El príncipe minero visita el Cap i Casal (2019)

Horta Noticias

22/07/2019

Vicent Morellà Fuset

“La monarquía debe saber conjugar la Libertad, la Autoridad, el Capital y el Trabajo, o debe renunciar por incapaz. La Monarquía no nos interesa por sí misma, sino solo como solución al problema de hoy. Como dijo mi Padre: Han pasado los tiempos en que los Reyes solamente lo eran por ser hijos de sus padres. Hoy los Reyes tienen que ganar con su esfuerzo, con su trabajo al servicio de la sociedad, la realeza que heredaron”. Carlos – Hugo de Borbón Parma (Montejurra 1958)

El primero de abril de 1939, el Carlismo se encontraba por primera vez, en su dilatada historia, en el terreno vencedor. Sin embargo, no era una victoria «única»; sino compartida por toda una serie de fuerzas políticas (falangistas, monárquicos liberales, conservadores…) que poco o nada tenían que ver con el Tradicionalismo “por la naturaleza irreconciliable de los ideales: totalitarios unos y de libertades orgánicas otras”.[1]

Incluso, en la teoría, la Comunión Tradicionalista había desaparecido al fusionarse en abril de 1937 con Falange Española de las JONS, dando lugar a FET y de las JONS. La situación política internacional fue una de las claves en el marginamiento político carlista ya que desde los primeros compases de la Cruzada, Franco obtuvo el respaldo económico, militar y político de la Italia fascista y de la Alemania nazi; por tanto era lógico que el predominio político lo acaparase el único movimiento similar a las camisas negras y pardas: las azules de Falange Española de las JONS.

La consecuencia más inmediata fue el aislamiento político y persecución al que sometió Franco a los carlistas, al otorgar el protagonismo político a los falangistas. Incluso, el Caudillo reprimió al Carlismo a toda una serie de multas, destierros, exilios… con la intención de eliminarles como fuerza política[2].

Los casos más llamativos serían los de Sara Peris (margarita de Burriana) y Juan Vanaclocha (médico de Carlet). Por ello, quedaba claro que en la teoría, estaban en el equipo vencedor; pero en la práctica se situaban en el terreno de los perdedores: «Ganamos la guerra; pero perdimos la paz» fue el resumen de la situación de los carlistas tras la finalización de la contienda

Don Manuel de Santa Cruz expresa el sentimiento de los carlistas y de los Requetés nada más terminar la contienda fratricida en los siguientes términos: “El régimen de Franco había superado con creces a la II República en sus ataques contra el carlismo. Los gobiernos republicanos hostigaron su existencia con limitaciones y golpes accidentales como multas, clausura de locales, censura de publicaciones… En cambio, el ataque de Franco a la Comunión Tradicionalista fue esencial: le negó directamente su ser. Las heridas de la República eran sanables; las de Franco no”. [3]

Sin embargo, la represión franquista y las multas impuestas por el Régimen no fueron los únicos motivos del frágil momento que atravesaba el movimiento político más antiguo de toda Europa. Junto a los miles de mártires en los campos de batalla y en la retaguardia republicana, a la Comunión Tradicionalista le sobrevino un problema crucial para las siguientes décadas: la cuestión dinástica.

En 1931, Jaime III moría sin descendencia en París. Le sucedió su tío octogenario don Alfonso Carlos (hermano de su padre don Carlos VII y veterano de la tercera guerra carlista 1872-1876) y al igual que su sobrino tampoco tenía hijos. Sí que es verdad que hubieron diversos propósitos de unificar las dos ramas en beneficio del liberal pero siempre bajo los ideales tradicionalistas del Dios, Patria y Rey. El último intento se produjo durante el reinado de Jaime III y el exilio en suelo extranjero del denostado Alfonso XIII. Pero, el repentino fallecimiento del pretendiente jaimista frustró la operación de fusión de ambas ramas bajo la persona de don Juan de Borbón.[4]

Para solucionar esta encrucijada, don Alfonso Carlos llevó a cabo la creación de una Regencia bajo la personalidad de su sobrino don Francisco Javier. Sin la creación de dicha Regencia y según el punto de vista de la sucesión automática de la sangre, el trono recaía en la persona de don Juan de Borbón, es decir, la rama liberal. Esto para los carlistas era una traición a sus miles de muertos y mártires y un contrasentido, pues durante un siglo los carlistas se habían batido en combate con sus rivales dinásticos.

