El año en que Carlos Hugo de Borbón fue vecino de la calle Iturribide (2022)

Artículo de Julio Arrieta publicado en el diario El Correo (Bilbao) el 05/01/2022.

En 1956 el príncipe carlista pasó una temporada de incógnito en Bilbao, preparándose para presentarse ante sus fieles en Montejurra

Carlos Hugo de Borbón Parma (1930-2010) protagonizó uno de los episodios políticos más peculiares de la historia contemporánea de España, el intento de sacar el carlismo del tradicionalismo para llevarlo hasta un cruce algo desconcertante entre el fuerismo, el federalismo y el socialismo autogestionario. La vida del que fue pretendiente carlista al trono español, con el nombre de Carlos Hugo I es bien conocida, pero algunos de sus episodios permanecen en un segundo plano. Uno de los más curiosos es la temporada que pasó en Bilbao por iniciativa de un grupo de miembros de la AET (Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas) en 1956, cuando el Carlismo y el régimen de Franco mantenían una «relación tortuosa», como la definió Julio Aróstegui. Aquel año, Francisco Javier de Borbón-Parma y Braganza, padre de Carlos Hugo, había aceptado los derechos a la Corona española en un Consejo Nacional Carlista y fue expulsado de España, una vez más, por la dictadura, a pesar de ser la cabeza de la que había sido una de las facciones más significativas del bando nacional en la Guerra Civil.

El propósito de la estancia de Carlos Hugo en Bilbao era simple. Puesto que iba a ser el pretendiente carlista, convenía que se familiarizara con la España real de mediados de los cincuenta, con el franquismo enfilando la tecnocracia desde la autarquía. «Era necesario que el Príncipe tomase un contacto hondo con el pueblo, que conociera las realidades sociológicas del país, no sólo en los libros, sino en la vida auténtica», recuerda Ignacio Ipiña en su libro ‘Sol en las bardas: La forja oculta de Carlos Hugo’ (Editorial Arcos, 2010), imprescindible si se quiere conocer al detalle esta aventura.

Que los dirigentes carlistas aprobaran «la operación» no fue fácil y el proceso puso en evidencia lo fragmentado que ya entonces estaba el carlismo, que Franco había intentado desactivar por todos los medios a su alcance, incluido el decreto de unificación que «diluía» este movimiento en la autoritaria papilla ideológica del Movimiento. En «Sol en las bardas» Ipiña, que fue uno de los jóvenes que acompañarían al príncipe carlista durante su temporada bilbaína, detalla la extenuante serie de tiras, aflojas, debates y enfrentamientos internos que supuso sacar adelante «el proyecto» de estancia clandestina de Carlos Hugo en España. Curiosamente, quien menos se resistió a la idea fue el padre del interesado, Francisco Javier, conocido como Javier I (entre 1952 y 1975), el «legítimo rey» para los carlistas.

A Carlos Hugo le hacía falta una casa. El «grupo de Bilbao», formado por el propio Ipiña, por entonces licenciado en Derecho; Ramón Massó, profesor en Gaztelueta; y Pedro Echevarría, jefe de los universitarios de la AET, entre otros, optó por la del matrimonio formado por Pedro Ulaortua, un viejo obrero metalúrgico, veterano sindicalista y fiel carlista, y su mujer, Isabel Isequilla. El piso, de unos 80 metros cuadrados, estaba en el portal número 51 de Iturribide, calle con una densidad notable de tascas y conocida como «la senda de los elefantes» de los chiquiteros. Un ambiente extraño para un príncipe veinteañero criado en castillos franceses, educado en un internado y que llegaba de Oxford tras pasar por la Sorbona. Que Carlos Hugo midiera 1,80 metros tampoco ayudaba a camuflar su presencia.

El príncipe carlista fue transformado por Perico Ulaortua en un familiar de Elorrio que vivía en Suiza desde hacía años y rebautizado con el insuperable y vasquísimo nombre de Carlos Eriz Arroita Aguirrebeitia y Aguirregoitia. A esto se añadió un corte de pelo menos europeo, una ropa más española y «unas gafas de imbécil», en palabras del propio Borbón Parma.

