Las nuevas fronteras de la democracia/1 (14 de marzo de 1980)

14 de marzo de 1980

La democracia no está consolidada. La opinión pública asiste con cierto desconcierto a un proceso de democratización que se produce desde la cumbre y en el que no se ve implicada, salvo en momentos electorales. El mismo fenómeno se aprecia en el resto de Europa, pero con la diferencia de que son países con democracia ya asentada.

Una democracia asentada se apoya en una aceptación, en todos los sectores de la sociedad, de los principios democráticos, y en una política abierta y generalizada en la opinión pública, con su reflejo en la ejecución del, gobierno. De algún modo en España ocurre lo contrario. La aceptación de los principios democráticos es aún incompleta en ciertos sectores de la sociedad y la dialéctica, débil en la opinión pública, está sustituida por el consenso político en la ejecución del gobierno. De hecho, el ejercicio político se limita a los ámbitos del Poder. En términos generales, la sociedad se encuentra ausente o pasiva, salvo en los momentos electorales, en los que se siente, de algún modo, útil, pero manipulada por fines precisamente electorales. Concluido este trámite formal, la política vuelve a refugiarse en la cumbre.

La opinión pública tiene una visión clara de lo que no quiere. No quiere la violencia, no quiere el terrorismo, no quiere la dictadura, no quiere crisis ni traumatismos. Pero la opinión pública no tiene una visión clara de lo que quiere. Quiere, sí, una democracia, un orden, una paz, una justicia. En grandes líneas está de acuerdo con la evolución llevada a cabo, pero no ve el ciudadano dónde va esta evolución ni cómo puede ser protagonista de la misma. Tiene más una actitud de espectador que una actitud comprometida con la vida de la propia sociedad, por no encontrar canales de participación y por faltarle ver unas propuestas claras. El estado general es así lleno de pasividad, por lo menos momentáneamente, la democracia se va configurando sin rumbo visible, y va naciendo débil sin participación efectiva.

El origen del aludido desencanto actual está en esa libertad que parece servir más para salvaguardar los privilegios anteriores y los hábitos de pasividad que para potenciar la justicia y la participación activa ciudadana, sin la cual la palabra democracia carece de sentido. La consecuencia inmediata es la falta de credibilidad en la evolución democrática. Ha permitido, sí, una salida pacífica del régimen dictatorial, pero no ha permitido una construcción racional de una nueva democracia, sobre todo en un período de aceleración histórica mundial. Los mismos sectores del Poder están, hoy en día, paralizados en sus esfuerzos, más por temor, por inmovilismo y por la crispación interna que por la actitud de los sectores situados en la órbita de la oposición. Estos sectores no se atreven a proponer sus proyectos y sus ideales; parecen estar bloqueados por el dogmatismo formal, por el electoralismo y por el simple miedo. No se atreven siquiera a salir de un sistema consensual, útil en casos de graves peligros, pero nefasto cuando, ante los ojos de la opinión pública, sustituye al diálogo. La política democrática para ser comprendida tiene que ser dialéctica y abierta, no puede ser solamente consensual.

Los hechos actuales demuestran que el ciudadano es libre, pero no encuentra cómo aplicar su libertad a la transformación de la sociedad. La consecuencia es la apatía, el desengaño, el descontento, la irresponsabilidad. No se siente responsable de algo que escapa a su acción. No se entusiasma por una sociedad que limita su protagonismo al papel de espectador.

Los partidos políticos y el corsé electoralista

El haber llegado a establecer un sistema de partidos ha sido la condición de la transición. Pero no es menos evidente que los partidos políticos están perdiendo credibilidad ante la opinión pública. A los ojos de la mayoría representan más un instrumento de conquista del Poder para algunos profesionales políticos, que un instrumento de formación y de representación de la misma opinión pública. Los partidos aparecen empeñados en una lucha por el Poder y, aunque aporten soluciones prácticas a nivel legislativo y de programa de gobierno, no hacen propuestas ideológicas. Todos quieren Regar a una sociedad mejor, pero no acaban por presentar su proyecto. filosófico y arquitectónico de sociedad.

No lo hacen los grupos radicalizados, sean de derechas o de izquierdas, porque saben que no tendrían aceptación. No lo hacen la mayoría ni la oposición por temor a que se rompa la evolución democrática y porque perjudicaría a sus estrategias electorales. Saben estos partidos que el ciudadano, que es crítico frente a las ideas innovadoras, pudiera no votarlo. Hoy, proponer metas de sociedad no parece rentable electoralmente, y se considera prioritario el planteamiento electoralista.

En resumen, los partidos políticos no aparecen ante la opinión pública como portadores de ideales.

Por ello, los partidos aparecen ante la opinión pública como si no se acordaran del pueblo, salvo en los momentos en que necesitan su voto. Pero esto continuará mientras se limiten a ser instrumentos de conquista electoral del Poder, en vez de ser, además, instrumentos de conquista de la voluntad popular, que sólo se puede lograr con la aportación de un proyecto asumible por la sociedad.

Las autonomías

El solo hecho de que se reconozca constitucionalmente el derecho autonómico es un extraordinario avance hacia la construcción de otro de los fundamentos de la democracia, de la participación ciudadana. Pero difícilmente podemos decir que se ha emprendido la realización de un modo racional. Dominado por el miedo al sector que aún confunde autonomía con separatismo, se ha ido progresando solamente en la medida en que la amenaza del separatismo aconsejaba un planteamiento autonomista. La autonomía se presenta desde el Poder como un mal menor, un remedio, y no como un ideal.