Sin embargo, las tortuosas leyes de sucesión carlista, según las cuales el rey debe tener la legitimidad de origen, esto es que debe ser un Borbon, y la de ejercicio, que significa que en la práctica el rey debe seguir los principios tradicionalistas, fueron interpretados de manera muy relativa; por lo que tras la muerte de don Alfonso Carlos, las tres ramas borbónicas quisieron hacer valer sus “teóricos” derechos al trono carlista. La rama Alfonsina basaba sus derechos en la misma interpretación de la ley sálica que los carlistas argumentaron en 1833 para excluir a Isabel II.  Dando por buena la validez de la pretensión carlista, éste revertía, al extinguirse la línea masculina carlista en los descendientes directos de Francisco de Paula, el hermano menor de Carlos V y Fernando VII.  Al casarse, el primogénito, Francisco de Asís, con Isabel II, sus descendientes no eran otros que los hijos de Alfonso XII.

Las críticas recibidas por el pueblo carlista fue que no poseían ni la legitimidad de origen, porque defendían el parentesco paternofilial de Alfonso XII con Puigmoltó, ni la de ejercicio,  ya que habían ejercido una política liberal capitalista. Sin embargo, Isabel II nunca reconoció como padre de su hijo a Puigmoltó. Además, el problema de la legitimidad de ejercicio se hubiera podido solucionar con la jura de los principios tradicionalistas por Alfonso XIII y sus descendientes.

Los seguidores del periódico El Cruzado Español y unos pocos fieles carlistas como Lizarza argumentaban la aplicación de la ley semisálica, según la cual, las mujer podían optar al trono siempre y cuando no hubiera un hombre por vía directa. Por tanto, al morir Alfonso Carlos se consideraba que la pretensión carlista pasaba a través de su sobrina doña Blanca, a los hijos de ésta por el archiduque Leopoldo de Habsburgo-Toscana. Por ello, el hijo más joven de doña Blanca fue proclamado como Carlos VIII por los cruzadistas, Pero, su temprana muerte y las especulaciones sobre una supuesta financiación por parte del Movimiento debilitaron sus opciones; y finalmente la mayoría de los carloctavistas volvieron a la Comunión Tradicionalista tras su repentino fallecimiento en 1952 [N. de la R.: 1953].

La solución al problema dinástico todavía no había sido solucionada en 1952. Los 16 años de retraso tras la muerte del último rey legítimo, venían dadas en primer lugar por la guerra civil; en segundo lugar por el encarcelamiento del Regente en el campo de exterminio de Dachau. Y en tercer lugar, por el sentimiento de pertenencia a Francia de los Borbón Parma. Javier Lavardín en El último pretendiente nos ofrece la siguiente “anécdota” sobre la personalidad de don Javier: ¿Cuál es el vivir personal y cómo participa en la realidad española, el príncipe don Javier? Ya en 1937, en las jornadas que monárquicos franceses celebraron en la Vendée el 5 de septiembre, Don Javier actúa como pretendiente al trono de Francia, y en la misma posición comparece en las jornadas celebradas el 20 de agosto de 1961. En la introducción al libro del que es autor: La republique de tout le monde, dice don Javier: No es un pretendiente que se revela. Es un francés que habla a franceses. Un francés de esa familia de los Capetos, tan profundamente ligada a la patria que se llama la Casa de Francia. Hijo de reyes que han hecho Francia con la cooperación de todos los franceses, no he aceptado jamás la derrota que destruía en mi patria la obra de mis padres y de los suyos. Además, la circular publicada con ocasión del referéndum convocado en Francia en el mes de septiembre de 1958 presenta a don Javier como Príncipe de la Casa de Francia, tan ligado a la tradición nacional que ha dado a su hijo primogénito el nombre de Hugo, que no había sido llevado en la familia desde Hugo Capeto”[5]

Por ello, la Comunión Tradicionalista no estaba firmemente unida. Un sector minoritario de la Comunión, encabezado por José María Arauz de Robles y Rafael Olázabal eran partidarios de la unión dinástica con el Conde de Barcelona. ¿Lo habrían aceptado las masas carlistas? Seguramente, no. Otros, como José María Valiente y Juan Saenz Díez propugnaban una política más activa para evitar el hundimiento de la Comunión. Por último, Manuel Fal Conde y la gran masa carlista eran partidarios de don Javier de Borbón Parma.

