Archivo de la categoría: 1833 Carlos V

Carta de Carlos VII al Marqués de Cerralbo (1895)

Mi querido Cerralbo: Ya te rogué por telégrafo que dieras las gracias en mi nombre a los muchísimos que de toda España me felicitaron ayer por mi fiesta.

Al reiterarlas por escrito, quiero, comunicarte un pensamiento que, desde hace mucho tiempo, deseo encerrar en forma concreta.

Grandes son los progresos que merced a tu inteligente iniciativa, a la cooperación generosa de todos los que te ayudan y también a la fuerza de persuasión de la verdad y de la justicia, tenaz y serenamente confesadas, ha logrado nuestra Causa. Pero si orgullosos podemos estar del presente, cúmplenos no olvidar lo mucho que debemos al pasado. Sigue leyendo

Documentos de Bourges (1845)

Fuente: Filosofia.org

Artículo de Jaime Balmes, publicado en El Pensamiento de la Nación, nº 71, Madrid, 11 de junio de 1845, pp. 369-375.

París 1.° de junio de 1845.

D. Carlos ha desaparecido de la escena, y en su lugar se ha colocado su hijo; este es un acontecimiento importante. El manifiesto que ha seguido a la renuncia indica un notable cambio en la política; esto es todavía más importante. Pocos hombres habrá que reúnan una opinión mas general y más bien sentada, de honor, de religiosidad, de sinceridad, de convicciones, de deseo del bien público, que D. Carlos; pero si como hombre obtiene el aprecio y respeto universal, tampoco puede negarse que como príncipe era objeto de prevenciones tan fuertes, que nada hubiera sido bastante a disipar. Fueran justas o injustas, fundadas o infundadas, lo cierto es que existían; tratamos únicamente del hecho, no de la razón en que pueda estribar. Y en circunstancias como las de don Carlos, un hecho semejante no puede ser desatendido: quien no cuenta con fuerza material, ¿a qué queda reducido si le falta la moral? Y esta fuerza moral en un príncipe es muy diferente de su buena reputación como hombre particular; errados consejos o circunstancias infaustas pueden hacer inútil para ciertos objetos al mejor hombre del mundo. En 1832 la fuerza moral de D. Carlos, como príncipe, era muy grande; los errores, los desagravios, y el mismo curso de los años la han consumido. Aún entre muchos de sus mismos partidarios, el primitivo entusiasmo se había reducido a simple adhesión y respeto. D. Carlos habrá conocido su verdadera posición, y a su desinterés y rectitud de intenciones no le habrá sido difícil el sacrificio del amor propio, si amor propio [370] haber pudiera en conservar una posición que debía serle tan aflictiva. Sigue leyendo

Documentos de la abdicación de Carlos V en su hijo Carlos VI (1845)

Fuente: Filosofia.org

Publicados con el título de Documentos históricos en El Pensamiento de la Nación, nº 71, Madrid, 11 de junio de 1845, pp. 376-377.

Carta de S. M. el Señor Don Carlos V al Serenísimo Señor Príncipe de Asturias

Mi muy querido hijo: Hallándome resuelto a separarme de los negocios políticos, he determinado renunciar en tí y trasmitirte mis derechos a la corona. En consecuencia, te incluyo el acto de renuncia, que podrás hacer valer cuando juzgues oportuno.

Ruego al Todopoderoso te conceda la dicha de poder restablecer la paz y la unión en nuestra desgraciada patria, haciendo así la felicidad de todos los españoles.

Desde hoy tomo el título de conde de Molina, bajo el cual quiero ser conocido en adelante.

Bourges 18 de mayo de 1845.

Firmado. – Carlos. Sigue leyendo

Manifiesto de Arciniega (1837)

Voluntarios: La revolución vencida y humillada, próxima a sucumbir a vuestro esfuerzo sobrehumano, ha librado su esperanza en armas dignas de su perfidia, para prolongar algunos días su funesta existencia; más, por fortuna, están descubiertas sus tramas: sabré frustrarlas. Para realizarlo, para dictar providencias que pongan cuanto antes término a esta lucha de desolación y de muerte, he vuelto momentáneamente a estas fidelísimas provincias; pronto me veréis de nuevo donde, como hoy aquí, me llaman mis deberes. Vuestro heroísmo interesa demasiado mi paternal corazón para que renuncie a triunfar y, si preciso fuere, a morir entre vosotros.

