La Dinastía Legítima de Las Españas

Carlos V (1833-1845)

Conde de Molina

Voluntarios: Testigo de vuestro heroico denuedo, compañero de vuestros sacrificios y fatigas, admirador de vuestra resignación y virtudes, quiero ante todo daros la muestra mayor de mi Real aprecio. Desde hoy me pongo a vuestro frente, y os conduciré por mi mismo a la victoria; preparaos a recoger nuevos laureles; sed dignos de vosotros mismos y, contando con la protección de vuestra Generalísima, confiad en que vuestro General es vuestro Rey.

Manifiesto de Arciniega (29/10/1837)

Carlos VI (1845-1861)

Conde de Montemolín

No es decir por esto que yo ponga el pie en España con intención de reinar como Monarca absoluto, queriendo cercenar para nada al país su legitima representación en la gestión de los negocios públicos; creo que ha llegado el momento de buscar en la historia de nuestras antiguas libertades, de esas libertades cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos, en Navarra y las Provincias Vascongadas, y que en la Coronilla de Aragón y Castilla regían muchos siglos antes que naciera en Inglaterra (…) El sistema que en estos últimos años ha regido a España, apoyado en una serie de ficciones que repugnan a la razón, y teniendo por base la corrupción más completa en el sistema electoral, no ha aprovechado para nada al pueblo y no es más que un nuevo feudalismo de la clase media, representada por abogados y retóricos. Las clases similares de la Monarquía han desaparecido. Sería una gran locura, por mi parte, querer reconstituirlas ab irato; pero encontrándome solamente con masas populares, pues la nobleza desaparece lentamente en virtud de la desvinculación y pérdida la influencia del Clero por las inicuas leyes desamortizadoras, la empresa más honrosa para un Príncipe es librar a las clases productoras y a los desheredados de esa tiranía con que las oprimen los que invocando la libertad gobiernan la nación.

Manifiesto de Maguncia (16/03/1860)

Juan III (1861-1868)

Conde de Montizón

Yo me debo a mi mismo y a tantos como se han sacrificado por nuestra familia y conservan en sus corazones el principio de la legitimidad, el mantener intactos mis derechos. El partido carlista exige, con justa razón, saber quién es hoy su jefe; y si V., renunciando a sus derechos, no quiere serlo, lo soy yo desde aquel momento.

Carta del príncipe Don Carlos a su padre Juan III (Septiembre de 1866)

Carlos VII (1868-1909)

I Duque de Madrid

La España antigua necesitaba de grandes reformas; en la España moderna ha habido grandes trastornos. Mucho se ha destruido, poco se ha reformado. Murieron antiguas instituciones, algunas de las cuales no pueden renacer; han intentado crear otras nuevas, que ayer vinieron a la luz y se están ya muriendo. Con haberse hecho tanto, está por hacerse casi todo. Hay que acometer una obra inmensa de reconstrucción social y política, levantando en este país desolado, sobre bases cuya bondad acreditan los siglos, un edificio grandioso en que puedan tener cabida todos los intereses legítimos y todas las opiniones razonables.

Carta-Manifiesto a su hermano D. Alfonso (30/06/1869)

Intrépidos catalanes, aragoneses y valencianos: Hace un siglo y medio que mi ilustre abuelo Felipe V creyó deber borrar vuestros fueros del libro de las Franquicias de la Patria. Lo que él os quitó como Rey, yo como Rey os lo devuelvo; que si fuisteis hostiles al fundador de mi dinastía, baluarte sois ahora de su legítimo descendiente. Yo os devuelvo vuestros fueros, porque soy el mantenedor de todas las justicias, y para hacerlo, como los años no transcurren en vano, os llamaré, y de común acuerdo podremos adaptarlos a las exigencias de nuestros tiempos. Y España sabrá, una vez más, que en la bandera donde está escrito Dios, Patria y Rey están escritas todas las legítimas libertades.

Manifiesto a los Pueblos de la Corona de Aragón (16/07/1872)

Jaime III (1909-1931)

II Duque de Madrid

Uno de los principios esenciales de nuestra actuación en los últimos años ha sido precisamente reclamar la convocatoria de estas Cortes libremente elegidas, así como ha sido siempre el fundamental objeto de nuestra política realizar la federación de las distintas nacionalidades ibéricas. Mi intención es que nuestros elementos presidan ahora en toda España la organización de un gran partido monárquico, federativo, anticomunista, defensor de las grandezas patrias, intensamente progresivo, amigo de las reformas sociales, que coloque a la Iglesia y al Ejército en su verdadero lugar, lejos de toda política (…) Si la voluntad nacional, libremente expresada, se pronunciara en favor de la República, yo pediría a los monárquicos que colaborasen en la obra inmensa que es construir la federación de la nueva España.

Manifiesto con motivo de la proclamación de la II República (23/04/1931)

Alfonso Carlos I (1931-1936)

Duque de San Jaime

Si al fin de mis días no quedase Sucesor legítimamente designado para continuar la sustentación de cuantos derechos y deberes corresponden a Mi Dinastía conforme a las antiguas Leyes Tradicionales y al espíritu y carácter de la Comunión Tradicionalista, instituyo con carácter de Regente a Mi muy querido sobrino S. A. R. don Javier de Borbón Parma, en el que tengo plena confianza por representar enteramente nuestros principios, por su piedad Cristiana, sus sentimientos del Honor, y a quien esta Regencia no privaría de su derecho eventual a la Corona.