Sin embargo, en 1952 don Javier de Borbón Parma todavía no había dado el paso para hacer efectiva el paso de la Regencia al “reinado efectivo”. Un partido monárquico sin rey lleva una vida difícil y más cuando el pueblo carlista es un pueblo esencialmente monárquico. por ello, la mayoría de sus dirigentes obligaron a don Javier, en el congreso eucarístico celebrado en 1952 en Barcelona, a aceptar el Trono; finalizando de ese modo la Regencia. Éste, no tuvo más remedio que aceptar; aunque con muchas vacilaciones y titubeos, llegando incluso a desdecirse de su proclamación en Barcelona y aceptando incluso la legitimidad de la rama alfonsina. Además, la entrevista mantenida entre Franco y don Juan en la finca extremeña de Las Cabezas en 1954 no hizo sino aumentar las dudas en el futuro del carlismo; ya que fue interpretado dicha reunión como un paso más en la instauración de la dinastía rival.

Los dos años siguientes fueron clave en el resurgir de la Comunión y de los Borbón Parma hasta la década de los 70. En 1955, los “jóvenes” ante la inactividad de los “mayores” decidieron llevar la iniciativa política e ideológica de la Comunión. Para ello, aprovecharon el cambio de la coyuntura internacional; gracias al inicio de la Guerra Fría y a la política colaboracionista con el Régimen tras su definición de modelo de estado como: Monarquía, social, católica, tradicional y verdaderamente representativa, unos supuestos que coincidía con aquello que defendía el Tradicionalismo.

Los protagonistas de ese cambio fueron los jóvenes estudiantes del carlismo, agrupados bajo la Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas, a solucionar este conflicto con la proclamación del hijo de don Javier: Carlos Hugo (hasta ese entonces se llamaba Hugo y más tarde se le añadió el nombre de Carlos en un intento por españolizarle) como Príncipe de Asturias. Esta nueva generación de carlistas era muy diferente a la anterior; porque no habían conocido no ya los ataques de la República a la Religión católica ni tampoco los incidentes con anarquistas, socialistas y comunistas, ni tan siquiera la Cruzada; sino que su día a día eran las persecuciones del Régimen a la Comunión Tradicionalista en forma de multas, prisiones y destierros.

1957. La metamorfosis

Los jóvenes carlistas universitarios, agrupados bajo la Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas (A.E.T.), ante la inactividad de “los mayores”, decidieron dar un paso al frente y en ese mismo año publicaron la hoja informativa “Monarquía del Pueblo”. En él, analizaban no solamente los 20 años del Régimen de Franco, sino que también se atrevían a  criticar las dificultades que atravesaba el pueblo español: carestía, inflación, monopolios…. También analizaban la cuestión dinástica. El pueblo carlista, fundamentalmente monárquico, no podía pasar más tiempo dubitativo en torno al rey. Querían una solución. Este grupo de jóvenes, liderados por personas como Ramón Massó, Pérez España, José Antonio Parrilla, Echevarría, el valenciano Ortí Bordas…, decidieron presentar al hijo primogénito de don Javier: Carlos Hugo (hasta hacía poco se le conocía con el nombre de Hugo; pero que en el intento de españolizarle se le añadió Carlos) en Montejurra[6] para finalizar la cuestión dinástica. Así lo cuenta el propio Carlos Hugo en sus memorias: “Pedro Echevarría vino a verme a  Oxford. Creo que fue hacia el año 1955. Pedro es un hombre enormemente vivo, inteligente, y me gustaron mucho sus ideas y las de los jóvenes carlistas que representaba. Veían en el carlismo, que había que renovar totalmente, una solución de futuro para España. La visión que ellos tenían de la sociedad de la época era la que yo tenía”.[7]

Si Javier no quería, o al menos eso parecía, ser rey de las Españas había que presentar a su hijo como el Príncipe de Asturias. Y así se hizo. La cuestión dinástica había sido solucionado de manera magistral.  La lucha por la sucesión de Franco había empezado; y no terminaría hasta 1969.

