aparición, auge, declive y supervivencia. Nombres como Zumalacárregui, Ramón Cabrera, Aparisi y Guijarro, Cucala, Carlos VII, los Requetés o Montejurra han quedado en la memoria colectiva de todos los españoles y en nuestro folclore. Y al nombrarlos, evocamos a los Boinas Rojas; aquellos Voluntarios que dieron sus vidas y haciendas por la instauración de una monarquía católica, foral, social, tradicional y verdaderamente representativa.

Sus orígenes se encuentran en los primeros años del siglo XIX, periodo conocido como “pre-carlismo” según Melchor Ferrer (historiador tradicionalista del siglo pasado), concretamente durante la guerra de la Independencia, pues será a partir de 1812, con la promulgación de la Constitución de Cádiz cuando empezó todo un proceso político, social y económico que culminará con la implantación del liberalismo en España. Pero, al mismo tiempo también se estaban sentando las bases del carlismo.

Fue durante este periodo de 4 años donde se produjeron dos hechos fundamentales para la historia del tradicionalismo español. En primer lugar, por la realización del Manifiesto de los persas, considerado como documento donde se hallaban incoados los principios ideológicos y teóricos del carlismo. Y en segundo lugar, porque esta guerra fue un verdadero banderín de enganche para el carlismo, convirtiendo al movimiento político más antiguo de toda Europa en un movimiento popular; pues en 1833 los liberales se identificarían ideológicamente con los invasores franceses; mientras que los partidarios de don Carlos se identificarían con los patriotas españoles de 1808., de ahí que tras la muerte de Fernando VII más de la mitad de los españoles se alzasen contra el régimen liberal.

Inestabilidad. Este adjetivo es el mejor calificativo que se podría dar a la etapa comprendida entre 1812 y 1833. Gobiernos liberales y absolutistas se sucedían con una facilidad pasmosa. El cambio de sistema siempre obedecía al mismo esquema: un general al mando de una guarnición se sublevaba en una guarnición. El destino final podía variar. En el mejor de los casos, su ejemplo podía ser seguido por más guarniciones, provocando que el Fernando VII jurase la Constitución o la derogase. En el peor de los escenarios, el oficial junto a su tropa fuesen juzgados por rebelión militar para posteriormente ser fusilados.

Todo cambió en 1830, al tener Fernando VII su hija Isabel. Según las leyes borbónicas, si el rey no tenía hijos debía sucederle su hermano, en este caso el Infante Don Carlos María Isidro de Borbón, pero Fernando VII aprobó de forma dudosa la Pragmática Sanción por la cual le sucedería su hija.

Don Carlos no acató la voluntad de su hermano y al morir éste desencadenó una guerra civil en que los defensores de Isabel buscaron el apoyo de los liberales. El resultado fue que la causa de la reina terminó relacionándose con el liberalismo, el capitalismo y la burguesía; mientras que Don Carlos obtuvo el respaldo de las clases populares, que veían en él a un ferviente defensor de las instituciones del Antiguo Régimen, como los Gremios, que eran un instrumento de defensa de sus intereses frente al capitalismo salvaje e inhumano. Una prueba del elemento popular del carlismo, fue la adopción de la boina, elemento utilizado por los trabajadores, dentro del uniforme carlista.

Durante el tiempo que duró esta primera guerra carlista (1833-1840) solamente, podemos contabilizar la participación de tres vecinos nuestros en las filas de Don Carlos. Sin embargo, eso no significa que la facción tradicionalista solo estuviese compuestas por aquellos que tomaron las armas; pues tal y como indica una nota del ayuntamiento de Alzira de estos años: “Aunque como todos los pueblos cuenta este muchos enemigos de la libertad, no son de los que toman las armas en favor del pretendiente”.