Voluntarios: No bastaba la continuada serie de hazañas y de prodigios que forman la historia de vuestras campañas; los cinco últimos meses llevan vuestro mérito todavía más allá de cuanto se había visto, y el cuerpo expedicionario que me ha acompañado ofrece un ejemplar sin modelo. Con sólo la tercera parte del ejército que opera en Navarra y provincias Vascongadas se han reducido las fuerzas enemigas a un número ya menor de las que hoy tengo disponibles en todos mis dominios. Habéis vencido al ejército revolucionario en los llanos como en las montañas, sin artillería como con ella. Huesca, Barbastro, Villar de los Navarros, Retuerta, serán eterno monumento de vuestras glorias; si la falta de municiones o de cooperación de algún cuerpo precisó por el momento a ceder terreno, dejasteis harto escarmentado al enemigo, haciéndole sufrir pérdida triplicada; y en las mismas retiradas, un corto número ha podido marchar seguido, no hostilizado, por más de dobles fuerzas, que no han osado atacaros cuando les habéis presentado la batalla, que ni un solo tiro han disparado contra vuestras masas; sobre todo, habéis hecho ver a la Europa que mis enemigos lo son de los pueblos; que la decisión y lealtad de éstos no puede ser mayor; que su adhesión a mi persona y su entusiasmo por mi justa y sagrada causa han arrostrado la sangrienta venganza de sus opresores; que sólo esperan vuestra protección para sacudir el yugo que los esclaviza, lo mismo en Aragón que en Cataluña, en Valencia como en Castilla. Sigue leyendo

Reales Decretos sobre la bandera de la Generalísima (1835)

Real Decreto sobre la Bendición de la Bandera Generalísima

Queriendo dar a mi valiente Ejército un nuevo testimonio que inmortalice su valor, acrisolada lealtad e inimitable decisión a favor de mis indisputables derechos al trono de mis augustos progenitores, y siendo el más noble, de más poderoso y suficiente influjo, un Estandarte que, tremolado en los campos de sus victorias, señale éstas doquiera que se encuentre, transmitiéndoles a la posteridad más remota, he resuelto que en el día de mañana, y a la hora de las ocho de ella, se celebre la bendición de él en la iglesia parroquial de San Juan, llevando por lema la divina imagen de la Virgen de los Dolores, generalísima de tantos fieles defensores de su fe, entregándose para su custodia al bravo Regimiento de Lanceros de Navarra, que, rivalizando en intrepidez y férvido entusiasmo con los demás cuerpos de mi ejército, se ha hecho acreedor a esta distinción.

Dado en el Real Palacio de Estella, a primero de agosto de 1835.- Rubricado de la Real mano.- A Don Luis de Villemur. Sigue leyendo

Manifiesto a los aragoneses (1834)

Aragoneses:

La muerte de mi augusto hermano sin sucesión varonil, me llamó al Trono de mis Abuelos: sensible a los heroicos sacrificios de mis Pueblos, y dócil a la voz del Cielo, no vacilé un momento en secundar los esfuerzos de la lealtad, a pesar de los obstáculos que con anticipación me habían opuesto sucesos demasiado conocidos, y cuyo desenlace necesariamente debía ser crear nuevas pasiones, y concitar todos los intereses, abusando de la debilidad de mi sobrina la Reina viuda; sus conatos empero serán vanos: la España entera está dando al mundo nuevas pruebas de su juicio, y amor a sus reyes, a cuya sombra sabe bien solo puede hallar su verdadera dicha. Esas inmortales provincias defienden con un denuedo digno de los mejores tiempos de nuestra restauración, el derecho de Agnación en la sucesión del Trono, tan solemnemente proclamado en los antiguos fueros de Aragón, que ha sido siempre el Numen titular de esta parte tan preciosa de mis Dominios, y que hoy os quiere arrancar la usurpación. Sigue leyendo

Proclama de “Carlos V, Rey de España, a sus amados vasallos” (1833)

Realizada aún en Portugal el 15 de octubre de 1833.

Bien conocidos son mis derechos a la corona de España en toda la Europa y los sentimientos en esta parte de los españoles, que son harto notorios para que me detenga a justificarlos; fiel, sumiso y obediente como el último de los vasallos a mi muy caro hermano que acaba de fallecer, y cuya pérdida tanto por sí misma como por sus circunstancias ha penetrado de dolor mi corazón, todo lo he sacrificado, mi tranquilidad, la de mi familia; he arrostrado toda clase de peligros para testificarle mi respetuosa obediencia, dando al mismo tiempo este testimonio público de mis principios religiosos y sociales; tal vez se han creído algunos que los he llevado hasta el exceso pero nunca he creído que puede haberlo en un punto del cual depende la paz de las monarquías. Sigue leyendo