Archivo de la categoría: 1833 Carlos V

El Partido Carlista y los Fueros (1915)

Fuente: Liburuklik

Eustaquio de Echave-Sustaeta (primer director del diario carlista El Pensamiento Navarro), Imprenta de “El Pensamiento Navarro”, Pamplona, 1915.

1915 El Partido Carlista y los Fueros

Existe una edición de 1914 con prólogo de Juan Vázquez de Mella.

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Real Orden sobre los Ayuntamientos (1836)

Fragmento.

La renovación de autoridades municipales para el próximo año de 1837, en todos los pueblos del reino de Navarra y provincias Vascongadas libres del yugo de la usurpación revolucionaria, se hará por regla general en la forma que prescriben las leyes y los fueros, las ordenanzas respectivas, las costumbres vigentes, con las excepciones que a continuación se expresan.

Carlos V – Real Decreto de 01-12-1836.

Real Decreto de creación del Tribunal Supremo Vasco-Navarro (1836)

Ministerio de Gracia y Justicia.- Excelentísimo Señor.- El Rey N. S. se ha servido dirigirme el Real Decreto siguiente:

Habiendo tomado en consideración lo que en vista del informe dado por la Real Junta Gubernativa de Navarra, me habéis expuesto sobre el lamentable abandono, en que por efecto de la usurpación se encuentra la Administración de Justicia, primera necesidad de los estados y base más firme del Solio en los Pueblos de aquel magnánimo Reino, privado de su Real Corte, del Consejo Real, y Cámara de Comptos, y ansiando dar a mis fieles Navarros, modelo de lealtad, y de valor, una nueva muestra de la paternal solicitud, que me inspiran sus virtudes y heroicos esfuerzos, vengo en resolver, conciliando en lo posible con las urgencias y circunstancias del momento, la exacta observancia de los Fueros, que solemnemente he ofrecido conservar y que conservaré fielmente durante mi Reinado. Que hasta el feliz momento que confío en el Señor se aproxima en que todo el Reino de Navarra quede libre del ominoso yugo de la usurpación, hija de la impiedad anárquica, se establezca por ahora en Estella y para lo sucesivo en el punto que sea más accesible a los Pueblos y ofrezca mayores ventajas, un Tribunal Superior compuesto de un Decano que tendrá su gobierno y dirección, otros cuatro ministros y un fiscal con voto en los negocios en que no sea parte, y a los que me reservo nombrar, autorizando además al Decano para suplir, sólo provisionalmente, la falta de Ministros en algún negocio determinado con los Auditores de mi Ejército, y no habiéndolos disponibles, con letrados del país, de lealtad, de instrucción y de virtud; que este Tribunal administre justicia en lo civil y criminal, en segunda y tercera instancia, y en primera en los pueblos en que por fuero o por costumbre debe hacerlo la Real Corte, guardando en todo con la mayor escrupulosidad los fueros y leyes del Reino y sin variar en caso alguno lo que legalmente se practicaba en la época del fallecimiento del Rey mi amado hermano (q. D. g), y que limitadas sus atribuciones a lo puramente judicial y contencioso, la Real Junta Gubernativa continúe dirigiendo durante la actual guerra, como hasta aquí, la parte administrativa, económica y de hacienda, con todas las facultades que le están confiadas y ha sabido desempeñar con un celo de que estoy satisfecho, procurando ambas autoridades la mejor armonía; que los sueldos del Decano, ministros y fiscal sean respectivamente los mismos que disfrutaban en el último Reinado, percibiendo por ahora tan sólo la tercera parte, según está prevenido por punto general, y que, en fin, reunidos en Estella los nombrados para este Tribunal con la Real Junta Gubernativa, me propongan, con carácter de provisionales, los subalternos y dependientes que conceptúen de necesidad absoluta, con todo lo que crea oportuno para que recaiga mi nombramiento y aprobación soberana.

Tendréislo entendido y dispondréis lo conveniente a su cumplimiento. Está rubricado de la Real mano, Real de Elorrio 12 de marzo de 1836.