A partir de ahora, Dinastía y Política debían de ir de la mano. Había que convertir al carlismo en una verdadera opción política. Por ello, había que actualizar la Doctrina y la Tradición, a pesar de que estos dos términos parecían opuestos. Sin embargo, esto ya había ocurrido con la Princesa de Beira, Carlos VII, Vazquez de Mella o Victor Pradera. Ahora, era necesario hacerlo otra vez. Se trataba de poner la doctrina al día. De no repetir insistentemente los nombres de Zumalacarregui o Carlos V. Pero no era una tarea fácil. Más cuando el carlista lo era, generalmente, más por sentimiento que por convencimiento, aunque también. Hacía del Tradicionalismo un modo de vida, una forma de ser; ante sus compañeros, amigos, familia… en el día a día, algo consustancial en su vida cotidiana. La persona carlista heredaba una historia desde cien años atrás; y la asumía no en el aspecto de aceptar tanto sus errores como sus aciertos; sino como si hubiera vivido en sus propias faces las gestas de Zumalacarregui, de Cabrera…  Como dice Ramón Massó: “Aquí, la historia –una historia popular, contradictoria, entrañable, familiar, íntima- no era ajeno. Era maestra de vida”.[8] De esta manera, el ser y sentir carlista se pasaba de generación, de padres a hijos y de abuelos a nietos. Es puramente, el carlismo vivencial, sentimental y paternal, donde al calor de las llamas de los troncos, los padres y abuelos contaban las gestas y heroicidades de sus antepasados a sus descendientes. Esta forma de ser (rutina) llevaba consigo varias características de per se: partido católico, permanentemente en la oposición, poco activo aunque elegidos para ocasiones magnánimas y escogidos por la Divinidad aunque “nuestro reino no es de este mundo”

El siguiente paso era transformar radicalmente a la Comunión; con el objetivo de convertirla en una verdadera opción política. Especialmente, tras el cambio de coyuntura del Régimen. Tras más de una década de oposición a éste, y visto que el Franquismo iba para lejos, la estrategia a seguir fue la de colaborar con el Franquismo. El objetivo era que los españoles viesen a los carlistas no como aquellos voluntarios heroicos protagonistas de tres guerras civiles; sino como un grupo político capaz de convencerles a través de una doctrina real, moderna y capacitada para solucionar sus problemas diarios. Para ello había que trabajar en dos direcciones: la Doctrina y la Monarquía. En lo que respecta a la primera, ya hemos escrito la necesaria voluntad de actualizarla porque se había anclado en el pasado “con premisas anteriores a la Revolución Industrial”[9]

En lo referente a la Dinastía, concretamente a (Carlos) Hugo, éste se encontraba en Alemania tras superar excelentemente sus estudios en La Sorbonna y Oxford. En el país germánico, trabajó de manera secundaria en el llamado “milagro económico alemán”. Tanto su formación académica como su labor en Alemania fueron claves en su periplo carlista. Su presentación al pueblo carlista se produjo en la romería anual del primer domingo de Mayo: Es decir, en Montejurra. Su primer discurso fue un anticipo de lo que iba a depararle al Carlismo en los siguiente lustros. No se hablaba de religión ni de los sacrosantos ideales; pero sí de la entrada en el Mercado Común y sobre todo de la necesaria actualización de la Tradición: “España necesita que se actualice su Tradición, para que sus principios se concreten en instituciones. El municipio y la región deben alcanzar, con espíritu foral renovado, su personalidad”.