El programa educativo era intenso. Se trataba de que el príncipe estuviera preparado para presentarse en la reunión de Montejurra de 1957. Eso, además del fondo político, requería que se expresara bien en español. De esta parte se encargó Ipiña, a base de lecturas intensivas y comentadas, charlas y ejercicios de dicción. «Debíamos leer un texto bien elegido, vocalizando, de manera que lo repitiera imitando la fonética». Su primera lectura fue «una selección de artículos de prensa de Azorín». El ‘alumno’ recibió todo tipo de material, también textos políticos, pero los boletines tradicionalistas se le caían de las manos. «Nos manifestó que en Oxford había estudiado el socialismo marxista humanista de Lukács, Bloch y Gramsci y que estaba al tanto de la corriente personalista de Mounier y del existencialismo de Sartre», recordaba Ipiña. En un debate doméstico sobre la inflación, propuso el plan de estabilización checo como modelo a seguir para todos los sistemas políticos. «Quiero un carlismo nuevo», afirmó.

Sentado en la butaca del gobernador civil

El trato con su familia de acogida y con el grupo era de tú a tú, entre iguales. Formal pero sin formalismos. La vida en Iturribide era una sucesión de clases intensivas que se alternaban con largos paseos -el primero hasta el alto de Santo Domingo-, excursiones y algún viaje, como el que hizo a Zaragoza para ver El Pilar. Por supuesto, no faltó la visita de rigor a la Casa de Juntas de Gernika y al árbol, ante el que su padre, Don Javier, había renovado el 26 de junio de 1950 el juramento prestado por Carlos VII de guardar, observar y cumplir los Fueros del Señorío de Vizcaya.

En el Bilbao de 1956 no había gran cosa que hacer en los ratos libres, sobre todo si se vivía en la clandestinidad. La capital vizcaína, fabril, clerical y gris, no era una ciudad muy divertida, sobre todo para alguien que no podía ni debía llamar la atención. Un día, Carlos Hugo fue al cine Consulado y tomó asiento en la única fila que encontró desocupada. Una pareja se sentó a su lado. Él no lo sabía, pero eran el gobernador civil y su esposa. Sin saberlo, el futuro líder carlista estaba usando las butacas reservadas a las autoridades.

Acompañado a distancia y alguna vez solo, subía al Pagasarri o recorría la ciudad, incluidas las barriadas de chabolas pobladas por inmigrantes, «especialmente las de Artxanda, la Peña y Rekaldeberri». Una vez decidió bañarse en el embalse de Bolintxu y tuvo que huir a la carrera perseguido por un guarda, mientras trataba de vestirse sin haberse secado. «Cuando iba por la calle caminaba solo -escribe Ipiña-. Pedro le acompañaba a una distancia prudente por otra acera paralela, de tal manera que dominaba la suya y la de Carlos. Cuando me tocaba hacer de lazarillo tenía el sistema de ir por delante, por si acaso nos cruzábamos con alguna persona conocida». El Príncipe fumaba Ideales y aprendió a liar cigarros. «Muchos sábados, al anochecer, salía con Pedro a chiquitear».

En mayo de 1957 Carlos Hugo ya estaba preparado para aparecer por sorpresa en Montejurra. El viaje y la ascensión a la gruta que culminaba el Via Crucis se llevó a cabo con todo tipo de precauciones, incluido el cambio de coches, la subida por caminos no frecuentados y el manejo de planes de huida en caso de intervención policial. La aparición del príncipe, tocado con una boina roja con tres flores de lis bordadas, fue apoteósica. El regreso a Iturribide se llevó a cabo sin contratiempos. El 10 de junio pasó a Francia sin que ni siquiera le miraran el pasaporte.

Carlos Hugo volvió a Montejurra en 1958 y 1959, pero este último año fue detenido y puesto en la frontera por no tener visado de entrada. Pasó a Francia andando, a medianoche.

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