Eso explica la extraordinaria incoherencia del proceso.

En ausencia de una concepción general arquitectónica, se recurre a la improvisación frente a la imposición y a la amenaza, se potencian las autonomías centrífugas y no la concepción autonómica solidaria. Los éxitos autonómicos aparecen entonces como desmembración del Estado; los fracasos, como retrocesos constitucionales. El Poder aparece como el protagonista de un regateo entre el Estado y el sentimiento diferenciado de cada pueblo o nacionalidad, no como promotor y moderador de la evolución del conjunto de la sociedad en su marcha hacia la construcción del Estado de las autonomías que contempla nuestra, Constitución.

Otro factor esencial de la transición ha sido la construcción democrática de los nuevos sindicatos. No podemos de nuevo dejar de constatar la improvisación del Poder, dominado por el miedo a la unidad del mundo del trabajo. Se promovió o se dejó promover la fragmentación sindical en corrientes partidistas. Así no solamente se transformaron los aparatos sindicales en instrumentos de los partidos políticos, sino que se debilitó la afiliación y por tanto la capacidad para asumir la plena responsabilidad frente tanto a la clase obrera como a toda la sociedad. Uno de los más importantes instrumentos de diálogo y participación ciudadana se vio condenado a ser, por su misma debilidad y división, una plataforma únicamente reivindicativa, sin potenciarse como medio de conquista de responsabilidad ciudadana.

La construcción de las tres grandes estructuras de la democracia moderna: partidos políticos, sindicatos y autonomías se están realizando, además, en pleno clima de crisis económica. La liberalización del sistema de mercado, que presupone hacerlo funcionar racionalmente, se ha quedado en gran parte paralizado por los intereses creados y por mantener la rigidez del paternalismo anterior. Los fracasos parten del mismo capitalismo. Ni siquiera se ha planteado en nuestro país una solución socialista.

La crisis económica actual se manifiesta en dos hechos principales: una inflación del 15% anual y un paro real que ronda los dos millones, si se une al paro oficialmente registrado el descenso de la población activa. Estos dos hechos son inadmisibles en el mundo moderno, porque demuestran simplemente la falta de capacidad organizativa de nuestro sistema productivo. En una sociedad moderna hay medios y métodos para llegar tanto al pleno empleo como para vencer la inflación, íntimamente vinculada con el anterior problema. Sobre todo en un país que ha alcanzado altas cotas de desarrollo.

Esta alarmante situación de inflación con desempleo lleva a la desesperación de amplios sectores obreros, privados del derecho al trabajo, que afecta con especial gravedad a la juventud, y el aumento del gasto público para mantener un seguro de paro. Todo esto está haciendo correr el riesgo de desestabilización democrática, ya que la democracia no debe ser solamente un sistema político mejor, debe, además, mostrarse como un sistema eficaz.

Entre los fallos causantes de la crisis conviene subrayar que la problemática económica se ha tratado fundamentalmente desde una perspectiva global, no se ha tratado desde la perspectiva de una política empresarial. Las excesivas cargas sociales, debidas, sobre todo, al sistema de recaudación de la Seguridad Social, sitúa a muchas pequeñas y medianas empresas en una situación de gran dificultad. Además una distribución extremadamente desigual de los recursos financieros está ahogando el desarrollo de amplios sectores de las PYME. Se ha medido con el mismo rasero las empresas que están en condiciones muy distintas, sin considerar las situaciones concretas. La resultante es una crisis que lleva a la suspensión de pagos, primero; a la quiebra, luego; para acabar en el paro.

De lo coyuntural a lo estructural

Lo coyuntural es el debate electoralista, los vaivenes autonómicos, la guerra del movimiento sindical, incluso la crisis económica. Estos son los fenómenos visibles, las problemáticas inmediatas.

La sociedad debe contestar a todas estas problemáticas en su labor de cada día, pero también debe contestar a la otra problemática, la estructural.

Lo estructural es la construcción o la transformación de aquellos grandes instrumentos de participación ciudadana: los partidos políticos, las autonomías y los sindicatos. Por no construir las estructuras participativas, la democracia puede fracasar por falta de responsabilidad y por exceso de intereses partidistas.

La única forma de disipar el fantasma de las dos Españas, que existe en el ánimo de los mediocres y de los irresponsables, y que representa un peligro real, consiste en comprometer a toda la sociedad, solidaria y colectivamente con los problemas que implican establecer la democracia como régimen permanente que garantice la estabilidad política y económica.

Necesitamos poder responsabilizamos con un proyecto concreto y audaz, coherente con la realidad crítica que nos circunda. Porque, como hemos indicado anteriormente, la sociedad tiene que disponer de cauces de participación a través de unos partidos que respondan a las exigencias de sus afiliados y de sus electores, de unos sindicatos que sean la base de una reconstrucción económica partiendo de la liberalización de la clase trabajadora y su entendimiento con el resto de la sociedad y de la patronal; y con la participación territorial a través de unos entes autonómicos surgidos por iniciativa de la propia sociedad, sin desequilibrios ni alarmas, y aproximando las gestiones de poder a las mismas entrañas del pueblo, a los distintos niveles de participación.

¿Un proyecto basado en estas estructuras puede despertar interés en una sociedad llena de desencanto político?

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