Real Decreto de institución de la Regencia (23/01/1936)

La rama de don Francisco de Paula perdió todo su derecho de sucesión por rebeldía contra sus Reyes legítimos, y lo perdió doblemente don Alfonso (llamado XII) para él y toda su descendencia por haberse batido al frente de su ejército liberal contra su Rey Carlos VII, y así lo perdieron los príncipes que reconocieron la rama usurpadora.

Carta al príncipe Don Javier (10/03/1936)

Javier I (1936/1952-1975)

III Duque de Madrid

Tanta mayor alabanza merecéis por esa firmeza, cuanto más difícil que frente a la posición liberal ha sido el mantenimiento de vuestra lealtad cuando se ha pretendido presentar como semejante un sistema que nada tenía que ver con el tradicional, y se ha llegado a tachar de antipatriótica la no colaboración con el Poder (…) Habéis visto cerrados vuestros Círculos, incautados vuestros periódicos, desterrados vuestros dirigentes, detenidos muchos y muy destacados tradicionalistas, sin más motivo que el de no haber renunciado a los ideales con que fuisteis a la guerra.

Carta a los Requetés y Carlistas (29/06/1945)

Los cauces de representación para formar las Cortes son los que brindan, en primer término, las entidades infrasoberanas y los cuerpos intermedios; como son los de tipo territorial (municipal y regional), y los de tipo profesional, con especial relieve de la representación sindical por la importancia adquirida en estos tiempos. Además de estos dos cauces de representación, hoy es preciso abrir un tercer cauce a la opinión pública, que no es título de poder, pero sí es título de representación, por ser indispensable en toda sociedad sana para la alta orientación de la política nacional.

La concepción foral del Carlismo, fundada en el principio de subsidiariedad, está en plena vigencia en el Derecho moderno. Y es de aplicación, no sólo a las Regiones, sino a toda la vida pública, para la defensa de las libertades (…) Recordamos hoy un pensamiento de Carlos VII: “Por el camino de los Fueros es por donde viene la tradición democrática a nuestro pueblo” (…) En estos momentos de inquietudes religiosas que agitan al mundo, creo que la actitud más aconsejable está en las palabras de Carlos VII: “No daré un paso adelante ni un paso atrás de lo que diga la Iglesia Católica”.

Declaración (03/10/1966)

Así podemos concebir un triple sistema de fueros o libertades: los fueros de las regiones, los fueros de los sindicatos y los fueros de los partidos políticos (…) Esta triple representación, esta triple democracia, esta triple responsabilidad es lo que considero como lo más importante de nuestra aportación a una construcción doctrinal y encontrarán su coordinación y equilibrio en las Cámaras. Sobre estos tres grandes ejes el Carlismo dará al pueblo español un proyecto político, posible y aceptable.

Declaración al Congreso del Pueblo Carlista (06/12/1970)

Carlos Hugo I (1975-2010)

IV Duque de Madrid

Pero tanto los pueblos libres como los esclavos, que ansían esa reforma radical y se sienten acorralados, rechazan la superación del liberalismo por caminos totalitarios; y mientras rechazan esa única superación experimental, esperan ilusionados al pueblo que se lance hoy a la configuración política del mañana. No son restauraciones monárquicas ligeramente reformadas lo que necesitan las sociedades de hoy. Lo que se impone en el presente es todo el ímpetu de una creación con raíces tradicionales; lo exige la misma realidad.

Discurso para el acto de Montejurra (1959)

La opción del Partido Carlista es la construcción de un Socialismo plural y de autogestión global dentro de un Estado Federal. En cuanto a la forma de gobierno, el Carlismo representa la alternativa de la Monarquía Socialista que presida el Estado Federal. Pero siempre será el Pueblo, en un proceso libre y autogestionario, el que decida aquella forma que mejor corresponda a sus ansias socialistas y democráticas.

Declaración (18/03/1976)

El Carlismo, por mucho que algunos se empeñen, siempre ha formado un solo cuerpo. En torno a los valores permanentes que se han ido expresando y plasmando según las épocas, los tiempos y las circunstancias se ha mantenido unido el Carlismo. Estos principios que son las esencias espirituales, la libertad de la persona, las libertades de los pueblos, nuestra Patria como federación de los pueblos que componen el Estado Español, los principios socialistas de igualdad y libertad en lo económico y en lo social, la unidad en torno a la dinastía como institución eje para garantizar nuestra continuidad, son los conceptos revolucionarios y democráticos que el Carlismo ha mantenido en el transcurso de toda su existencia y por los que tantos han dado su vida y sus bienes.

Ésta es la unidad del Carlismo. No puede haber otro Carlismo. Fuera de esta línea ideológica ya no se puede llamar carlista. Es el Pueblo quien en su dinámica política a través del Pacto con la Dinastía ha determinado esta línea y la mantiene viva día a día. Los esfuerzos para mantener esta unidad en la lucha por la libertad y la democracia representan el plebiscito cotidiano que hace el Carlismo de su propia ideología. Esta es la unidad del Carlismo, por mucho que intente la clase dominante presentarlo dividido con torpes maniobras.

Declaración sobre la Unidad (24/04/1976)

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