Pero lo más importante era que para el pueblo carlista, don Hugo ya era el nuevo Carlos VII o Jaime III. La batalla dinástica había empezado. En un primer momento Carlos Hugo y los suyos intentaron granjearse el favor de Franco enfatizando el carácter popular que le dieron a la Cruzada y que tenía en aquellos momentos el Carlismo. Además, cada año veían aumentar sus filas (un ejemplo son las decenas de miles de personas que asistían cada año a Montejurra). Los dirigentes, esperaban revitalizar el entusiasmo de las masas carlistas por la santa Causa y convencer, al menos, a Franco de considerar a don Carlos y, por tanto a la Comunión, como una opción de futuro. Sin embargo, todas las prebendas recibidas por el Caudillo no se dirigían a aumentar las posibilidades de la instauración de una monarquía social, católica, tradicional y verdaderamente representativa, sino que iban encaminadas a debilitar el optimismo y complacencia de la dinastía rival.

En estos últimos años de la década de los 50, la política colaboracionista se tradujo en la praxis en una cierta tolerancia del Franquismo hacia el carlismo. ¿Qué supuso en la práctica? La apertura de locales tradicionalistas, bajo fachada de círculos culturales, católicos…, la edición de textos tradicionalistas, la realización de conferencias por todo el territorio español de famosos pensadores carlistas, como Raimundo de Miguel, Francisco Elías de Tejada… o la connivencia de los viajes de las infantas y el Príncipe eran ejemplos de “la nueva política” Era la “primavera del carlismo”: Fruto de la nueva etapa colaboracionista, la subida al poder del Opus Dei (y por tanto del arrinconamiento de los falangistas) y del contrataque juanista, la C.T. contrajo un apoyo político: la de  ciertos personas adscritas al falangismo; aunque si bien, en realidad, dicho apoyo no iba encaminado a aumentar las posibilidades de don Carlos; sino más bien, iban encaminadas a contrarrestar el ambiente favorecedor “pro Juan” que había en los resortes del poder: el A.B.C., el Opus Dei, las Cortes y la de Franco. Un ejemplo de ello, fue el reportaje fotográfico realizado por el semanario nacional sindicalista Fotos al hermano de don Javier que participó en la Cruzada en un tercio de Requetés bajo el seudónimo de Gaetan de Lavardín. Inclusive, en la comida oficial de Montejurra del año 61, una delegación de falangistas pidieron perdón a los carlistas por los “desaires” producidos entre ambos grupos durante la guerra y la inmediata posguerra.

Sin embargo, en la praxis, los juanistas tenían muchas mas posibilidades que nosotros de suceder a Franco. En primer lugar, porque gran parte de la Aristocracia y de los “grupos de presión” apoyaban de facto a don Juan y a su hijo, dificultando enormemente el día a día de don Carlos. En segundo lugar, las constantes relaciones entre las personalidades “pro juan” con el Jefe del Estado se producían prácticamente una vez a la semana, José María Valiente era recibido por Franco tan solo una vez al año. Por tanto, don Juan y su hijo recibían un trato mucho más favorable que don Carlos. Por tanto, era urgentemente instalar al Príncipe en España; y además iniciar toda una serie de giras por territorio español para que conociese las estructuras del país, sus gentes… y en definitiva “hacerlo español”.

Junto a esto, el carlismo “iba cambiando”. “La monarquía no nos interesa por sí misma; sino como solución a los problemas de hoy”. Esta frase era toda una intención de declaraciones de don Carlos respecto a toda la historia carlista. Además conllevaba, un “paso al frente del Príncipe” porque si para que una opción política triunfase debía ser conocido por el resto de la sociedad española. Era preciso no quedarse en casa, en Montejurra. Además, el Príncipe ya había pronosticado en sus primeras apariciones públicas en el monte sagrado, los cambios políticos, sociales y económicos que iban a producirse a nivel nacional e internacional y era “tarea de los carlistas que dichos cambios se produjesen bajo principios sociales católicos y carlistas”. En definitiva, crear una “dinámica” que posibilitase las opciones políticas carlistas.

Buen ejemplo de los cambios que le estaban sucediendo al carlismo se produjo en torno al libro “Un millón de muertos”. En la revista Azada y Asta, Martínez Terol publicaba una serena y equilibrada critica sobre dicha novela. Una novela que difería de la versión oficial de la guerra promovida por Franco (y que tenía su modelo de expresión en la película Raza), y en la que por primera vez llegaba a la sociedad española un relato en el cual, no todos los buenos estaban en el bando vencedor ni todos los malos en el terreno perdedor. Sí es verdad que habían producciones cinematográficas que no habían tomado como modelo la versión de Franco como Rojo y negro de Carlos Arévalo o Frente de Madrid de Edgar Neville, pero no habían calado entre la sociedad española como la novela del autor catalán, que durante la guerra había combatido en le bando nacional en un tercio de Requetés. Sin embargo, los “viejos” o la “vieja generación” habían tildado de Judas a Gironella.