Carlos V, Rey de España o el Duque de Elizondo (2018)

La Razón

29/08/2018

Amadeo-Martín Rey y Cabieses

Los carlistas tuvieron una vida repleta de huidas y destierros que hizo que sus reyes adoptaran diversas identidades. Cuando su sobrina Isabel II asumió la corona de España, Carlos María Isidro, o Carlos V, rey carlista de España –que usaría el título de conde de Molina tras abdicar en su hijo Carlos Luis, conde de Montemolín o Carlos VI, el 18 de mayo de 1845–, partió para Inglaterra desde Portugal a bordo del buque británico «HMS Donegal». Al llegar el 18 de junio de 1834 al puerto de Portsmouth se instaló allí provisionalmente. Decidió vivir de incógnito eligiendo el título de duque de Elizondo y preparar así, en secreto, su vuelta a España. Una noche de julio, dos semanas después de haber llegado a Inglaterra, Carlos María Isidro escapó de Gloucester Lodge, donde vivía, y tomó un coche de alquiler hasta una casa de Welbeck Street, donde le esperaban su esposa María Francisca y la princesa de Beira para ayudarle a huir. Le tiñeron el pelo de negro, le afeitaron el bigote y le vistieron con otro traje. Una de las damas responsables del disfraz dijo ahogando una risita: «Debemos de estar en tiempos muy revolucionarios para que yo me atreva a tocar así a una alteza real». Y el príncipe contestó, muy serio: «Valor señora». Con pasaporte falso, Carlos María Isidro cruzó el canal de la Mancha de Folkestone a Dieppe. El 4 de julio estaba en París y cinco días después en España. Sigue leyendo

Decretos de Santarem (1833)

I

Habiendo recibido ayer oficialmente la infausta noticia de haber sido Dios servido de llamar para sí el alma de mi muy caro y amado Hermano el Señor Rey D. Fernando VII (Q. E. P. D.), Declaro: que por falta de hijo varón, que le suceda en el Trono de las Españas, soy su legítimo heredero y Rey; consiguiente a lo que por escrito manifesté a mi muy caro y amado Hermano, ya difunto, en la formal protesta, que le dirigí con fecha 29 de abril del presente año, igualmente que a los Consejos, Diputados y autoridades, con la del 12 de junio. Sigue leyendo

Carta de Carlos VII al Marqués de Cerralbo (1895)

Mi querido Cerralbo: Ya te rogué por telégrafo que dieras las gracias en mi nombre a los muchísimos que de toda España me felicitaron ayer por mi fiesta.

Al reiterarlas por escrito, quiero, comunicarte un pensamiento que, desde hace mucho tiempo, deseo encerrar en forma concreta.

Grandes son los progresos que merced a tu inteligente iniciativa, a la cooperación generosa de todos los que te ayudan y también a la fuerza de persuasión de la verdad y de la justicia, tenaz y serenamente confesadas, ha logrado nuestra Causa. Pero si orgullosos podemos estar del presente, cúmplenos no olvidar lo mucho que debemos al pasado. Sigue leyendo

Documentos de Bourges (1845)

Fuente: Filosofia.org

Artículo de Jaime Balmes, publicado en El Pensamiento de la Nación, nº 71, Madrid, 11 de junio de 1845, pp. 369-375.

París 1.° de junio de 1845.

D. Carlos ha desaparecido de la escena, y en su lugar se ha colocado su hijo; este es un acontecimiento importante. El manifiesto que ha seguido a la renuncia indica un notable cambio en la política; esto es todavía más importante. Pocos hombres habrá que reúnan una opinión mas general y más bien sentada, de honor, de religiosidad, de sinceridad, de convicciones, de deseo del bien público, que D. Carlos; pero si como hombre obtiene el aprecio y respeto universal, tampoco puede negarse que como príncipe era objeto de prevenciones tan fuertes, que nada hubiera sido bastante a disipar. Fueran justas o injustas, fundadas o infundadas, lo cierto es que existían; tratamos únicamente del hecho, no de la razón en que pueda estribar. Y en circunstancias como las de don Carlos, un hecho semejante no puede ser desatendido: quien no cuenta con fuerza material, ¿a qué queda reducido si le falta la moral? Y esta fuerza moral en un príncipe es muy diferente de su buena reputación como hombre particular; errados consejos o circunstancias infaustas pueden hacer inútil para ciertos objetos al mejor hombre del mundo. En 1832 la fuerza moral de D. Carlos, como príncipe, era muy grande; los errores, los desagravios, y el mismo curso de los años la han consumido. Aún entre muchos de sus mismos partidarios, el primitivo entusiasmo se había reducido a simple adhesión y respeto. D. Carlos habrá conocido su verdadera posición, y a su desinterés y rectitud de intenciones no le habrá sido difícil el sacrificio del amor propio, si amor propio [370] haber pudiera en conservar una posición que debía serle tan aflictiva. Sigue leyendo