La derrota de los carlistas en 1840 no trajo su disolución; y el nieto de don Carlos trajo nuevas energías a la causa legitimista, especialmente tras la caída de Isabel II en 1868. El nuevo pretendiente era conocido como Carlos VII y pronto las casas españolas se llenaron de retratos suyos. La mejor descripción de don Carlos la dio don Manuel Polo y Peyrolón, diputado por el Partido Carlista entre finales del siglo XIX y principios del XX: “lo primero que impresiona al que ve por primera vez a D. Carlos es su elevada estatura, constitución vigorosa y juventud no pensada. Todos se sienten pequeños a su lado. Inundadas están Europa, América y sobre todo España de retratos suyos , por lo que nada  hemos de decir de sus facciones nobilísimas, frente despejada, negro y abundante cabello, nariz sin el sello borbónico, aspecto bondadoso y sonriente, gravedad majestuosa y corte militar, señoril y caballeresco (…). Brillan en sus ojos la inteligencia y el Imperio. España está siempre presente en su mente”.

Considerado el prototipo de rey romántico: luchó contra Amadeo I de Saboya, contra la I República, contra Serrano y contra Alfonso XII.; y al igual que su tío y abuelo, también estuvo personalmente en el teatro de operaciones, concretamente en la franja norte peninsular donde creó un “reino” con capitalidad en Estella regido por las leyes carlistas; sin embargo su “vida” no duró más que unos pocos años.

El otro foco bélico estuvo en la zona levantina (Cataluña, Valencia y Cuenca) donde contó con la presencia activa del hermano de don Carlos: Alfonso Carlos, futuro pretendiente tras la muerte sin hijos de don Jaime.

El 28 de febrero de 1876, se daba por finalizada la tercera guerra carlista cuando el Duque de Madrid pasaba la frontera francesa por Valcarlos; lugar donde dijo su famoso “volveré”. Sin embargo, ni él, ni su hijo don Jaime, ni ningún otro pretendiente carlista pudieron retornar a España para salvarla según sus “Principios”

Tras la derrota en 1876, y pese a contar con destacados líderes como Vázquez de Mella y el Marques de Cerralbo, el Carlismo entró en una espiral de deserciones y escisiones, como la mellista y la integrista, que hacían presagiar un no muy lejano fin. Además, a estas crisis internas, se sumaron la aparición y consolidación de ideologías opuestas como el socialismo, el anarquismo o el blasquismo que también debilitaron al movimiento legitimista restándole apoyos populares.

Carlos VII murió el 18 de julio de 1909 y el pueblo carlista, como no podía ser de otra manera, lloró desconsoladamente su pérdida. Rápidamente, se celebraron misas en todos los pueblos de España por su alma. También nuestro pueblo, tal y como afirma Manuel Polo y Peyrolón en el libro D. Carlos de Borbón y de Austria-Este. Su vida, su carácter y su muerte. “La Tradición vasca asegura que no hay una sola parroquia en Vizcaya que no haya dedicado valiosos sufragios al Augusto Difunto, pero no puede publicar las reseñas que diariamente recibe; los periódicos catalanes nada dicen de los numerosos sufragios y exsequias dedicados al Extinto en el resto de España, porque les falta espacio y tiempo para relatar los celebrados dentro de su región; seguramente Navarra han subido al cielo las oraciones por don Carlos como casas existen en aquel nobilísimo solar; sólo en Lerín con velas encendidas subieron al altar 350 hombres en el acto de la ofrenda; pudiera decir lo mismo de la región valenciana con sus funerales nunca vistos en Castellón, Alicante, Gandía, Segorbe, Villareal, Alcoy, Manuel, Manises, Masarrochos, Mislata, Alfara del Patriarca, Puebla de Vallbona, Alcudia de Carlet, Algemesí, Burriana…

Le sucedió su hijo don Jaime; cuyos partidarios serían conocidos como “jaimistas”. Su principal aportación fue la actualización de la doctrina carlista en el aspecto social; de ahí que fuese la única organización capaz de crear un sindicato de trabajadores de inspiración y praxis cristiana, los sindicatos libres, que no creyera en la lucha de clases y cuyo ejemplo, uno de muchos, lo tenemos en nuestro pueblo; lugar donde se creó el sindicato de trabajadores La protección. (N. de la R. de este blog: los sindicatos carlistas a diferencia de otros sindicatos católicos no eran amarillos sino sindicatos de clase según el modelo del sindicalismo católico europeo)

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