Tras la instalación de don Carlos en la calle Hermanos Bécquer de Madrid, su primera tarea fue la reorganización del Partido Carlista. La Junta Nacional fue sustituida por la Comisión Permanente. Los prohombres de don Carlos iban a ser: Valiente, Zamanillo, Márquez de Prado y Pérez España.

En 1962, el Príncipe realizó un hecho insólito: pasar un determinado tiempo, de forma anónima, en una mina asturiana. ¿El fin u objetivo? Conocer el estilo y modo de vida de los trabajadores, de sus miserias, de sus necesidades… Su seudónimo: Javier Ipiña.  Pronto congenió con sus compañeros de trabajo y se convirtió en su amigo. Sin embargo, a los 20 días, periodistas de El Pueblo y Europa Press aparecieron en El Sotón (nombre de la mina) buscando a ese Príncipe anónimo, proletario, trabajador y defensor de la monarquía social. El periodista Astiz de la Gaceta del Norte escribía lo siguiente: “Sobre el viejo carlismo romántico y guerrero, pegado a la Tradición con fiera lealtad, la figura del Príncipe sopla su viento de Modernidad”. Sin duda, con afirmaciones como ésta, no podía haber duda de que “algo estaba cambiando”. Con acciones como ésta, la personalidad de Carlos Hugo iba a afianzarse entre la sociedad española; más cuando sus hermanas, María Teresa y Cecilia, ayudaban en catástrofes como las inundaciones ocurridas en Cataluña o participando activamente en la leprosería de Fontilles.

Tres años antes, se inauguró el Círculo Cultural Aparisi y Guijarro, “la casa de todos los carlistas”, gracias al infatigable esfuerzo de muchos carlistas valencianos; pero sí habría que citar la labor de la familia Alamar y Ferrando, en especial de don Rafael Ferrando que fue Requeté durante la Guerra 1936-1939, promotor inmobiliario y constructor de gran parte del actual barrio de Sagunto de la capital levantina. Pronto se convirtió, en la década de los 60’, en la segunda entidad cultural más importante de la ciudad levantina tras el Ateneo mercantil. Y sin duda, uno de los actos más importantes en sus primeros años de existencia fue la visita a la ciudad de Valencia y a los Altos hornos de Sagunto del que hasta entonces le estaba disputando la carrera dinástica a Juan Carlos de Borbón: don Carlos Hugo de Borbón Parma.

A continuación, les mostramos las fotografías inmortalizadas de un acto calificado “de estado” por las autoridades franquistas locales.

[1]Vázquez de Prada, Mercedes, El nuevo rumbo político del carlisme hacia la colaboracióncon el Régimen 19551956, Hispania nº 231 (enero-abril 2009). P. 181.

[2] Para ahondar más en este tema ver los recientes estudios de Josep Miralles Climent: La rebeldía carlista. Memoria de una represión silenciada y Manuel Martorell: Retorno a la lealtad. El desafío carlista al franquismo

[3] Martorell, Manuel: Retorno a la lealtad. El desafío carlista al franquism, Colección Luis Hernando de Larramendi, Madrid 2010,p. 10

[4]Melgar, Francisco, El noble final de la escisión dinàstica, Cátedra, 1959, p 24

[5] Lavardín, Javier, El último pretendiente, Ruedo Ibéricos, 1975, p. 43

[6] Monte próximo a Estella, llave de la ciudad, teatro de sangrientas batallas durante la tercera guerra carlista. Desde entonces y cada primer domingo de Mayo, los carlistas realizaban un via crucis para honrar a sus mártires.

[7] Clemente Balaguer, Josep Carles, Carlos Hugo de Borbón Parma. Historia de una disidencia,  Planeta 2006p. 81

[8] Lavardín, Javier, op. Cit, p. 20.

[9] Lavardín, Javier, Op, Cit, p. 20

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